jueves, 20 de junio de 2024

LUIS ALBERTO ROMERO Y EL ANTIRROSISMO


El 9 de diciembre del 2014 se publicó en el diario Clarín un artículo del historiador Luis Alberto Romero bajo el sugestivo título ‘Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado’ (www.clarin.com/opinion/combate-obligado-nacionalismo-malvinas-revisionismo-historico_0_HkZ8bKPqDXg.html). Los argumentos de Romero -pluma indiscutida de la escuela historiográfica liberal- es que en Vuelta de Obligado “no se defendieron los intereses nacionales”, “no fue una victoria nacional”; que el Nacionalismo festeja derrotas”, concluyendo que “el revisionismo concluyó convirtiendo la derrota en victoria” o que “es un mito que Rosas haya combatido al imperialismo inglés”.


En este sentido afirma: “En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la ‘diplomacia de las cañoneras’ y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados de siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo –popularizada inicialmente por Lenin– que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación”.


A su vez sostiene: “El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Vuelta de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía”.


Estos argumentos no son ciertos. Hacia 1845 sí existía el Estado Argentino, con una primera magistratura que gobernaba conforme a una de las organizaciones políticas más trascendentales del siglo XIX, el Pacto Federal, ya establecido desde 1831 en adelante y en el marco de las guerras civiles que lamentablemente atravesaba el país.


En Vuelta de Obligado –que es lo que tanto le molesta a Romero– el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas sí defendió los intereses nacionales. Sino ¿qué sentido tuvo pelear contra los anglo-franceses? La agresión fue la consecuencia lógica de toda una política nacionalista desplegada desde 1835 en adelante y que chocaba abiertamente contra los intereses colonialistas de la época: La Ley Nacional de Aduanas; el sistema de exclusiva navegación nacional; la liquidación del Banco Nacional (la principal entidad financiera del país administrada por la especulación y la usura inglesa); la fundación del Banco de la Provincia de Buenos Aires (que ponía el crédito en función de objetivos nacionales).


A lo anterior se suma el desarrollo de una política nacional agraria; el desconocimiento de la hipoteca a favor de los ingleses y que pesaba sobre nuestra tierra pública (como consecuencia de haber contraído nuestro país la primer deuda externa en 1824, en tiempos del unitario-liberal y pro-inglés Bernardino Rivadavia); la venta de tierras públicas detentadas por enfiteutas, concentradores y terratenientes siempre en relación con el capital británico (por negarse a pagar el doble de canon exigido por Rosas para renovar la concesión de sus tierras). En este sentido se había puesto en marcha un reparto más justo de tierras para la producción primaria.


A su vez, lo que el Nacionalismo reivindica de las acciones de Vuelta de Obligado es el hecho puntual y definido de la gesta heroica, la defensa de la Soberanía Nacional nada más ni nada menos que frente a las dos potencias más poderosas de la época, Inglaterra y Francia. Romero pretende referir que fue “Obligado y nada más”, y que en consecuencia los argentinos somos tontos y “festejamos una derrota”. Pero Vuelta de Obligado fue el comienzo de una serie de combates.


Luego de apoderarse de la entrada del río Paraná, la escuadra enemiga continuó su rumbo por el río estando ahora solamente reducida a 6 unidades de combate más 44 navíos mercantes. La increíble resistencia argentina prosiguió a lo largo de la costa con sendos cañonazos en Tonelero (al sur de San Nicolás), San Lorenzo (a la altura norte de Rosario) y Quebracho (al norte de San Lorenzo). Y lo peor fue la tortura del regreso por el río para arribar a Montevideo. En total quedaron incendiados siete barcos y los buques mercantes averiados arrojaban sus mercaderías al agua.


Quebracho fue la última acción de resistencia, en junio de 1846. Y lo que parecía imposible, ocurrió: Un claro y contundente triunfo político de la Causa Nacional. Inglaterra firmó el tratado de paz con la Argentina el 24 de marzo de 1849, haciendo lo propio Francia el 31 de agosto de 1850. Muy a pesar de Romero, ambas potencias reconocieron ante Rosas la total independencia del país y saludaron el Pabellón Nacional con 21 cañonazos de desagravio.


Romero sabe perfectamente que representó Vuelta de Obligado, como así también quien terminó ganando la guerra en el marco de la brutal agresión anglo-francesa de 1845 contra la Confederación Argentina. El Revisionismo Histórico, serio y analítico, en ningún momento sostuvo que en ese combate hubo una victoria nacional. Y es precisamente ese Revisionismo el que permanentemente ha buscado estructurar el relato del pasado argentino con un sentido de verdad y coherencia.


