lunes, 29 de septiembre de 2025

MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA


De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata, María Remedios del Valle formó parte del Tercio de Andaluces, una de las milicias de infantería que defendió con éxito la ciudad. Producida la Revolución de Mayo, el 6 de julio de 1810 se incorporó a la primera expedición auxiliadora al Alto Perú en el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano, formando parte de la 6ta Compañía de artillería del capitán Bernardo Joaquín de Anzoátegui. Acompañó a su marido y sus dos hijos, quienes perdieron la vida en la batalla de Huaqui (junio de 1811).


En vísperas de la batalla de Tucumán se presentó ante el general Belgrano para solicitarle poder atender a los heridos en las primeras líneas de combate. Belgrano, reacio por razones de disciplina a la presencia de mujeres entre sus tropas, le negó el permiso, pero al iniciarse la lucha, Del Valle llegó al frente alentando y asistiendo a los soldados quienes comenzaron a llamarla la «Madre de la Patria». Tras la decisiva victoria y reconociéndose su coraje y valentía, Belgrano la nombró capitana de su Ejército.


Participó del frente de batalla en el cuidado y atención de los soldados en las victorias de Tucumán (septiembre 1812) y Salta (febrero 1813), y en las derrotas de Vilcapugio (octubre de 1813) y Ayohuma (noviembre de 1813). Esta última batalla ha pasado a la historia no sólo por la derrota del Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano a manos de las tropas realistas del general Joaquín de la Pezuela, sino también por un valeroso grupo de mujeres que les ayudaron durante toda la contienda y que son conocidas históricamente como las “Niñas de Ayohuma”.


En medio del fragor de esta feroz batalla emergió la figura de María Remedios del Valle y sus hijas. Las muestras de valor, solidaridad y patriotismo que mostraron durante la contienda les hizo ganarse un lugar en la historia.  Las mujeres cruzaron el campo de batalla para curar, dar agua e incluso luchar junto a los soldados independentistas. Tras la derrota de Ayohuma, fue capturada y torturada -por ayudar a escapar a varios soldados del calabozo- hasta que consiguió escapar hacia Buenos Aires. Muchas veces estuvo a punto de ser fusilada, sin embargo, pudo sortear los embates tenazmente, reintegrándose al ejército argentino donde continuó al mando de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Álvarez de Arenales, empuñando las armas y ayudando a los heridos en los hospitales de campaña.[


Ya instalada en la ciudad de Buenos Aires padeció la indigencia y no tuvo ningún tipo de reconocimientos oficiales. Relata el escritor, historiador y jurisconsulto salteño Carlos Ibarguren (1877-1956), quien la rescató del olvido, que vivía en un rancho en la zona de quintas, en las afueras de la ciudad, y frecuentaba los atrios de las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y San Ignacio, así como la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) ofreciendo pasteles y tortas fritas, o mendigando, lo que junto a las sobras que recibía de los conventos le permitía sobrevivir.


Se hacía llamar «la Capitana» y solía mostrar las cicatrices de los brazos, relatando que las había recibido en la Guerra de la Independencia, consiguiendo solo que quienes la oían pensaran que estaba loca o senil. Pero su reconocimiento fue llegando con el paso del tiempo. Los generales Juan José Viamonte, Eustaquio Díaz Vélez, Juan Martín de Pueyrredón y los coroneles Hipólito Videla, Manuel Ramírez y Bernardo de Anzoátegui, todos ellos de gran reconocimiento profesional y social, destacaron en varias expresiones públicas a la capitana de la Patria, su bravura, patriotismo y espíritu abnegado de servicio.


En una de las peticiones de las sesiones legislativas del 18 de julio de 1828, Juan José Viamonte expresaba: “Yo no hubiese tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiera visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en la campaña al Alto Perú y la conozco aquí; ella pide ahora limosna; porque después de esa vida durante tantos años, herida y maltratada, no podía trabajar naturalmente”. El 21 de noviembre de 1829, Juan Manuel de Rosas la ascendió a sargento mayor de caballería y el 29 de enero de 1830 fue incluida en la Plana Mayor del Cuerpo de Inválidos con el sueldo íntegro de su clase.


El 16 de abril de 1835 fue destinada por decreto de Juan Manuel de Rosas (que el 7 de marzo de 1835 había asumido su segundo mandato como gobernador de Buenos Aires) a la plana mayor activa con su grado de sargento mayor. Le aumentó su pensión de 30 pesos en más del 600 %. En la lista de pensiones de noviembre de 1836 María Remedios del Valle figuraba con el nombre de Remedios Rosas. Ella, en gratitud hacia quien la sacó de la miseria, cambió su nombre por Remedios Rosas. En la lista del 28 de octubre de 1847 aparece su último recibo con una pensión de 216 pesos. Murió el 8 de noviembre de 1847.


