De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata, María Remedios del Valle formó parte del Tercio de Andaluces, una de las milicias de infantería que defendió con éxito la ciudad. Producida la Revolución de Mayo, el 6 de julio de 1810 se incorporó a la primera expedición auxiliadora al Alto Perú en el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano, formando parte de la 6ta Compañía de artillería del capitán Bernardo Joaquín de Anzoátegui. Acompañó a su marido y sus dos hijos, quienes perdieron la vida en la batalla de Huaqui (junio de 1811).
En vísperas de la batalla de Tucumán se presentó ante el general Belgrano para solicitarle poder atender a los heridos en las primeras líneas de combate. Belgrano, reacio por razones de disciplina a la presencia de mujeres entre sus tropas, le negó el permiso, pero al iniciarse la lucha, Del Valle llegó al frente alentando y asistiendo a los soldados quienes comenzaron a llamarla la «Madre de la Patria». Tras la decisiva victoria y reconociéndose su coraje y valentía, Belgrano la nombró capitana de su Ejército.
Participó del frente de batalla en el cuidado y atención de los soldados en las victorias de Tucumán (septiembre 1812) y Salta (febrero 1813), y en las derrotas de Vilcapugio (octubre de 1813) y Ayohuma (noviembre de 1813). Esta última batalla ha pasado a la historia no sólo por la derrota del Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano a manos de las tropas realistas del general Joaquín de la Pezuela, sino también por un valeroso grupo de mujeres que les ayudaron durante toda la contienda y que son conocidas históricamente como las “Niñas de Ayohuma”.
En medio del fragor de esta feroz batalla emergió la figura de María Remedios del Valle y sus hijas. Las muestras de valor, solidaridad y patriotismo que mostraron durante la contienda les hizo ganarse un lugar en la historia. Las mujeres cruzaron el campo de batalla para curar, dar agua e incluso luchar junto a los soldados independentistas. Tras la derrota de Ayohuma, fue capturada y torturada -por ayudar a escapar a varios soldados del calabozo- hasta que consiguió escapar hacia Buenos Aires. Muchas veces estuvo a punto de ser fusilada, sin embargo, pudo sortear los embates tenazmente, reintegrándose al ejército argentino donde continuó al mando de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Álvarez de Arenales, empuñando las armas y ayudando a los heridos en los hospitales de campaña.[
Ya instalada en la ciudad de Buenos Aires padeció la indigencia y no tuvo ningún tipo de reconocimientos oficiales. Relata el escritor, historiador y jurisconsulto salteño Carlos Ibarguren (1877-1956), quien la rescató del olvido, que vivía en un rancho en la zona de quintas, en las afueras de la ciudad, y frecuentaba los atrios de las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y San Ignacio, así como la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) ofreciendo pasteles y tortas fritas, o mendigando, lo que junto a las sobras que recibía de los conventos le permitía sobrevivir.
Se hacía llamar «la Capitana» y solía mostrar las cicatrices de los brazos, relatando que las había recibido en la Guerra de la Independencia, consiguiendo solo que quienes la oían pensaran que estaba loca o senil. Pero su reconocimiento fue llegando con el paso del tiempo. Los generales Juan José Viamonte, Eustaquio Díaz Vélez, Juan Martín de Pueyrredón y los coroneles Hipólito Videla, Manuel Ramírez y Bernardo de Anzoátegui, todos ellos de gran reconocimiento profesional y social, destacaron en varias expresiones públicas a la capitana de la Patria, su bravura, patriotismo y espíritu abnegado de servicio.
En una de las peticiones de las sesiones legislativas del 18 de julio de 1828, Juan José Viamonte expresaba: “Yo no hubiese tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiera visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en la campaña al Alto Perú y la conozco aquí; ella pide ahora limosna; porque después de esa vida durante tantos años, herida y maltratada, no podía trabajar naturalmente”. El 21 de noviembre de 1829, Juan Manuel de Rosas la ascendió a sargento mayor de caballería y el 29 de enero de 1830 fue incluida en la Plana Mayor del Cuerpo de Inválidos con el sueldo íntegro de su clase.
El 16 de abril de 1835 fue destinada por decreto de Juan Manuel de Rosas (que el 7 de marzo de 1835 había asumido su segundo mandato como gobernador de Buenos Aires) a la plana mayor activa con su grado de sargento mayor. Le aumentó su pensión de 30 pesos en más del 600 %. En la lista de pensiones de noviembre de 1836 María Remedios del Valle figuraba con el nombre de Remedios Rosas. Ella, en gratitud hacia quien la sacó de la miseria, cambió su nombre por Remedios Rosas. En la lista del 28 de octubre de 1847 aparece su último recibo con una pensión de 216 pesos. Murió el 8 de noviembre de 1847.
María Remedios del Valle se suma a otras tantas heroínas de aquella época como Manuela Pedraza –quien batalló durante las Invasiones Inglesas–; Juana Azurduy –quien luchó denodadamente en la Guerra de Independencia–; Mariquita Sánchez de Thompson –quien abrazó la causa de la libertad, colaboró con la Revolución y más tarde fue la primera en entonar las estrofas del Himno Nacional–; María Loreto Sánchez Peón de Frías –quien lideró en Salta junto con Juana Moro la organización de mujeres que efectuó tareas de espionaje y sabotaje contra las fuerzas realistas que ocupaban su ciudad durante la Guerra de Independencia de la Argentina–, y Martina Céspedes –también defensora durante las Invasiones Inglesas–.
Figura destacadísima, su vida de lucha, marcada por la valentía y el sacrificio, dejó una huella indeleble en la gesta por la Independencia de Argentina.
Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