Haciendo un paralelismo con la Guerra de Malvinas, Romero cierra en su artículo: “Celebrar una derrota –como ocurre hoy en Malvinas– es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico”. A pesar de su abierto prejuicio ideológico, Luis Alberto Romero tiene que saber que el Nacionalismo no festeja derrotas. Lo que el Nacionalismo y el Revisionismo Histórico hacen es reivindicar siempre la Defensa de la Soberanía Nacional, cuyos dos acontecimientos paradigmáticos sin lugar a dudas lo constituyeron Vuelta de Obligado y Malvinas.


Es decir, todos aquellos acontecimientos cargados de heroísmo que hicieron grande a la Nación, todas aquellas gestas que se libraron con la clara intención de luchar por nuestra Libertad y por nuestra Nación Soberana. Es tal como se lo manifestara el General Don José de San Martín al Brigadier General Don  Juan Manuel de Rosas en referencia al Combate de Vuelta de Obligado y en carta fechada el 10 de mayo de 1846, al sostener: “(…) En mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”


La interpretación de Luis Alberto Romero sobre Vuelta de Obligado no se ajusta a la realidad. La descalificación, el anti-nacionalismo y la ideologización de los hechos le gana terreno a la creatividad imparcial que siempre debe estar más allá de las pasiones; que siempre debe estar en todo historiador sereno y con aplomo, para poder de esta manera reconstruir hechos del pasado con sentido y exactitud.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


miércoles, 1 de mayo de 2024

INTERPRETACIÓN Y SENTIDO DEL MITO


El Mito no es como vulgarmente se cree una ficción o un conjunto de conceptos fantásticos o “irracionales” sobre el mundo. Pretender analizarlos a partir de una mente lógica racionalista queriendo encontrar “evidencias comprobables” es un absurdo total. Aceptar el Mito tal cual es implica aceptar de antemano las dos naturalezas de la vida misma, la existencia de dos estadíos: El orden físico-natural, del devenir, tangible y visible; y el orden que va más allá de ello, invisible, la de un supramundo intangible, metafísico, esotérico.


La naturaleza de lo mortal y la naturaleza de los inmortales, que en el Hombre de la Tradición siempre fue entendido -al decir de Julius Evola- no como una teoría sino como un Conocimiento, como un elemento aún más real que los mismísimos sentidos físicos. En esta línea se podría definir al Mito como la irrupción de lo sobrenatural en medio del mundo de lo sensible, lo que conlleva un modo especial de interpretar realidades significativas.


En su obra Mito y Realidad (Editorial Labor, pág. 5), el filósofo, historiador y novelista rumano Mircea Eliade (1907-1986) afirma: “El mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha sucedido realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales. Se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo prestigioso de los «comienzos». Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y desvelan la sacralidad (o simplemente la «sobre-naturalidad») de sus obras. En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo «sobrenatural») en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día. Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de los seres sobrenaturales”.


El Mito parte entonces de una historia sagrada, y como tal, de una historia verdadera, de realidades. Sostiene Eliade en su mencionada obra (pág. 61): “La rememoración y la reactualización del acontecimiento primordial ayudan al hombre «primitivo» a distinguir y a retener lo real. Gracias a la continua repetición de un gesto paradigmático, algo se revela como fijo y duradero en el flujo universal. Por la reiteración periódica de lo que se hizo in illo tempore se impone la certidumbre de que algo existe de una manera absoluta. Este «algo» es «sagrado», es decir, transhumano y transmundano, pero accesible a la experiencia humana. La «realidad» se desvela y se deja construir a partir de un nivel «trascendente», pero de un «trascendente» susceptible de ser vivido ritualmente y que acaba por formar parte integrante de la vida humana. Este mundo «trascendente» de los Dioses, de los Héroes y de los Antepasados míticos es accesible porque el hombre arcaico no acepta la irreversibilidad del Tiempo”.


Alejandro Arocha, en su libro El Sol Negro (Ediciones Camzo, pág. 41) sostiene: “El Mito, a diferencia del pensamiento profano, es capaz de transmitir una intuición trascendental inaccesible a través del raciocinio. En el mundo tradicional es concebido no como un producto ‘fantástico’ y ‘alegórico’ sino como una realidad viva”. Por eso las civilizaciones de la Antigüedad se mantenían en orden y en base a una fides para con lo sobrenatural, siendo el Mito un puente, un hecho sacro que los mismos hombres eran encargados de mantener vivo, renovándolo y traspasándolo mediante la acción de la potencia a la existencia. Y tal como afirma Arocha, Alfred Rosenberg basó su obra en la misma idea de que las comunidades se movían y daban forma en base a los mismos Mitos.


