domingo, 6 de noviembre de 2022

10 DE NOVIEMBRE, DÍA DE LA TRADICIÓN


El 18 de agosto de 1939 el Congreso de la Provincia de Buenos Aires sancionó la Ley N° 4.756/39 que declaraba el 10 de noviembre como el Día de la Tradición, por el natalicio de José Hernández, autor del Martín Fierro. Posteriormente, el 30 de septiembre de 1975 el Congreso de la Nación sancionó la Ley N° 21.154, declarando la conmemoración extensiva a todo el territorio nacional.


La palabra tradición deriva del latín “tradere”, significando donación o legado. Es lo que identifica a un Pueblo y lo diferencia de otros, siendo entonces un valor propio y profundo, un conjunto de costumbres que se transmiten de padres a hijos, un legado que cada generación recibe de la que le antecede y que a su vez hace los mismo para las futuras. Por ende es esa misma tradición la que constituye una cultura popular, la que reafirma siempre una Identidad Nacional y un Arquetipo representativo de la misma.


José Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en el actual Partido de General San Martín del conurbano bonaerense. Tuvo una vida pública muy destacable. Fue poeta, periodista, orador, comerciante, contador, taquígrafo, estanciero, soldado y político. Comenzó a leer y a escribir con tan sólo cuatro años de edad. En 1843, año del fallecimiento de su madre, su padre lo llevó a vivir al campo, donde era capataz en las estancias del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas (por aquellos tiempos primera Magistratura del país).


Fue en este entorno campestre cuando tomó contacto con gauchos e indios. Debido a su proximidad con ellos tuvo la oportunidad de conocer sus costumbres, su mentalidad, su lenguaje, su cultura. Aprendió a quererlos, a admirarlos, a comprenderlos, y también a entender sus dificultades en la vida cotidiana. En 1857 –poco después de fallecer su padre–se instaló en la ciudad de Paraná, contrayendo matrimonio dos años después. Su labor periodística la inició en el diario El Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato del caudillo federal riojano Brigadier General Ángel Vicente ‘Chacho’ Peñaloza (asesinado el 12 de noviembre de 1863 durante la presidencia de Bartolomé Mitre y por encargo del por entonces gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento). El Chacho había sido uno de los últimos líderes federales en resistir el despotismo y el centralismo pro-inglés del poder político de Buenos Aires.


En 1863 estos artículos fueron publicados como libro bajo el título Rasgos biográficos del General Ángel Peñaloza. En 1869 fundó el diario El Río de la Plata, en cuyas columnas defendió a los gauchos y denunció los abusos cometidos por las autoridades de la campaña. También fundó el diario El Eco, de la Provincia de Corrientes, cuyas instalaciones fueron destruidas por sus adversarios políticos. Colaboró además en los periódicos La Reforma Pacífica, de Paraná y La Patria, de Montevideo. En el orden militar intervino en dos batallas muy importantes para el destino del país: La batalla de Cepeda (1859) y la batalla de Pavón (1861).


Luchó junto al caudillo federal entrerriano Ricardo López Jordán. Este último había llevado adelante una rebelión federal en la poderosa Provincia de Entre Ríos del General Justo José de Urquiza, por el acercamiento político de éste hacia el presidente Sarmiento. Esta rebelión duró desde el 11 de abril de 1870 (fecha del asesinato de Urquiza en el majestuoso Palacio San José de Entre Ríos) hasta el 16 de septiembre de 1876 (cuando López Jordán finalmente capituló y cayó derrotado). La rebelión jordanista fue el último conflicto, si se puede decir así, entre unitarios y federales.


Debido a las continuas guerras civiles en nuestro país, José Hernández se vio obligado a exiliarse, primero en Brasil y posteriormente en Uruguay. Recién en 1874 y gracias a una amnistía política que paró la violencia pudo volver al país. En el orden legislativo se desempeñó como diputado y luego como senador de la Provincia de Buenos Aires. Tomó parte activa junto a Dardo Rocha en la fundación de La Plata en el año 1882. Y como presidente de la Cámara de Diputados defendió el proyecto de federalización de Buenos Aires, que pasó a ser la capital del país en 1880.