María Remedios del Valle se suma a otras tantas heroínas de aquella época como Manuela Pedraza –quien batalló durante las Invasiones Inglesas–; Juana Azurduy –quien luchó denodadamente en la Guerra de Independencia–; Mariquita Sánchez de Thompson –quien abrazó la causa de la libertad, colaboró con la Revolución y más tarde fue la primera en entonar las estrofas del Himno Nacional–; María Loreto Sánchez Peón de Frías –quien lideró en Salta junto con Juana Moro la organización de mujeres que efectuó tareas de espionaje y sabotaje contra las fuerzas realistas que ocupaban su ciudad durante la Guerra de Independencia de la Argentina–, y Martina Céspedes –también defensora durante las Invasiones Inglesas–.


Figura destacadísima, su vida de lucha, marcada por la valentía y el sacrificio, dejó una huella indeleble en la gesta por la Independencia de Argentina.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.




sábado, 2 de agosto de 2025

HISTORIA DEL REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO

 

Por encargo del Primer Triunvirato y con el objetivo de contar con una unidad de élite de caballería, el Regimiento de Granaderos a Caballo fue creado por el entonces teniente coronel José de San Martín en la ciudad de Córdoba, el 16 de marzo de 1812. Fue el mismísimo Padre de la Patria quien organizó y disciplinó de la manera más rigurosa al flamante regimiento, con técnicas de ataque y de defensa a sable y lanza.


El histórico y reputado uniforme de chaqueta azul con detalles en blanco y rojo, de morrión con cresta roja y negra fue inspirado de las tropas de granaderos de caballería que observó durante sus experiencias militares tanto en España como en Francia. Los caballos tenían un cuidado muy especial, desde el aseo, la alimentación y el agua, lo que se realizaba diariamente con toques de corneta. La oficialidad, a las órdenes de San Martín, debía cumplir con un estricto código de conducta.


Estaba penado revelar disposiciones internas; no defender el honor del regimiento; tener actitudes cobardes dentro del campo de batalla; hablar mal de un camarada de armas ante terceros; tener relaciones indecorosas con sargentos, cabos y soldados; asistir a casas de juegos que no pertenecieran a la clase de oficiales como así también el uso inmoderado de la bebida. En toda su severa organización, San Martín comprendió que la lucha por la libertad requería más que de habilidades militares, que se necesitaba como condición especial un profundo amor a la Patria y con un sentido inquebrantable del deber.


El clarín “que a la carga ordenó” según la Marcha de San Lorenzo, forma parte inseparable de los granaderos, así llamados por estar provistos de granadas que llevaban en una mochila de vaqueta. Desde el bautismo de fuego en el épico combate de San Lorenzo, librado el 3 de febrero de 1813, pasando por el Cruce de los Andes en 1817 y la decisiva batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de 1824, el Regimiento ha participado en muchísimas y decisivas batallas de la Guerra de la Independencia siempre en primera línea de combate. Por su arrojo y reputación en el campo de batalla se ha convertido en una fuerza militar de altísimo renombre.


La unidad de élite fue disuelta por el presidente Rivadavia en 1826 y sus integrantes distribuidos entre los diferentes cuerpos del ejército. Cuando el 28 de mayo de 1880 arribaron a Buenos Aires los restos del General Don José de San Martín, los últimos siete granaderos a caballo que aún vivían, por su propia cuenta, determinación y vestidos para la ocasión con sus antiguos uniformes, marcharon a caballo al puerto de Buenos Aires a recibir a su Jefe, escoltando el féretro hasta la Catedral montando guardia a la entrada del mausoleo durante toda la noche.


A comienzos del siglo XX, en un contexto de profundas transformaciones, el Estado nacional llevó adelante la modernización de sus Fuerzas Armadas, siendo una de las más importantes la sanción de la ley de Servicio Militar Obligatorio en 1901. El 25 de mayo de 1903, el presidente Julio Argentino Roca, junto a su Ministro de Guerra Pablo Riccheri, firmó el decreto que determinó la recreación del Regimiento de Granaderos a Caballo sobre la base del mejor regimiento de caballería de línea, quienes volverían a usar el histórico uniforme que diseñara el General San Martín.