El Mito, como idea sagrada que se hereda, transmite una comprensión del Mundo, comprensión que es típica de la Tradición y que es específica en cada pueblo a través de relatos, símbolos y rituales, lo que podría decirse el abc de una religión. Es sagrado porque es obra de seres sobrenaturales. El racionalismo cientificista ha tendido a descalificar al Mito hasta quitarle el derecho a la existencia. Ha buscado siempre anular sus cualidades de símbolo y mensaje, que operan como instrumento de comunicación con lo natural y lo divino.


Y es precisamente el Mito el que trae acontecimientos grandiosos del pasado, en parte recuperables ya que el Rito fuerza al Hombre a trascender sus límites, ubicándose junto a sus Dioses y Héroes míticos para llevar adelante sus actos más puros de elevación. Si el hombre moderno se reconoce constituido en una “historia universal”, el Hombre de la Sabiduría Ancestral tiene su identidad en acontecimientos míticos que le anteceden, con personajes no mortales sino sobrenaturales.


La ciencia puede decir el cómo de las cosas pero no el porqué. ¿Por qué el sol sale? ¿Por qué hay sufrimiento e injusticias en el mundo? ¿Por qué morimos? Es el Mito y no la ciencia el que puede responder a los más profundos interrogantes de la existencia humana. ¿Quién soy? ¿Qué se supone que debo hacer con la vida? ¿Hacia dónde me tengo que dirigir? El científico en los humanos les permite comprender el mundo, pero es el Mito quien contribuye a que esos interrogantes tengan sentido, identidad, un significado o norte para permitir una autorrealización. Por eso el Mito es un componente esencial de la civilización ya que todas las culturas tienen sus tradiciones fundantes, aquellas que remiten a los momentos originarios de la formación de una propia identidad y, al mismo tiempo, dan un sentido de las prácticas sociales y religiosas. 


Siempre que los arqueólogos dejan al descubierto un lugar donde ha habido existencia humana, inevitablemente se topan con utensilios y objetos para rituales que, ni son meramente utilitarios ni son meramente estéticos, sino expresiones de sistemas de profundas creencias que los ayudan a aferrarse a la realidad de la vida. El Mito evita que quedemos reducidos (como lo hace la ciencia) a entidades bioquímicas y nos confiere un papel en este mundo y un propósito en la vida.


Por eso los Mitos contienen una profunda sabiduría, siempre que uno se encuentre en la senda de querer saber qué es lo que comunican. Conocerlos es querer aprender el secreto mismo del origen de las cosas, no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen. Como una existencia, como un comportamiento, como una institución o un modo de ser se han fundado, valga decir, la razón de que los Mitos -vividos ritualmente- se constituyen en paradigmas de todo acto humano significativo.


¿Cuál debería ser el papel del Hombre que ve más allá de la globalización, el consumismo y la idiotización cultural? Dominar las fuerzas para crear las formas, dominar las formas para crear las fuerzas; recurrir a lo que de él puede esperarse más, sacando a relucir el Ego Trascendente en oposición al “yo cotidiano”. O tal como lo ha afirmado en su momento Friedrich Nietzsche en La Voluntad de Poder: Crear o ser superior a lo que somos nosotros mismos, lo que constituye nuestra esencia. Se debe tender entonces hacia una metafísica en donde el Hombre pueda en todo momento darle cabida a un Dios que escuche su llamada para llegar así a la plena conciencia de sí mismo.


En la familiaridad con la Sabiduría Ancestral y las tradiciones indoeuropeas antiguas se debe ser capaz hoy en día de identificar en estas creencias una proyección, una transposición de valores como principio de una lucha espiritual fundamental. Vivir los Mitos implica por consiguiente reflotar una experiencia verdaderamente religiosa, transfigurada, porque va más allá de lo cotidiano mundano. No se trata de una “conmemoración” de acontecimientos míticos, sino de su reiteración, de traerlos al presente para una reconexión con lo divino. Vivir los Mitos implica también no estar en un tiempo cronológico sino en un Tiempo Primordial, en donde algo fuerte y significativo se manifestó plenamente. Toda fuerza creadora reposa pura y exclusivamente en nosotros y de nosotros depende dominar la verdadera vida, la vida plena, trascendental.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

viernes, 12 de abril de 2024

LA ANTIGÜEDAD Y LA DOCTRINA DE LAS CUATRO EDADES


Contrariamente al criterio moderno que le atribuye a la Historia una evolución con el paso del tiempo, la concepción tradicional ha sido la opuesta, la de una involución dada de manera cíclica. Un desarrollo del mundo, de las especies y de la humanidad regulada por ciclos. En los antiguos Mitos ya se puede hallar la idea de regresión, de una caída cada vez más condicionada por el factor humano y material que excluye la idea apocalíptica de “fin del mundo”. A través de la Sabiduría Oral las antiguas civilizaciones entendían a la Edad de Oro como algo pasado, remoto, ya ocurrido. Son las Cuatro Edades que nos llegan por la tradición greco-romana y de las cuales Hesíodo ya nos hace referencia en los metales de Oro, Plata, Bronce y Hierro, insertando entre las dos últimas la Edad de los Héroes.