A fines de 1872 se produjo la salida de su obra cumbre El Gaucho Martín Fierro, el poema de género gauchesco que se convirtió en la obra literaria del más puro y genuino folclore argentino. Traducido a numerosos idiomas, es la obra por excelencia de la literatura argentina. Y es aquí donde Don José rinde homenaje al gaucho, a quien lo describe en su ser, en sus vivencias, en su drama cotidiano, en su desamparo, en sus vicisitudes y en sus bravuras. Este gran éxito literario lo llevó a continuarlo con la salida en 1879 de su segunda parte, La vuelta de Martín Fierro. Posteriormente, en 1881 publicó su obra Instrucción del Estanciero. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano.


El Martín Fierro de José Hernández es en el fondo la descripción de la dura realidad que vivía el país hacia la segunda mitad del siglo XIX. Una denuncia social que encierra las grandes verdades de aquel momento como hoy en día: La falta de educación, el menosprecio por lo nacional, la subordinación a los poderes mundiales, la corrupción en lo judicial, la deficiente organización militar, la deficiencia de la policía y el resentimiento de los sectores postergados por el poder político de turno. Y todo ello a través de un clarísimo lenguaje rural.


Una denuncia social dentro de un contexto político en particular. Con la derrota nacional en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852 (la mayor tragedia política sufrida por el país), el unitarismo masónico aliado al colonialismo brasileño e inglés disolvió el sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera y terminó con el Federalismo como política de Estado. Con la caída de Rosas el país dejó de ser una Nación libre para convertirse nuevamente en colonia.


En adelante se establecieron diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista en expansión. Y la entrega económica estuvo acompañada de una entrega tanto territorial como espiritual. En nombre de la “libertad de comercio” se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado en los tiempos del Restaurador. Brasil inclusive sacó su enorme tajada al incorporarse de manera unilateral las Misiones orientales, al obtener la libre navegación de los ríos y la hegemonía política sobre Uruguay y la Argentina.


Y todo ello en nombre de la “civilización”, pero civilización entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino, que era criollo. De la misma manera se va a empezar a considerar “tiránico” al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose de manera paralela a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en los hechos concretos constituyeron oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación. Y repudiando lo autóctono se ejecutó un verdadero genocidio, una sistemática matanza de criollos, imponiéndose esa falsa muletilla conocida como “inutilidad del criollo”, lo que tampoco era ninguna novedad ya que venía propagándose desde los tiempos de Rivadavia. Y todo esto produjo el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con el verdadero Arquetipo.


Es en todo este proceso de aculturación y de desprecio por lo nuestro en donde se debe contextualizar el Martín Fierro de José Hernández, la obra literaria argentina por excelencia, la narración de un verdadero drama social que tiene como principal protagonista al gaucho de estas tierras, aquel que a pesar de tantos sinsabores sufridos siempre resiste fiel y bajo un viejo Código de Honor.


Ante un nuevo aniversario por el Día de la Tradición reafirmemos una vez más nuestra Identidad, nuestra Cultura, nuestro Ser Nacional. Redoblemos una lucha de unión nacionalista entre todos los argentinos. Ya lo decía con claridad meridiana José Hernández en el inmortal Martín Fierro: “LOS HERMANOS SEAN UNIDOS PORQUE ESA ES LA LEY PRIMERA; TENGAN UNIÓN VERDADERA EN CUALQUIER TIEMPO QUE SEA, PORQUE SI ENTRE ELLOS PELEAN LOS DEVORAN LOS DE AFUERA”.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


jueves, 13 de octubre de 2022

17 DE OCTUBRE DE 1945, EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO


A pesar de haberse agitado el ambiente sindical y que hasta inclusive la mismísima Confederación General del Trabajo había decretado una huelga general para el día 18, todo sucedió de manera vertiginosa y espontánea. Lo que ocurrió el famoso miércoles 17 de octubre de 1945 superó a todos: Al endeble gobierno, a la Fuerzas Armadas, a los partidos políticos, a los grandes diarios opositores y también al mismísimo Juan Domingo Perón.


Pago de vacaciones; aguinaldo; previsión de accidentes laborales; convenios colectivos a favor de los trabajadores; aumento de salarios; extensión del régimen jubilatorio; creación de Tribunales de Trabajo para la regulación de conflictos entre patrones y obreros; sanción del Estatuto del Peón (lo que tanto había enfurecido a los sectores concentrados del campo). Las amplias medidas sociales establecidas por el entonces Coronel Perón desde la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión Social -en el marco de la Revolución Nacional del 4 de Junio de 1943- habían generado una inédita redistribución de la riqueza y de armonización entre el Capital y el Trabajo. 