En 1909, durante la presidencia del Doctor Figueroa Alcorta, al Regimiento de Granaderos a Caballo se le confiere el honor de ser Escolta presidencial. Y desde entonces cada mañana puede observarse a 7 granaderos marchar desde la Casa de Gobierno a la Catedral, donde dos de ellos se quedan montando guardia a la entrada del mausoleo del General San Martín. Cada dos horas regresan los otros cinco granaderos y se efectúa el cambio de guardia, hasta el final del día en que los siete regresan a la Casa Rosada. Así cada día hábil, bajo sol o lluvia, los siete granaderos custodian los restos de su Jefe, siete en honor a los siete granaderos que en 1880 fueron los primeros en realizar por cuenta propia la custodia del Libertador.


Actualmente el Regimiento está formado por cuatro escuadrones montados: Riobamba, Junín, San Lorenzo y Maypo, los que habitualmente se ven en los desfiles, escoltas y paradas militares. Los escuadrones de a pié, Chacabuco y Ayacucho, son los que proporcionan seguridad a la máxima investidura del Poder Ejecutivo Nacional, tanto en la Casa de Gobierno como en la Residencia de Olivos.


El Escuadrón Ayacucho está a cargo de la seguridad presidencial en Casa de Gobierno, la custodia de los restos del Libertador en el mausoleo de la Catedral Metropolitana, el izamiento y arrío de la Bandera Nacional en Plaza de Mayo y la participación en todos los actos de ceremonial que se realizan en la Casa Rosada y en la Catedral, como así también la custodia del Sable del Libertador en el Museo Histórico Nacional, ubicado en Parque Lezama.


Por su parte, la montada Fanfarria Alto Perú se caracteriza por poseer instrumentos de viento fabricados en bronce. También existe un Destacamento de Granaderos en la ciudad de Yapeyú que es el encargado de custodiar el solar natal del Libertador, y otro en San Lorenzo en la ciudad de Santa Fe, célebre bautismo de fuego. El Regimiento de Granaderos a Caballo queda grabado a sangre y fuego en los laureles de la Patria Grande como símbolo de honor, arrojo, disciplina y patriotismo.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

domingo, 6 de julio de 2025

LA CASA HISTÓRICA DE LA INDEPENDENCIA

 

El edificio histórico fue construido durante la época colonial. La ciudad de San Miguel de Tucumán se fundó inicialmente en Ibatín en 1565. Por razones estratégicas y comerciales, se abandonó y se fundó nuevamente en su ubicación actual el 14 de octubre de 1685. En la repartición de tierras los pobladores mantuvieron idénticas extensiones y disposiciones como las existentes en la ubicación anterior.


A la familia de Diego Bazán y Figuera se le adjudicó un cuarto de manzana que comprende media cuadra de la actual calle Crisóstomo Álvarez al 400 y media cuadra sobre la entonces calle del Rey, hoy Congreso N° 151, sede de la histórica Casa. En 1693, año de la época en que su dueño era alcalde, se modificó la vivienda, según menciona en su testamento. Pasaron los años y su nieto, Juan Antonio Bazán -que se había casado con Petrona Estevez-, tuvo nueve hijos. Uno de ellos fue Francisca, quien al casarse en 1792 con Miguel Laguna, recibió como dote de sus padres la futura Casa Histórica. Este matrimonio hizo construir el frente con las columnas y la fachada que le conocemos.


Cuando a principios de 1816 se decidió la reunión del Congreso, la incipiente ciudad no poseía ninguna casa adecuada para las sesiones. Gobernaba por entonces el general Bernabé Araoz, quien en principio cedió su casa a los primeros congresales que iban llegando. Pero como no pudo ubicar a todos los patriotas de manera apropiada, resolvió con previo acuerdo utilizar el caserón de la familia Laguna-Bazán.


En esta vivienda comenzaron las sesiones el 24 de marzo que culminaron aquel histórico martes 9 de julio a las 14:00 horas cuando se leyó el Acta de Declaración de la Independencia. Al ser desocupado el caserón luego de la última sesión, ocurrida el 4 de febrero de 1817 cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires, continuó la vida familiar y la casona sufrió distintas modificaciones en poco más de medio siglo.


Los años se sucedieron y el mapa edilicio, al que se le sumaron distintos adelantos, se fue ensanchando. En el año 1868, el diputado Tiburcio Padilla elaboró un proyecto que presentó para su consideración. En él solicitaba la adquisición de la casona que, por sus dimensiones, era una de las más amplias y céntricas para instalar oficinas, entre las que se pensó una sucursal de Correo, un Juzgado federal y una de ingenieros  nacionales. Este proyecto generó polémicas a favor y en contra, porque ya era considerado un edificio de valor histórico aunque no oficialmente.