La cosmovisión ancestral iránica es afín a la helénica, y la hindú también da testimonio de cuatro Edades cada vez más involutivas: Satya-yuga, Treta-yuga, Dwapara-yuga y Kali-yuga (la actual Edad Oscura). No se trata del “hombre de las cavernas” y su “evolución”. El principio es a través de un Hombre Superior, Supra-humano, emparentado con los Dioses que, con el paso de las Edades, ha involucionado notoriamente. ¿Qué explicaría esa involución? Julius Evola, en su obra cumbre Rebelión contra el Mundo Moderno (Ediciones Heracles, págs. 230 y 231) señala:


“En dos testimonios característicos, como causa de la ‘caída’ se indica a la mezcla de la raza divina con la raza humana en sentido estricto, concebida como raza inferior, de modo tal que en ciertos textos la ‘culpa’ es comparada con la sodomía, con la unión carnal con las bestias. Por un lado se encuentra el mito de Ben-Elohim, o ‘hijos de dioses’, quienes se unieron con las ‘hijas de los hombres’ haciendo de manera tal que al final ‘toda carne tuviese su vía corrompida sobre la tierra’; por la otra se encuentra el mito platónico de los Atlántides, concebidos al mismo tiempo como descendientes y discípulos de los dioses, que por su repetida unión con los humanos pierden el elemento divino y terminan dejando predominar en ellos la naturaleza humana. Para épocas relativamente recientes la tradición es rica en sus mitos en referencias a razas civilizadoras y a luchas entre razas divinas y razas animalescas, ciclópicas o demónicas. Están los Asen en lucha contra los Elementarwesen; están los Olímpicos y los ‘Héroes’ en lucha contra los gigantes y monstruos de la noche, de la tierra y el agua, están los Deva arios contra los Asura, ‘enemigos de los héroes divinos’; están los Incas, los dominadores que imponen su ley solar a los aborígenes de la ‘Madre Tierra’; están los Thuatha de Danann que según la historia legendaria de Irlanda se afirmaron contra las razas monstruosas de los Fomores”.


La Edad de Oro es la Edad Áurea y Sacra por excelencia. La de una civilización resplandeciente, luminosa, bella, de Espíritu Tradicional Absoluto. La morada geográfica fue la que diferentes tradiciones sapienciales sitúan en las inmediaciones y más al norte del círculo polar ártico: Thule / Hiperbórea. Los hiperbóreos eran aquella misteriosa raza que habitaba en la Luz Eterna y cuya región habría sido la Patria del Apolo délfico, el Dios dórico de la Luz en la tradición helénica. El Hombre vivía una Realidad Trascendente, Eterna. Entre la caída de la raza primordial y la declinación física del eje terrestre que determina el destino de las mutaciones climáticas y de las catástrofes periódicas para los continentes, se puede presentir un íntimo nexo. Sostiene Evola en su mencionada obra (pág. 249): “Desde la sede atlántica las razas del segundo ciclo se habrían irradiado, sea hacia América (...) sea hacia Europa y África. Con gran posibilidad, durante el primer paleolítico, tales razas alcanzaron Europa occidental (...). Antropológicamente sería el hombre de Cro-Magnon, aparecido hacia el final del período glacial justamente en la parte occidental de Europa (...), hombre netamente superior (...)”


La Edad de Plata se afirma con el abandono de Thule, con la emigración de la raza boreal. Una primera corriente lo haría hacia América del Norte y las regiones septentrionales del continente euroasiático. Posteriormente otra gran emigración se internalizó en una isla-continente, la famosa Atlántida ya mencionada por Platón. Esta segunda caída supuso un mayor alejamiento del hombre con lo trascendente, y vino aparejada con la separación de la autoridad espiritual y la temporal/política. Así desaparece la Realeza Sacra y de esa separación de los atributos espirituales y temporales aparecieron dos castas autónomas: La sacerdotal, que renunciará a la Iniciación, y consecuentemente, a la Visión y Conocimiento de lo Absoluto; y la aristocrático-guerrera, que quedará desacralizada.