Sin embargo, el gobierno del General Edelmiro Farrell estaba cada vez más cercado por una importantísima fuerza opositora: La embajada norteamericana (y a través de ella Inglaterra); la Unión Industrial Argentina; la Sociedad Rural Argentina; la Bolsa de Comercio; la Federación Universitaria Argentina; las asociaciones de comerciantes y ganaderos; los tradicionales partidos políticos; la totalidad de la Marina -netamente anti-peronista- como así también un importante sector del Ejército.


La popularidad del Coronel Perón fue creciendo cada vez más. Desde principios de 1944 empezó a ejercer el Ministerio de Guerra y desde junio de ese año la mismísima vicepresidencia de la Nación. Pero el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial dio un vuelco a la situación: Desde mayo de 1945 hizo su arribo a nuestro país un personaje de suma importancia por los hechos posteriores, el embajador de EEUU Spruille Braden, quien durante más de cuatro meses fue el conductor de la oposición al gobierno y dentro de la cual se hallaban la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista y los conservadores.


El 8 de octubre de 1945 el enfrentamiento entre el Coronel Perón y el General Eduardo Ávalos, Jefe de Campo de Mayo (la guarnición militar más importante del país) aceleró el proceso. La oficialidad superior le pidió a Perón que renunciara a sus tres cargos, por entonces la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, el Ministerio de Guerra y la Vicepresidencia de la Nación. Producto de una permanente presión, el Líder de los Trabajadores renunció al día siguiente. Sólo la miopía política gobernante podía ignorar todo lo que vendría. La renuncia fue un verdadero impacto emocional, una verdadera bomba de tiempo. 


En su reemplazo al frente del Ministerio de Guerra fue designado el General Ávalos. El 13 de octubre Perón llegó en calidad de detenido a la isla Martín García. El Poder Ejecutivo decidió detenerlo porque se temía que se podía atentar contra su vida. La defenestración hacia Perón y la reacción anti-nacionalista / anti-obrera dio lugar a la aparición de diferentes personeros siempre vinculados al antiguo régimen del fraude, la corrupción y el entreguismo. Los argentinos tradicionalmente periféricos, los ignorados de siempre, los omitidos (como hoy en día) de súbito aparecieron en la mismísima ciudad de Buenos Aires para imponerse de manera arrolladora.


Desde la mañana de aquella histórica jornada la masa trabajadora empezó a volcarse de manera masiva hacia la Capital Federal, con muy nutridas columnas que marchaban hacia el centro de Buenos Aires. Era una verdadera marea humana la que una y otra vez pasaba, proveniente sobre todo de las zonas industriales del Conurbano Bonaerense. El objetivo era arribar a la Plaza de Mayo. Comenzaron a levantarse huelgas y muchísimos manifiestos de protestas a través de diferentes sindicatos. De manera espontánea la masa trabajadora fue la principal protagonista, arrasando con todo y exigiendo como única consigna la liberación de su Líder. Metafóricamente hablando nadie los conducía, todos eran capitanes.


Ya era demasiado tarde como para generar alguna reacción. Para buscar descomprimir el eufórico y desbordante reclamo en la Plaza de Mayo, el flamante Ministro de Guerra Ávalos se entrevistó con Perón en el Hospital Militar, para luego comunicarse telefónicamente con Campo de Mayo y hacerle saber a la oficialidad superior que Perón hablaría desde el Balcón de la Casa Rosada. La noticia confundió y contrarió a estos militares (que se habían jugado el todo por el todo en el desplazamiento de Perón). Desde la isla Martín García el desterrado pidió por su restitución a Buenos Aires, a lo que el presidente Farrell accedió trasladándolo al Hospital Militar de esta ciudad.


A las 21.45 horas Perón ya estaba con Farrell en la residencia presidencial. Conversaron hasta las 22.25 horas y después se dirigieron hacia la Casa de Gobierno. El número de concurrentes se situó entre las 200.000 y 300.000 personas. La permanente tensión se daba con un gran frenesí y de manera infatigable se seguía reclamando la presencia física de Perón. Poco después de las 23 horas finalmente Perón salió al Balcón de la Casa Rosada estallando una impactante ovación por espacio ininterrumpido de 15 minutos. Era la felicidad total. La gente parecía haberse vuelto loca. Gritaban, saltaban, lloraban y coreaban estribillos con voces cada vez más enronquecidas. Allí tenían enfrente al referente por el cual se habían jugado. Sano y salvo. Vencedor.