El 15 de septiembre de 1869, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se sancionó la Ley N° 323 en donde se nacionalizó el histórico lugar y se autorizaba a organizar su mantenimiento. Ese mismo año una feliz circunstancia permitió que la fachada y la galería del acceso al Salón de Jura fueran fotografiadas por primera vez. Le cupo la tarea al fotógrafo italiano Ángel Paganelli, en ocasión de iniciarse las tareas de prolongación del ferrocarril desde Córdoba a Tucumán. Esta fotografía sirvió poco después para la restauración de la Casa.


La Ley no se efectivizó y a través de la sanción de otra ley, el 5 de octubre de 1872, se autorizó la construcción de sucursales de Correo en todo el país entre las que se incluyó la ciudad de Tucumán. La ley se hizo efectiva el 25 de abril de 1874, cuando el gobernador tucumano Belisario López firmó con la familia Zavalía -descendientes y por entonces propietarios de la Casa de Tucumán- la escritura de compra por la suma de 25.000 pesos fuertes.


Los trabajos de reacondicionamiento se llevaron adelante en marzo de 1875. Un año después ya quedaron habilitadas las oficinas. En 1876, el entonces presidente Nicolás Avellaneda, visitó Tucumán en ocasiones de inaugurarse el ferrocarril y concurrió a la Casa Histórica, convirtiéndose en el primer presidente argentino que la frecuentó.


A partir de ese año comenzó a funcionar en la Casa Histórica una sucursal del Correo, de un total de 15 que disponía la provincia. Varios años después, en 1888, se realizó una importante restauración ya que las anteriores no habían logrado su objetivo. Finalmente, en 1896, y ante el avanzado estado de deterioro de la Casa, se motivó la mudanza de la sucursal del Correo a otro sitio de la ciudad. La Cuna de la Independencia quedó así deshabitada, bajo el cuidado de un casero.


Por Decreto N° 98.076, del 12 de agosto de 1941, La Casa de Tucumán fue declarada Monumento Histórico Nacional. En 1942 se iniciaron las obras de reconstrucción aprobada por Ley N° 12.724/41, que estuvo a cargo del arquitecto Mario José Buschiazzo. El diputado nacional por Tucumán, Ramón Paz Posse, envió un proyecto de ley al Congreso proponiendo la reconstrucción de la Casa a su estado original. El trabajo se realizó a partir de las fotografías de Paganelli, los archivos de la administración de 1870 y los cimientos que aún se encontraban bajo tierra.


Las obras comenzaron en 1942 y el edificio restaurado se inauguró el 24 de septiembre de 1943 (aniversario de la Batalla de Tucumán) durante el gobierno de facto del general Pedro Pablo Ramírez. Las nuevas paredes se construyeron con ladrillos en lugar de adobe, las cañas del techo se sujetaron con cuero y las puertas no se pintaron en ese momento por falta de documentación que acreditara su color original.


La Histórica Casa de Tucumán es en la actualidad un Museo en donde en el Salón de la Jura se exhibe el Acta de la Independencia, y en general se muestra al público toda una serie de colecciones de muebles, cuadros, documentos y objetos históricos de diverso tipo.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 14 de junio de 2025

MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, HÉROE DE LA INDEPENDENCIA NACIONAL


En un hecho inédito para las armas de la Patria, un buque de guerra inglés fue tomado por una partida de caballería. El joven Martín Miguel de Güemes, al mando de un grupo de jinetes montados tomó la fragata inglesa “Justina”, de 26 cañones, que por la bajante de las aguas del río había quedado varada. Era el atardecer del 12 de agosto de 1806, Día de la Reconquista de Buenos Aires.


Abierto el proceso político revolucionario con la Gesta de Mayo, Güemes se incorporó al ejército patriota y se le destinó al Alto Perú, formando parte de las tropas que combatieron contra las fuerzas realistas en la batalla de Suipacha (actual Bolivia), el 7 de noviembre de 1810. Una batalla que significó el primer triunfo de los ejércitos argentinos en la Guerra de Independencia contra España.


Hacia 1815 volvió a su Salta natal organizando a su pueblo en la resistencia a los ejércitos realistas. El 15 de mayo de ese año fue electo como el primer gobernador de su provincia, cargo que ejercerá hasta 1820. El 12 de septiembre de 1815, el flamante gobernador creó la “División Infernal de Gauchos de línea”, una unidad destinada a combatir a pie o a caballo, lo que revelaba el interés de Güemes de disponer de una unidad del tipo de los “Dragones”, apta por su movilidad para cubrir largos trayectos y efectuar la defensa a pie de pasos, desfiladeros o lugares de difícil acceso.