Es la civilización lunar-matriarcal, cuya “luz espiritual” es sólo un reflejo de la auténtica Luz que emana del Sol. El hombre, al no poder poseer verdadera Luz en su interior, se conforma con tener fe en ella. Esta Edad lunar derivó desde lo sacerdotal en una devoción pelásgica matriarcal: Se endiosa a la Madre Tierra que no contiene en su esencia divinidad, fagocitándose lo instintivo, lo impulsivo, lo sensual, lo libidinoso. De ese erotismo surgirán los cultos afrodisíacos o dionisíacos, cómo proceso más involutivo. La Tierra será considerada la “madre de todos los hombres”, que volverán a ella tras la muerte.


La Edad de Bronce se inicia con la desaparición de la Atlántida, y así la huida de sus supervivientes hacia Occidente y Oriente. Sin embargo, un tipo de efímera restauración de la Tradición va a acontecer, abriéndose paso a los Ciclos Heróicos. Seres que se empeñan en superar su naturaleza perecedera y conquistar así la inmortalidad. A través de gestas y pruebas finalmente conquistan la Eternidad, la Gnosis del Principio Supremo, Eterno. Un legado que nos llega a través de diferentes Mitos como el griego: Heracles, Aquiles, Ulises, Perseo, Teseo.


Es a través de diferentes procesos históricos donde asistimos a resabios o atisbos de Edad Dorada. En la Antigua Roma, durante el período republicano, la dirigencia senato-patricial es la que ostenta, en muchos de sus miembros, los cargos que los habilitan para oficiar los ritos operativos correspondientes a las principales deidades. En los prolegómenos del período imperial romano hallamos a un Julio César que también responde a estos mismos patrones, con funciones como flamen dialis u oficiante de Júpiter. Durante la etapa del Imperio Octavio Augusto, Tiberio, Marco Aurelio o Juliano han recibido la iniciación en ritos y misterios diversos: Eleusis, Mitra.


El Ciclo del Grial se erige en hilo conductor de varios de los Ciclos Heroicos, como lo son la saga artúrica. Diversas órdenes aúnan lo guerrero y lo espiritual y muchos de sus miembros practican ritos iniciáticos que transmutan sus naturalezas internas. Como paradigma de estas órdenes se halla la del Temple. Algunas de estas órdenes acabarán, significativamente, convirtiéndose en la médula vertebradora del Sacro Imperio Romano Germánico durante la Edad Media en donde el Emperador también se reviste de la máxima autoridad espiritual sobre un principio regio-aristocrático-sacro en el seno de la Cristiandad y por encima de la misma Iglesia.


La Edad de Hierro, la cuarta y actual Edad, es la de una oscuridad total. Una Edad de decadencia espiritual y social donde predominan la ignorancia, el egoísmo, la violencia y el sufrimiento. Se pierde el conocimiento de las escrituras sagradas, de las leyes divinas. Se difunden falsas doctrinas. Se prostituyen aún más las instituciones. Se debilitan los lazos familiares y comunitarios, se incrementan las guerras y las injusticias. Se reduce la longevidad, la salud, la belleza y la fuerza de los seres humanos, y se multiplican las enfermedades, las plagas y catástrofes naturales. Se exalta la mentira, la maldad, la crueldad. Un proceso catastrófico que derivará en el posterior surgimiento del liberalismo secular materialista y el colectivismo marxista amorfo sin identidad (hasta llegar al hombre “progre” de la actualidad idiotizado por las redes sociales y los medios de comunicación).


Teniendo en cuenta las Edades referidas por Hesíodo y las Edades transmitidas por las sagradas escrituras védicas, la Edad de Oro se corresponde con el ciclo del Satya Yuga; la Edad de Plata con el Treta Yuga; la Edad de Bronce con el Dwapara Yuga, y la Edad de Hierro con el Kali Yuga. ¿Cuáles son sus períodos de tiempo? ¿Cómo surgen? De un complejo sistema de división y multiplicación del tiempo: Combinación de cifras, múltiplos y submúltiplos de la naturaleza, como ser el año solar, el número de respiraciones por minuto, el número de latidos cardíacos y los ciclos lunares, entre otros. Si se acepta esta cosmovisión tenemos los siguientes períodos de tiempo: Satya Yuga, 1.728.000 años / Treta Yuga, 1.296.000 años / Dwapara Yuga, 864.000 años / Kali Yuga, 432.000 años.