 Farrell intentó hacerse oír, pero más que un discurso era una presentación hacia el hombre que había sabido ganarse el corazón de miles y miles de argentinos. Y cuando por fin el gran triunfador de la memorable jornada pronunció su primera palabra desde el Balcón, expresión que fue “¡Trabajadores!” una nueva explosión de júbilo se hizo sentir. A continuación señaló: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino”.


También expresó estas palabras que quedaron para el recuerdo, “dejo el honroso uniforme que me entregó la Patria para vestir la casaca de civil y confundirme con una masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza de la Patria. Con esto doy un abrazo final a esa institución que es un puntal de la Patria: el ejército. Y doy también el primer abrazo a esa grandiosa que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la República: la verdadera civilidad del pueblo argentino. Esto es el pueblo”. Luego de su memorable discurso, la consecuencia inmediata desde lo político fue la renuncia de Ávalos al frente del ministerio de Guerra.


La Argentina ya no fue la misma, hubo un antes y un después. Uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia que desnudó las falencias de los tradicionales partidos políticos y de los sectores de poder vigentes hasta entonces. La movilización más emblemática en toda la historia de las luchas sociales que generó consecuencias de fondo: La ruptura con los convencionalismos políticos vigentes; el surgimiento de una nueva, innovadora y en principio revolucionaria fuerza política que giró en torno a la figura estelar del 17 de Octubre, el Coronel Perón; la definitiva incorporación de los trabajadores al proceso político argentino y como uno de los factores de poder, subordinados a su conductor natural; el nacimiento de la antinomia peronismo / anti-peronismo, algo así como la Patria vs. la anti-Patria de nuestros días.


Fue una epopeya, un verdadero Despertar de la Patria Grande, ‘el subsuelo de la Patria sublevado’ al decir del historiador revisionista Raúl Scalabrini Ortíz. Un gran espejo en el cual hoy más que nunca los argentinos debemos mirarnos ante tanta miseria política, ante tanta degradación social, ante tanta falta de trabajo y precariedad laboral, ante tanto servilismo a los poderes mundiales y ante tanta corrupción organizada. Fue el hecho que marcó el fin de una Argentina para dar comienzo a otra Argentina. Pero más que eso, el 17 de Octubre de 1945 es la vigencia de una Lucha, la de la Justicia Social.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 10 de septiembre de 2022

JOSÉ IGNACIO RUCCI, EL ASESINATO QUE CONMOCIONÓ AL PAÍS

 

Nacido el 15 de mayo de 1924 en Alcorta, al sur de la Provincia de Santa Fe, se inició en el campo como domador de caballos. Luego de trasladarse con su familia a Rosario se desempeñó en diversas tareas, desde limpiar tripas en un frigorífico hasta vender chocolates en un cine. Instalado en Buenos Aires entró en la fábrica de cocinas ‘Catita’, una marca muy popular de la época donde comenzó como barrendero hasta convertirse en obrero metalúrgico. En 1944 se afilió a la flamante Unión Obrera Metalúrgica y tres años después inició su actividad gremial al ser elegido delegado de esa fábrica.


Luego del golpe de Estado de 1955 estuvo preso y posteriormente participó activamente en la Resistencia Peronista a las órdenes de Augusto Timoteo Vandor, el nuevo líder de los metalúrgicos. Para ese entonces ya era un ávido lector del Revisionismo Histórico Argentino, con José María Rosa a la cabeza. Además leía al mismísimo General Juan Domingo Perón, a quien “quería más que al padre”, tal como solía manifestarle a su esposa ‘Coca’. A su vez frecuentaba a los nacionalistas católicos como Charles Maurras. Todo ello fue reafirmando cada vez más su identidad con el Nacional-justicialismo y dentro de una doctrina nacionalista.


A principios de los ’60 la carrera sindical de Rucci dio un salto cuando Vandor lo designó encargado de prensa de la Unión Obrera Metalúrgica. Pero Vandor y Rucci tenían una diferencia sustancial sobre la figura de Perón. El primero sostenía que el sindicalismo, convertido ya en la columna económica y política del Justicialismo, debía olvidarse de Perón y desarrollar un proyecto propio para, entre otras cuestiones, negociar con los sectores de poder desde sus propios intereses. Era el famoso “peronismo sin Perón”. Para Rucci sólo podía haber peronismo con Perón, y el sindicalismo debía convertirse en la punta de lanza del Movimiento Nacional-justicialista para arrancarle al gobierno de turno el regreso del General, el único capaz de continuar  con la revolución peronista que el golpe del ´55 había dejado inconclusa.