En reconocimiento a su arrojo en el combate, el flamante Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón lo ascendió al grado de coronel mayor. Y el General San Martín –por los valores militares demostrados– le confió la custodia de la frontera del noroeste de nuestro país. Producto del accionar de sus gauchos milicianos la situación se tornaba cada vez más difícil para el jefe de las fuerzas realistas, el general Joaquín de la Pezuela. La táctica era el hostigamiento y el acoso permanente hacia el enemigo, lo que se conoció popularmente con el nombre de guerra de guerrillas.


Sin embargo la situación tampoco era nada fácil para las armas patrias. Hacia principios de 1817 el Mariscal realista José De la Serna planeaba la invasión a Salta con un experimentado ejército de más de 5.000 hombres, vencedores en su momento de Napoleón. Pero Güemes, a la altura de la historia, organizó a la provincia en pie de guerra, con un verdadero ejército popular en partidas de no más de veinte hombres.


El 1° de marzo de 1817 Güemes logró recuperar Humahuaca y se dispuso a esperar la invasión, siempre con la táctica del hostigamiento permanente e inesperado hacia el enemigo, su ya famosa guerra de guerrillas. Las fuerzas del realista De La Serna llegaron a Salta el 16 de abril de 1817. El boicot de la población salteña fue absoluto, sufriendo el enemigo permanentes ataques relámpago. Esto generó preocupación y desmoralización en los invasores, y como consecuencia de la victoria de San Martín en Chacabuco (Chile), De la Serna decidió emprender la retirada hacia el bastión realista del Alto Perú.


Hacia marzo de 1819 se produjo una nueva invasión realista. Güemes se preparó nuevamente para resistir sabiendo que no iba a contar con el apoyo de Buenos Aires por las miserias políticas que rodeó al nuevo Director Supremo de las Provincias Unidas, José Rondeau. La prioridad de Rondeau no era la Guerra de Independencia sino poner fin al modelo patriótico y federal artiguista en la Banda Oriental.


A pesar del desprecio del Directorio unitario de Buenos Aires, a pesar de los campos arrasados, de la interrupción del comercio con el Alto Perú producto de la interminable guerra, de las lágrimas y agonías que había que soportar en Salta, de la miseria generalizada, el prestigioso caudillo y gobernador salteño siguió resistiendo con honor. En febrero de 1820 el general realista Canterac ocupó Jujuy y a fines de mayo logró tomar la ciudad de Salta. El Héroe resistió una vez más y con el espaldarazo que le había dado San Martín al nombrarlo desde Chile General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú. Canterac terminó como De La Serna y se tuvo que retirar con su ejército hacia el Norte.


En el marco de las guerras civiles entre unitarios y federales, las divisiones internas en Salta debilitaron el poder de Güemes, facilitando la penetración española en territorio norteño. Los sectores poderosos de la provincia no dudaron en ofrecer su colaboración al enemigo con tal de eliminar al líder popular. José María Valdés, coronel salteño a las órdenes del ejército español, avanzó con sus hombres y ocupó Salta el 7 de junio de 1821.


Valdés contó con el apoyo de los terratenientes salteños. Güemes se refugió en la casa de su hermana Magdalena Güemes de Tejada, "Macacha", y al escuchar disparos decidió escapar a caballo. En la huída recibió un balazo por la espalda. A pesar de ello siguió con una increíble y altísima moral de combate, ya que si bien llegó gravemente herido a su campamento de Chamical intentó preparar la novena defensa de Salta, reuniendo a sus oficiales, transfiriendo el mando y dando las últimas instrucciones.


Murió el 17 de junio de 1821, con tan sólo 36 años de edad, en la Cañada de la Horqueta, cerca de la ciudad de Salta. Su muerte fue producto de un complot entre la oposición contra su política de sectores elitistas de Salta y Jujuy, y la oposición política y militar del por entonces presidente de la República del Tucumán, Bernabé Araoz. Los pedidos de ayuda de Güemes a Buenos Aires eran permanentes y siempre desoídos.


La clases adineradas salteñas le comenzaron a quitar respaldo ya que se sentían amenazadas por el poder de Güemes y sus gauchos armados, quien les aplicó impuestos forzosos sobre sus riquezas que no toleraron. Apenas unas semanas después de su muerte, sus hombres obligaron al ejército español a evacuar Salta. La Guerra Gaucha seguía en pie. Fue la última invasión realista al norte argentino con lo que Güemes —aunque no llegó a verlo— finalmente venció a sus enemigos.