Según fuentes, el Kali Yuga comenzó en el año 3102 a.C., tras la muerte de Krishna, el octavo Ávatar de Vishnu. Hacia su fin se producirá la destrucción del mundo y el inicio de un nuevo ciclo cósmico. Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o manvantara; esto es, antes del ocaso del Kali-yuga. Creía que el Hombre, aparte de tener la clara potestad para conseguir su total transustanciación o metanoia también tiene la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior y Absoluto, Señor de sí mismo.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


lunes, 18 de marzo de 2024

LA DIVISIÓN DE LA HISTORIA SEGÚN EL MODERNISMO

 

¿Cuál es el criterio específico que se utiliza para la división de la Historia? ¿Qué parámetros se establecen para decir que un hecho es más importante que otro? Si se considera a la economía y a la guerra, entonces resulta lógico fijar los límites de intervalos en guerras o en la ruina económica del Imperio Romano, por ejemplo. Pero si el criterio fuese otro, filosófico, estético, tecnológico, etc., los hechos que marcan un quiebre serían también otros muy diferentes.


Siguiendo el convencionalismo histórico moderno, si un alumno escribe en una prueba como se divide la Historia, tendrá más que claro que se divide en cuatro Edades: La Edad Antigua, que comienza con la invención de la escritura, hace unos 5000 años, y finaliza con la caída del Imperio Romano en el año 476 después de Cristo; la Edad Media, iniciada en el año 476 con la desintegración del Imperio Romano de Occidente y finalizada con la caída del Imperio Bizantino a manos de los turcos otomanos en 1453; la Edad Moderna, que se extiende a partir del “descubrimiento” de Cristóbal Colón en América y finaliza con la Revolución Francesa en 1789; y por último, la Edad Contemporánea, desde la Revolución Francesa y hasta la actualidad. El criterio de división entonces es político.


De hecho, a ese alumno también le queda más que claro que a partir de 1688 el historiador y académico germánico Christophorus Cellarius (1638-1707) jugó un papel muy importante en la periodización de Occidente dividiendo a la Historia en Edad Antigua, Edad Media y Moderna. Y en esa aceptación convencional de las Edades hasta surge un cierto consenso para emitir juicios valorativos: La Edad Antigua fue “pagana”, la Edad Medieval “oscurantista”, y la Moderna “grandiosa”, “liberadora” o “progresista”.


En el fin de la Edad Media, si el criterio que marca un quiebre fuese científico-tecnológico, sería sin dudas más importante el invento de la imprenta de tipos móviles realizado por el orfebre alemán Johannes Gutenberg en 1450, o sea, casi en la misma fecha anterior que la caída de Constantinopla (actual Estambul). Entonces podría suceder que la Edad Media acabase en la misma fecha pero, al tomar cómo límite un hecho positivo, se debería modificar el juicio de valor.


En vez de decir que la Edad Media fue “oscurantista”, se diría entonces que la misma fue de transición tecnológica, considerándose que para llegar al invento alemán de la imprenta se debió establecer algún tipo de contacto transcultural previo con China en los siglos XIV y XV. Por consiguiente, un cambio de criterio nos conduce a diferentes “hechos fundamentales”, lo que demuestra la insuficiencia del concepto de “Edad” a la hora de querer designar una Era con pretendidas características específicas y lo que deja a las claras que bajo estos aspectos el concepto de Edad es solo un intervalo de tiempo arbitrario establecida bajo un subjetivismo cultural. Son endebles aquellos “hechos trascendentales de la Historia”, aquellos “límites fijos” en cuanto intervalo de tiempo. Los acontecimientos son elegidos partiendo de criterios subjetivistas.


Siguiendo con los límites de Cellerius de dividir a la Historia con una mirada política, según la Historia oficial hoy vivimos en la Edad Contemporánea, cuyo “virtuosismo” sería que la misma tiene su origen en dos hechos históricos paradigmáticos, la Independencia de EEUU (1776) y la Revolución Francesa (1789). Al convenirse que esos hechos se destacan de manera eminente y por encima de cualquier otro hecho, y que constituye un límite en el traspaso de una Edad a otra, entonces además de un criterio particular hubo un componente ideológico que le da sustento.


Del análisis se desprende que ambas Revoluciones fueron vitales para la posterior consolidación de la Sinarquía Internacional, del Nuevo Orden Mundial en tanto concentración del poder a escala global. El criterio de división es en el fondo ideológico sinárquico. A ello habría que agregar que la “Historia oficial” abarca un período de tiempo muy corto en relación con la Historia de la Antigüedad de millones de años que presenta la especie humana sobre la Tierra. Los hechos que marcan el comienzo o el fin de una Edad son elegidos -de entre otros muchísimos hechos ocurridos que componen la Historia-, para conformar en definitiva (o imponer mejor dicho) una pauta establecida previamente al análisis, es decir, una antojadiza hipótesis de antemano. 