Con esas diferencias de fondo y luego del asesinato de Vandor, el 30 de junio de 1969, finalmente el 6 de julio de 1970 José Ignacio Rucci asumió el cargo de Secretario General de la CGT, convirtiéndose de esta manera como uno de los hombres más poderosos del país. Carismático, pasional y de muy buena expresión en público, desde este máximo cargo siempre propició activamente aumentos salariales y mejoras laborales, pero fue más allá al exigir el retorno de Perón y el fin de su proscripción. Sus reclamos siempre tenían un estilo directo, frontal y combativo hacia la dictadura de Alejandro Lanusse (un antiperonista de pura cepa que inclusive se había sublevado en 1951).


Para Rucci el Movimiento Obrero no podía estar al margen de los grandes problemas existentes del país, sólo podía alcanzar la plenitud de sus derechos con la toma del poder, o sea con Perón. Luego de la asunción de Héctor J. Cámpora como presidente, el 25 de mayo de 1973, de su desviacionismo del Nacional-justicialismo, de su apertura hacia las organizaciones guerrilleras marxistas, de las crecientes accionares terroristas de estas organizaciones, y en definitiva de su debilitamiento en el poder hasta terminar renunciando, la campaña pre-electoral de los comicios presidenciales del 23 de septiembre de 1973 fue llevada adelante por los sindicatos, con Rucci a la cabeza. En esta histórica fecha Perón se convirtió en presidente de los argentinos por tercera vez.


El Líder de la CGT fue una pieza clave en el denominado Pacto Social, la médula del plan de gobierno de Perón, lo que implicaba una vuelta al peronismo, al desarrollo industrial y al reparto equitativo de la riqueza. Este Pacto Social le dio a Rucci muchísimo poder porque todos los nombramientos en los puestos clave del Estado requerían de su firma, junto con la del ministro de Economía José Gelbar. Y a medida que Rucci aumentaba su protagonismo político junto a Perón y en contra de Montoneros, fue concentrando toda la bronca e ira.


El martes 25 de septiembre de 1973, siendo las 12.10 horas fue acribillado en la vereda de su domicilio, Avenida Avellaneda 2.953 en el barrio porteño de Flores. Fue a tan sólo dos días del rotundo triunfo electoral del Líder de los Trabajadores. Cuando abrió la puerta de su casa para salir, sus 13 guardaespaldas estaban en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre la avenida. Pero esto no impidió el accionar. Lo más cerca que estuvo Montoneros de hacerse cargo del asesinato de Rucci fue lo publicado en un recuadro titulado “Justicia popular” aparecido en la revista “Evita Montonera”, organo oficial de Montoneros, de junio-julio de 1975. La nota incluyó una lista de “traidores” que habían sido muertos por la “Orga”. Y en esa lista aparecía José Ignacio Rucci “ajusticiado por Montoneros por haber sido culpable de la Masacre de Ezeiza”, tal la sentencia lapidaria que lo condenó.


En total recibió 25 tiros entre tres personas, que le dispararon con FAL, itaka y una pistola 9 milímetros. Fue la denominada Operación Traviata por la muy popular publicidad de las galletitas Traviata, de Bagley, cuyo lema era “la de los veintitrés agujeritos” . El demencial acto terrorista ocurrió cuando precisamente intentó abrir la manija del auto Torino rojo para subir. Su principal asesino fue Julio Iván Roqué, alias ‘Lino’, el N° 6 de la Conducción Nacional de Montoneros y uno de los fundadores de las FAR. Un siniestro personaje que ya había recibido instrucción militar en Cuba, y que luego del atentado había realizado cursos militares en Argelia, el Líbano y Europa del este. Inclusive, el 25 de mayo de 1973 (con la asunción de Cámpora) había sido uno de los tantos presos liberados de la cárcel de Devoto. Roqué finalmente murió en mayo de 1977 en Haedo, luego de tomar una pastilla de cianuro y volarse al estar rodeado por miembros de la Marina (para ese año ya era el N° 1 de Montoneros). El periodista y ex guerrillero Miguel Bonasso afirmó en su libro ‘Diario de un Clandestino’ que fue el propio Mario Firmenich quien le confirmó oficialmente el asesinato de Rucci a manos de esta organización.