De esta manera se iba para siempre un verdadero Arquetipo de la Patria, un verdadero Héroe de la Independencia Nacional cuya actuación fue realmente crucial: Sin su tenaz resistencia en el noroeste argentino no hubieran sido posibles las campañas libertadoras del General San Martín. En 1999 el Congreso de la Nación Argentina declaró el 17 de junio como el Día Nacional de la Libertad Latinoamericana mediante la sanción de la Ley 25.172, y desde 2016, se incorporó esta fecha como feriado nacional y día no laborable en todo el territorio nacional (Ley 27.258).


En su obra ‘Martín Guemes, el héroe mártir’ (Ed. Ciudad Argentina, pág. 325), el licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, Luis Oscar Colmenares, afirma: “Los argentinos necesitamos conocer debidamente nuestras raíces. Sólo así podremos captar en su plenitud los fines que persiguieron los fundadores de la patria, los sacrificios que fueron necesarios realizar, los múltiples obstáculos que debieron superarse, los logros obtenidos y los fracasos sufridos. Si conocemos nuestras raíces estaremos en condiciones de captar íntegramente el mensaje de los próceres de la emancipación, muchas veces presente especialmente en sus obras. Hubo quienes dispusieron de muy poco tiempo para escribir, como fue el caso de Martín Miguel de  Güemes”.


Fue un gran colaborador en el proyecto emancipador del General Don José de San Martín, un innovador estratega militar. Su descomunal valentía y arrojo en pos de la unidad nacional provocó la admiración y el odio de muchos. Ante un nuevo aniversario de su muerte… ¡Gloria eterna al Líder y Conductor de la Guerra Gaucha! ¡Gloria eterna al Héroe de la Independencia Nacional!




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

jueves, 1 de mayo de 2025

DÍA DEL TRABAJADOR, POR UNA REIVINDICACIÓN NACIONALISTA


Antecedentes históricos


La conmemoración del Día del Trabajador se remonta a la ciudad estadounidense de Chicago. Hacia la segunda mitad del siglo XIX no había límites para la explotación industrial capitalista en EEUU, cuyas jornadas laborales, de 6 días, duraban entre 12 y 14 horas. Esta situación, agravada por la crisis económica de la década de 1880, generó una serie de fuertes protestas. Bajo este contexto, el sindicalismo norteamericano empezó a reivindicar la jornada laboral de 8 horas, pero al ser rechazada por el presidente Stephen Grover Cleveland (1886-1889) se decidió realizar una huelga general para el día 1° de mayo de 1886.


Chicago fue la ciudad baluarte de la misma, en donde más de 80.000 trabajadores realizaron una masiva marcha, liderados por el sindicalista anarquista Albert Pearsons. Cerca de 12.000 establecimientos industriales se paralizaron a lo largo de todo el país, alcanzando la ciudad de Chicago su punto más álgido de tensión el día 4 de mayo, al producirse una sangrienta manifestación con incontables muertos y heridos entre obreros y policías. Como consecuencia de estos graves hechos, el presidente republicano Cleveland decretó inmediatamente el estado de sitio y hubo miles de obreros detenidos. Finalmente, en 1887, y con Albert Pearsons a la cabeza, ocho cabecillas sindicalistas anarquistas terminaron en la horca, la cadena perpetua o los trabajos forzosos luego de un simulacro de juicio. Fueron los denominados “Mártires de Chicago”, de ahí el origen de la conmemoración del Día del Trabajador.



El concepto de Trabajo


En la consideración de fondo, el interés supremo de una Nación siempre debe estar por encima de todo egoísmo individual o sectario. Y en tal sentido, el Trabajo debe ser considerado como la fuente de riqueza más importante de un país, en donde el dinero nunca va a tener valor alguno si no se concibe como fruto de aquel. Todos los bienes existentes de la Nación, tanto el abastecimiento básico de su población como así también su nivel cultural, siempre dependerá del Trabajo y de la producción que la Comunidad en cuestión sea capaz de generar. Muchos de los males modernos -como la desocupación o la pauperización salarial- son producto de una inversión anti-natural generada por el mismísimo sistema capitalista.