Si se plantea que escribir la Historia es describir una realidad, la misma, al narrar hechos verdaderos del pasado dispone de un material puramente objetivo. Pero el historiador cuenta con dos tipos de objetos: Los hechos realmente ocurridos, concretos, reales, y los hechos que el historiador en cuestión considera “eminentes” por la importancia subjetiva-cultural en la cual vive y está inmerso.


Por consiguiente, la Historia de la que disponemos para el estudio no es de ningún modo objetiva ni descriptiva de la realidad: Los historiadores han sido víctimas de sus propias premisas culturales porque han señalado patrones eminentes allí donde se les aparecieron, atribuyendo a la realidad concreta cualidades que sólo estaban en su imaginación y que se asimilan inconscientemente.


Toda esa forma descrita de división de la Historia nos lleva al historicismo, decadencia por la cual de una civilización del Ser y de los Principios supra-temporales, es decir, de la estabilidad y la forma, se pasa a una civilización del devenir, de lo contingente, de lo humano demasiado humano al decir de Nietzsche. Arribamos a la Historia del “progreso” y de la “evolución”, asociados íntimamente como parte integrante del optimismo iluminista de una civilización meramente racionalista, atomizada y decadente. Ni la Historia se ha desarrollado en base a tales “Edades” ni los acontecimientos que determinan el intervalo de cada “Edad” son verdaderos “hitos” que están por encima de otros. 




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



sábado, 24 de febrero de 2024

LA PRÁCTICA DEL ABORTO COMO NEGACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS


A través de un fuerte aparato educativo, propagandístico y cultural, el marxismo cultural instaló siempre la idea del “derecho al aborto libre, seguro y gratuito”. La ley N° 27.610 sobre el aborto fue aprobada por el Congreso de la Nación Argentina el 30 de diciembre de 2020, durante el gobierno de Alberto Fernández, y publicada en el Diario Oficial el 15 de enero de 2021. La norma aprobada establece que las mujeres pueden acceder al aborto hasta la semana 14 de gestación, sin establecer causal alguna. Y fuera de ese plazo, el artículo 4° de la ley señala que se puede acceder al aborto cuando el embarazo es producto de una violación o “si estuviere en peligro la vida o la salud integral de la persona gestante”. Valga decir, causales muy amplias y ambiguas.


¿Qué es el aborto?


Es una práctica criminal porque termina con la existencia de una persona, de un ser humano totalmente débil e inocente. El niño por nacer ya es una persona existente. Y es a partir del momento en el que el óvulo es fecundado por un espermatozoide que comienza su existencia. Categorizar a las personas en gestación en "deseados" o "no deseados" es muy discriminativo, y legalizar el aborto en base a este criterio constituye el peor de los autoritarismos: La ley del fuerte eliminando físicamente al más débil con la excusa de que es "no deseado".


El Código Civil y Comercial, en su artículo 19, sostiene “la existencia de la persona humana comienza con la concepción”. El Código Penal, capítulo 1°, Delitos contra la Vida, Título 1, Delito contra las personas, en su artículo 88 establece “será reprimida con prisión de uno a cuatro años, la mujer que causare su propio aborto o consintiere en que otro se lo causare. La tentativa de la mujer no es punible”. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (proclamada el 10 de diciembre de 1948 en la ONU) sostiene en su artículo 3° que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.


El Pacto de San José de Costa Rica, Capítulo II, Derechos civiles y políticos, en su Artículo 4° sobre el Derecho a la vida, sostiene: "Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente". El artículo 75, inciso 22 de la Constitución Nacional, le da jerarquía constitucional a los Tratados de DDHH. La Convención sobre los Derechos del Niño (adoptada por la Argentina) dispone en su artículo 6°: “Los Estados parte reconocen que todo niño tiene el derecho intrínseco a la vida”. Si hemos firmado tratados de respeto por los Derechos Humanos ¿es justo que se pueda considerar como un “derecho” de alguien el eliminar físicamente a otro?


Cuando se esgrime una supuesta libertad de las mujeres al disponer del "propio cuerpo" se oculta maliciosamente que el aborto resulta en la culminación física del cuerpo de otro ser. Y aunque se trata del propio cuerpo maternal no existe una libertad absoluta entendida como hacer con él lo que nos plazca. Es como pretender querer caminar desnudos por la calle como si nada. Toda interrupción presupone la suspensión de un proceso que luego podría continuar. Y no es el caso precisamente con la autodenominada "interrupción voluntaria del embarazo", ya que el aborto termina con una vida humana, provoca la eliminación de una persona.