La muerte de Rucci fue un apriete al mismísimo General, buscándose con este magnicidio “persuadirlo” para que se los tuviera en cuenta en la conducción del Gobierno y del Movimiento, una lectura más que burda y disparatada. Tal como lo afirma el periodista e investigador Ceferino Reato en su obra ‘Operación Traviata’, muchos de quienes hoy se reivindican como los herederos de Montoneros y de la década del ’70 adoptan un status de superioridad moral en relación al resto de la sociedad. Construyen un relato histórico que acomoda los hechos a su antojo. Cuando se les habla de sus crímenes y de sus aberraciones ya esgrimen los “ideales”, como si esto bastara para justificar sus actos demenciales. Si los ideales no alcanzan entonces hablan de los desaparecidos y torturados por la dictadura (como si esto también alcanzara para dejar de lado sus crímenes). Y si lo anterior no alcanza ya optan por descalificar al que piensa diferente.


Leal a Perón (como ninguno) y fiel a la Doctrina Nacional-justicialista, el asesinato de José Ignacio Rucci marcó un quiebre, un antes y un después no sólo en el peronismo sino en la Argentina de los años ‘70. La respuesta inmediata fue la aparición de la Triple A conducida por José López Rega, con la consecuencia de un creciente espiral de violencia cada vez más incontenible, y que a los ojos de muchos argentinos legitimó el golpe militar de 1976. A pesar del tiempo transcurrido, el crimen de Rucci sigue presente en la memoria colectiva. La pieza clave en el diseño y armado político de Perón, en el pacto entre empresarios y sindicalistas para contener la inflación, para impulsar la industria nacional y volver a un reparto más equitativo entre el Capital y el Trabajo.


El 17 de julio de 1998, en Roma, 160 países decidieron establecer una Corte Penal Internacional permanente para juzgar a individuos responsables de los más graves delitos y crímenes que afectan al mundo entero, el Estatuto de Roma de la Corte Internacional. En su artículo 7°, el Estatuto de Roma aclara que por ataque generalizado o sistemático contra una población civil “se entenderá una línea de conducta que implique la comisión múltiple de actos contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer esos actos o para promover esa política”. A pesar del actual  revanchismo ideológico setentista K, la Argentina ratificó el Estatuto de Roma en el año 2001. ¿Se hará justicia con el asesinato que conmocionó al país? ¿O seguiremos con una memoria olvidadiza, con una verdad mentirosa y con una justicia tuerta?.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



miércoles, 3 de agosto de 2022

12 DE AGOSTO, DÍA DE LA RECONQUISTA DE BUENOS AIRES

 

El 9 de junio de 1806 una escuadra naval inglesa, compuesta por ocho buques y a las órdenes del Almirante Sir Home Popham se aproximaba a la Banda Oriental con el propósito de conquistar la indefensa Buenos Aires: 1.200 hombres de desembarco comandados por el General William Carr Beresford. Ante tamaña situación, el gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro, dio aviso al Virrey Rafael de Sobremonte quien supuso que los barcos por su tamaño no podrían entrar al puerto de Buenos Aires, razón por la cual se apresuró a mandar a Montevideo las pocas fuerzas veteranas que quedaban en la Capital del Virreinato ordenando a su vez el acuartelamiento de las milicias.


El 25 de junio Sobremonte recibió con estupor la noticia de que los ingleses habían desembarcado en Quilmes y se dirigían hacia Buenos Aires. Rápidamente envió una defensa compuesta por cuatrocientos milicianos y cien blandengues mal armados, dispersos por el fuego de las baterías inglesas y por su disciplinada infantería. Despejado el camino, Beresford intimó la rendición y el jefe militar de mayor graduación a cargo de la defensa, Brigadier Hilarión de la Quintana, vio la inutilidad de resistir entregando la Ciudad y el Fuerte. Mientras tanto Sobremonte se había retirado a la ciudad de Córdoba con los caudales del Tesoro Público para desde allí organizar la resistencia (caudales saqueados a la altura de Luján con un total de cuarenta toneladas de pesos plata luego enviados a Londres el 17 de julio en la fragata “Narcissus”).


El 27 de junio las tropas colonialistas inglesas entraron a la Ciudad de Buenos Aires en medio de la consternación generalizada. Flameó por primera vez la bandera inglesa. Como nuevo gobernador Beresford publicó un bando general a la población con la intención de congraciarse prometiendo respeto a la religión católica y a la propiedad privada. Estableció la libertad de comercio para el beneficio de los comerciantes ingleses y de la clase acomodada de Buenos Aires, generándose un fuerte drenaje de divisas. También se auspició la creación de las logias masónicas Hijos de Hiram y Estrella del Sur, con la clara intención de atraer a nativos o residentes extranjeros a la influencia inglesa. Al mismo tiempo solicitó al gobierno inglés el envío de refuerzos militares.