Por otra parte, subsidiar el desempleo como práctica demagógica partidocrática (práctica sistemática a la que hemos estado acostumbrados los argentinos) quita el sentido de nobleza al Trabajo, lo degrada, y da como resultado una manifiesta inmoralidad social. Una típica práctica demagógica-populista, que por su bajeza e inmoralidad genera que se subvencione la pereza, la ineficiencia o la ineficacia. Pero a su vez no es el Capital ni las posesiones materiales lo que constituye lo más importante en la vida (como falsamente lo pretende el sistema plutocrático-capitalista especulativo). Lo determinante siempre será la capacidad del potencial laboral que se posea: la aptitud física y mental como así también el talento creativo y práctico. Y esa capacidad de potencial laboral siempre deberá estar garantizada por el honor, la lealtad, el saber, la voluntad, el sacrificio, la responsabilidad, el sentimiento, el carácter y la retribución justa.


Es en abierta oposición a una real Soberanía Política nacionalista (que en su matriz esencial rechaza toda dependencia hacia los centros financieros plutocráticos) en donde el liberal-capitalismo se muestra como un sistema idólatra del dinero, cuyos valores consisten en medir al Hombre solamente por la cantidad de bienes materiales que posee. Pero un Pueblo se realiza como tal solamente a través de una actividad laboral sana y justa, vale decir, mediante una actividad que tiene como fin en sí concretar un objetivo coherente y trascendental de vida. Porque un compatriota desheredado, marginado y excluido de la sociedad siempre guardará resignación, rencor y hasta desprecio por su Patria.


Para un país verdaderamente libre primero estarán los principios espirituales -como el Honor y la Lealtad- antes que los detalles materiales o comerciales. Una persona honorable siempre será aquella que cumpla con el deber de trabajar, aquella que a través de su comportamiento demuestre ser digna y estar a la altura de su posición laboral. Y como consecuencia de ello se debe poner énfasis en el cuidado de cada compatriota dentro del ámbito del trabajo; en su integridad y grado de realización para la vida. Por eso no se trata de ubicar indiscriminadamente a personas en puestos elegidos al azar o creados sin ninguna planificación previa. Además, el talento superior es el que realmente debe acceder a los puestos de mando.


De una forma más global, la economía de un país no es lo determinante en la vida de un pueblo. No son las condiciones económicas las que determinan las relaciones sociales. El internacionalista Kiselly Mordecai –conocido por su pseudónimo Karl Marx– sostenía en su falso análisis del sistema capitalista que la economía es la infraestructura de una sociedad, es decir, que es el gran condicionante de todo lo que ocurre en la misma. Pero es absolutamente todo lo contrario. Son los conceptos espirituales y morales los que determinan las relaciones económicas y por ende el tipo de relaciones sociales.


En la Argentina actual del ajuste, de servilismo a las Altas Finanzas Internacionales, de indiferencia real hacia los trabajadores, del saqueo en suelo patrio por parte de la Usura Internacional, se debe anteponer el deber y la lucha por un Orden social-patriótico, con renovados esfuerzos, sin claudicar. Se es verdaderamente nacionalista solamente por el alto grado de sacrificio que se está dispuesto a hacer por la Patria. Un país infinitamente mejor al actual que tenemos es perfectamente posible pero a condición de que exista una sincera voluntad de construirlo.


El tipo de producción siempre dependerá de un talento, de las potencialidades psíquicas de un Pueblo y de su posterior perfeccionamiento mediante la educación y la formación profesional. La obligación esencial del Hombre siempre va a consistir en emplear la capacidad que le ha sido dada por la naturaleza en actividades que redunden en el mayor beneficio posible para la Comunidad que lo cobija. La calificación y la recompensa nunca deben estar expresadas por el Estado en la forma y en el modo en que una persona lleva a cabo su trabajo, sino en la lealtad y en la dedicación, en el entusiasmo, la constancia y la responsabilidad con que se cumple la obligación de trabajar, parámetros que sí son los verdaderamente valederos para el respeto de toda verdadera dignidad humana.

 

Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.





Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



lunes, 28 de abril de 2025

LIBERALISMO Y MARXISMO, DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

 

El individualismo, como corriente moral, filosófica, política e ideológica que exalta al individuo por sobre el Estado, la Comunidad y la Economía, ve en el individuo la medida de todas las cosas. Se refleja en el campo económico bajo la concepción ideológica de liberalismo, afirmando que el ser individual necesita completa libertad para su desarrollo. El punto de partida se halla en las corrientes intelectuales de los siglos XVII y XVIII, en el marco de los grandes descubrimientos; el progreso en la experimentación de las ciencias naturales; el relegamiento de la metafísica; el aflojamiento de los lazos religiosos y la disolución de los vínculos profesionales que en la Edad Media ligaba a los hombres. 