El aborto transgrede los principios fundamentales de la ética de la medicina y de la defensa de la vida. Desconsidera los Derechos Humanos y el valor de la vida. Y desde la práctica médica, la negación de la objeción de conciencia colisiona con las creencias de los profesionales y su posibilidad de negarse a la realización de un hecho aberrante contra su libertad de conciencia y sus principios éticos y científicos, marco dado hace veinticinco siglos por el juramento hipocrático cuyo autor, Hipócrates, el padre de la Medicina, prohibió a los médicos la realización de abortos.


Al servicio del globalismo


Gracias al interés de la Fundación Rockefeller, y al ser su patrocinador histórico, la multinacional abortista Planned Parenthood entró de lleno en las Naciones Unidas y el tablero geopolítico (y biopolítico) mundial. En 1994 la ONU organizó la conferencia sobre población en El Cairo, Egipto, para avanzar con la agenda  de los “derechos reproductivos”. Esta agenda recibió el apoyo total de la administración Clinton, así como años después lo haría el presidente Obama (2009-2016). Esta conferencia formó parte de otras grandes conferencias que son parte de un proyecto totalitario de control global e ideológico.


En el 2009 se creó un sistema de financiamiento de ONGs para el activismo y la ingeniería social, lo que desembocó en un "filantro-capitalismo", un modelo económico centrado en donaciones para fundaciones sin fines de lucro con el incentivo de que dichas donaciones bajarían la carga impositiva de las compañías auspiciadoras y con el claro propósito de imponer la agenda progresista en el mundo (ESI, aborto, uniones homosexuales, inmigración masiva, etc). Entre los magnates fundadores se encontraban David Rockefeller, Bill Gates, George Soros, Ted Turner, Michael Bloomberg y Warren Buffet, todos unidos en un mismo ideal: El problema más grande que afecta a la humanidad es la sobrepoblación, hay demasiados pobres, y por lo tanto la solución es la "salud y derechos reproductivos", con la ESI y el aborto como columnas centrales en el adoctrinamiento de nuevas generaciones.


Esta iniciativa de salud global terminó en el 2016 con la llegada de Donald Trump a la presidencia, quien le puso un freno al proyecto globalista de control totalitario. Bloqueó todo tipo de ayuda económica a distintas ONGs que tienen como fin la promoción del aborto, sacó a EEUU de los acuerdos de París (siendo una de las principales organizaciones detrás de esos acuerdos Planned Parenthhod) y dejó sin financiación a la Organización Mundial de la Salud. Pero el 28 de enero de 2021, con la llegada al poder de Joe Bien se volvió marcha atrás y EEUU reingresó a los Acuerdos de París.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) es clave en las relaciones internacionales al presionar a los países miembros a aceptar la agenda progresista bajo el paraguas de "normas de salud". De hecho tiene miembros y sponsors de la agenda global como IPPF, el Banco Mundial, ONU y UNICEF entre otros. La Fundación Gates es el contribuyente privado más grande de la OMS. Fue la que financió la construcción de su sede en Ginebra, Suiza, lo que supone que las prioridades de la OMS son en realidad las prioridades de Bill Gates. La influencia del magnate es tal que es tratado directamente como si fuera un jefe de Estado no sólo dentro de la OMS sino del G-20. El objetivo de la Agenda 2030 de la ONU es cumplir con todas las metas establecidas por las grandes conferencias de ese organismo multilateral, organizadas por Planned Parenthood bajo el auspicio de la Fundación Rockefeller.


Pero la Agenda 2030 comete un error ideológico de consecuencias nefastas: Sin derecho a la vida cualquier propuesta de "desarrollo sustentable" carece de sentido. El primer derecho del ser humano es el Derecho a la Vida y todo otro derecho es complemento de este derecho fundamental.


Conclusión


¿Hay moral más falsa que la que propone el aborto sin explicarle a la madre que lo que en realidad se va a producir es el homicidio de su propio hijo, despedazado en su propio vientre y succionado por partes? Un ser empieza a vivir desde el momento de su concepción, de la unión del óvulo y del espermatozoide dentro del vientre materno. Por lo tanto es un ser independiente y único, un embrión con genética propia, que si bien no tiene todavía formada sus partes, lo sustancial es que tiene vida, y por lo tanto crece.


La vida no es algo que se deba discutir, es algo que siempre se defiende porque es el primer derecho de todos los Derechos Humanos habidos y por haber. Por eso el aborto no es algo que se deba debatir si se está a favor o en contra, no se puede discutir si un niño debe seguir viviendo o si debe morir. Ni siquiera el indefenso niño pidió nacer, sino que es traído al mundo por la más pura y exclusiva responsabilidad de sus progenitores. Ante la avanzada del globalismo y su control poblacional, digamos SÍ A LA VIDA Y A LOS DERECHOS HUMANOS, DIGAMOS NO A LA CULTURA DE LA MUERTE.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



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