El 7 de julio Beresford exigió el juramento de lealtad hacia su Majestad Británica el Rey Jorge 3° por parte de militares y funcionarios. Concurrió el Clero casi en su totalidad, el Cabildo en pleno como así también el Consulado pero a excepción de Manuel Belgrano (secretario del mismo), quien se exilió marchando hacia la Banda Oriental. La Real Audiencia y el Tribunal de Cuentas rehusaron la jura y sus funcionarios no continuaron en sus cargos.


Pero pronto vendría la reacción de criollos y patriotas. Sobremonte reunía milicias en Córdoba para acudir a libertar Buenos Aires y lo mismo hacía Ruiz Huidobro desde Montevideo, al tiempo que Don Juan Martín de Pueyrredón se destacaba reclutando milicianos en la campaña. Para coordinar estos esfuerzos dispersos se ofreció un oficial francés al servicio del Rey de España en calidad de jefe de una escuadrilla de chalupas cañoneras que defendían las costas de la Banda Oriental: El capitán de navío Don Santiago de Liniers y Bremond, quien pasó a Montevideo y obtuvo del gobernador de la plaza refuerzos, que sumados al contingente reunido por Pueyrredón, llegaban a un total de mil hombres.


Luego de cruzar el Río de la Plata, el 4 de agosto Liniers arribó al Puerto de las Conchas, actual partido de Tigre, para marchar hacia la histórica capital del Virreinato del Río de la Plata. El 10 de agosto acampó en los Corrales de Miserere y desde allí le intimó la rendición a Beresford, dándole tan sólo quince minutos para responder. La negativa de Beresford dio la señal. Liniers se dirigió con sus tropas al Retiro, plaza donde se había fortificado el enemigo. Se combatió todo el día 11, desde las cinco de la mañana y con gran ardor de ambas partes. Finalmente, la ocupación del Retiro facilitó a los patriotas el aprovisionamiento de piezas y repuestos de artillería.


Popham buscó contragolpear desde el río cañoneando las calles de Buenos Aires, valiéndose para ello del navío “Justine”, que aligerado en su peso se acercó a la costa para iniciar el bombardeo. Quiso la bajamar que el navío quedara varado en el lecho del río, razón por la cual -y en un hecho realmente inusitado- la brava acción de la caballería comandada por Pueyrredón, entre los que se destacó en esta increíble acción el joven salteño Martín Miguel de Guemes, capturó la embarcación.


Al anochecer los ingleses se replegaron hacia la Plaza Mayor y el Fuerte. Toda la noche fue empleada por el enemigo en la preparación de la resistencia, fortificando las entradas de la Plaza con emplazamiento de cañones en las bocacalles y tiradores en las azoteas. Mientras tanto, Liniers compensaba con creces las pérdidas sufridas con la incorporación entusiasta de voluntarios, hasta casi duplicar sus fuerzas iniciales.


El 12 de agosto de 1806 Liniers atacó la Plaza por cuatro puntos. La defensa inglesa cedió, lo que generó un repliegue hacia el interior del Fuerte, abriéndose un intenso fuego con los mismos cañones abandonados por el enemigo. Sin más remedio, Beresford izó la bandera de Parlamento, pero Liniers exigió una rendición incondicional. Perdido y ante un pueblo todavía enardecido Beresford finalmente mandó izar la bandera española inclusive antes de escuchar las condiciones de rendición. Los enemigos sobrevivientes depusieron las armas y desfilaron ante nuestras milicias triunfantes. El botín de guerra consistió en treinta y cinco cañones de muralla, veintinueve de campaña, mil setecientos fusiles y las banderas del Regimiento N° 71.


El encuentro entre Liniers y Beresford fue breve. Inmediatamente el general invasor firmó la capitulación ante el Héroe de la épica jornada y evacuó sus naves. Los ingleses sufrieron 417 bajas, mientras que los criollos 180 entre muertos y heridos. Eran las 15.00 horas del histórico Día de la Reconquista. El júbilo de Buenos Aires fue inmenso, como así también su entusiasmo por el jefe que había decidido la victoria. Liniers aparecía ante todos como el caudillo natural, como el conductor providencial y necesario, y en tal sentido fue designado jefe militar en Buenos Aires por un Cabildo Abierto (Cabildo que también cuestionó duramente la inacción del virrey Sobremonte).