El racionalismo ilustrado, como defensor de una religiosidad y una moralidad laica, coloca a la razón como fundamento de las normas jurídicas y de las concepciones del Estado. Si se habla de religión natural y de moral natural, se habla también de derecho natural. Y si los principios éticos y jurídicos son naturales, también lo serán aquellos principios que economistas como Francois Quesnay (1694-1774) resumirán en el pensamiento fisiocrático, cuyo núcleo esencial está en la fórmula liberal: Dejar hacer, dejar pasar. La propiedad privada y la libre competencia son naturales, mientras que es contrario al “orden natural” cualquier intervención estatal que tienda a bloquear o a obstaculizar estas leyes naturales. La función del Estado o del soberano debe limitarse a quitar los obstáculos que impiden el normal desarrollo de ese orden.


Tanto el liberalismo como el individualismo encontraron su desarrollo en las teorías de la fisiocracia  y en las teorías de la escuela inglesa clásica de la economía política, con Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823). Según estas teorías la exaltación del bien privado como norma debía conducir al mejor y más armónico desarrollo de las sociedades. Se quiso liberar la economía de todas las ataduras y tutelas mercantilistas, y se aceptó que de la libre actividad de los individuos nacería un nuevo mundo organizado, capaz de hacer feliz a todos los hombres. 


Pero de tal libertad se arribó al libertinaje. La técnica y el desarrollo del capitalismo han conducido a la desigualdad social y al desaprovechamiento del poderío social. La economía capitalista se originó en un espíritu que subordina todo medio, técnica y economía, capital y trabajo, al servicio de los objetivos del dinero, a una plutocracia internacional. El individualismo influye perniciosamente sobre la concepción del Estado y la vida social. Su concepción de Estado se apoya en los partidos políticos, en donde las personas -que el individualismo ha atomizado-, se convierten en masa, mayoría amorfa.


Comienza así la perniciosa realidad del número y del azar. La responsabilidad es relegada y el gobierno se convierte rápidamente en una masa de funcionarios autómatas. En el individualismo/liberalismo los valores económicos son considerados como los más altos y dignos: El éxito económico llega a ser determinante para la apreciación del hombre. Aparece el “homo economicus”, cuya más elevada finalidad es la satisfacción de necesidades.


En paralelo, el marxismo representa la consciente tentativa de eliminar en todos los campos de la vida humana la sobresaliente importancia de la personalidad para sustituirla por el número de la masa. Según Karl Marx (1818-1883), todo es materia y el pensamiento mundial es nada más que el reflejo del mundo material. Verdades absolutas y eternas deben ser rechazadas. En la concepción materialista de la historia, la historia precisamente de una época no deriva de la religión, la filosofía o la política, sino de la actividad económica: Las relaciones materiales, económicas, son determinantes para la historia de los pueblos.


Sobre el fundamento de estas relaciones materiales dentro de la concepción ideológica marxista se erige la llamada superestructura de la sociedad, formando parte de ellas la religión, el derecho, la moral, la política, la cultura, la ciencia, etc. El ámbito total de la cultura es, según ello, inequívocamente determinado por la economía. Toda la vida social es la historia de la lucha de clases, en donde el progreso se logra supuestamente por la lucha de una clase contra la otra. En esa vida económica no se encuentran compatriotas sino siempre explotados y explotadores. Así el marxismo ha avasallado el espíritu, destruido la bondad y excitado los más bajos instintos sociales. Empresarios y trabajadores se consideran enemigos y no miembros de un pueblo.


En el enfoque materialista, liberalismo y marxismo son dos caras de una misma moneda. El liberalismo es el padre del marxismo, y éste no hubiera surgido sin la acción previa de aquel. Ambos son meros instrumentos de la oligarquía financiera internacional, de los grandes intereses financieros que dominan y se reparten el mundo en esferas de influencia.


En el prólogo del libro Cómo funciona realmente el mundo, del autor Alan B. Jones (Ed. Segunda Independencia), sostiene Santiago Roque Alonso Tcnl (R): “La materia prima o el mecanismo controlador de la plutocracia internacional lo constituye el dinero. Lo crea de la nada, lo reproduce geométricamente por el ejercicio de la usura y el endeudamiento permanente, monopoliza su regulación mediante el FMI, el BM o el BID, a los que también domina a través de los gobiernos. De esta forma, el dinero ha pasado a ser la medida de todas las cosas. Es el instrumento que le permite a la plutocracia internacional crear y manipular la opinión pública con los medios de comunicación bajo su control, comprar los partidos políticos mediante su financiamiento y penetrar y manejar muchos de los sindicatos obreros”.



Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...