Bajo la dirección de Santiago de Liniers, y esperando una nueva ofensiva inglesa, se constituyeron cinco regimientos de criollos y otros tantos de peninsulares: Los Patricios (oriundos de Buenos Aires con Cornelio Saavedra a la cabeza); los Arribeños (provenientes de las provincias de “arriba”, Córdoba, Tucumán, Salta, Catamarca, Charcas, Chuquisaca); los Morenos y Pardos (mestizos); los Naturales (compuesto por indígenas especialmente de Las Pampas) y los Cazadores Correntinos (de la región mesopotámica). Y junto a ellos los peninsulares, los Asturianos y Vizcaínos, los Montañeses, los Andaluces, los Catalanes y los Gallegos.


En la invasión de 1806 las tropas inglesas robaron, violaron, saquearon y asesinaron, lo que generó como lógica consecuencia la furia de los vecinos de Buenos Aires. El furibundo rechazo de un ejército invasor de primera línea como el inglés -con experiencia en diversos campos de batalla-, sentó las bases de un proceso de toma de conciencia de las propias fuerzas.


Si los argentinos pretendemos reconquistar en la actualidad un país independiente –que en los hechos concretos no existe– no podemos dejar de lado la verdad histórica. Y esta verdad histórica tuvo en su origen el Triunfo de todo un Pueblo consciente que rechazó abiertamente a los invasores ingleses, donde se derrotó a la mayor potencia mundial de la época. Claramente un legado a seguir.


Es lo que sentencia con claridad meridiana Néstor Forero en su obra “El saqueo de 1806”: “Recuperar la historia es desandar los senderos del dolor, la mentira y el engaño, pero también recuperar el sendero del amor y del heroísmo. Nuestra historia, es la historia de la sangre. Se cuentan por miles los que han dejado sus huesos en los campos de batalla para que el odio del olvido los cubra y nos arrebate su testimonio de vida y su testimonio de muerte”.


El 12 de Agosto de 1806 es el comienzo y a la vez la continuidad  de una antigua raza emancipadora, raza a la que hubo que debilitar desde el inicio para que no se pueda sostener ni la libertad ni la dignidad. Pero a pesar de ello el patriotismo militante se pone de pie y grita con voz firme hoy más que nunca: ¡Gloria y Honor a los Héroes de la Reconquista de Buenos Aires! ¡Gloria y Honor a Santiago de Liniers!




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


lunes, 4 de julio de 2022

LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA NACIONAL Y SU MANDATO HISTÓRICO


Con un panorama militar externo sumamente grave y con una situación política interna de fractura y descomposición, el 24 de marzo de 1816 comenzó a sesionar el Congreso de Tucumán por disposición del Directorio de Buenos Aires, con el fin de declarar la independencia de la dominación española y de sancionar una constitución para asegurar la organización institucional del nuevo Estado. ¿Por qué en la ciudad de San Miguel de Tucumán? Era una concesión más que necesaria al espíritu anti-porteño reinante a nivel general, al rechazo provincial existente por las políticas centralistas del Directorio de Buenos Aires. Aquel Congreso reunía hombres que figuraban desde los primeros tiempos de la Revolución como Juan José Paso, Martín Miguel de Pueyrredón, Tomás de Anchorena y Pedro Medrano.


Enviaron diputados al Congreso representantes por Tucumán, Potosí, Catamarca, San Juan, Mendoza, Chuquisaca, Santiago del Estero, Córdoba, Salta, La Rioja, San Luis, Charcas, Jujuy y Buenos Aires. Muchos eran clérigos y frailes y el resto abogados, hacendados o comerciantes. No enviaron representantes La Banda Oriental, Misiones, Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes, integrantes de la Liga de los Pueblos Libres organizada y comandada por el Protector José Gervasio Artigas, quien se oponía al Directorio centralista de Buenos Aires. Paraguay había proclamado su independencia en 1811 y vastas regiones del Alto Perú y Chile permanecían en poder de los realistas.


La influencia del General San Martín fue decisiva. El Libertador impregnó a los diputados de un verdadero acto de heroísmo teniendo en cuenta que las armas de la Patria parecían desmoronarse ante los españoles. La batalla de Sipe-Sipe, librada el 29 de octubre de 1815 y a pocos meses de la apertura del Congreso, parecía certificarlo. Esta desastrosa batalla dejó un saldo de 2000 muertos y generó una gran desbandada, lo que finalmente se pudo compensar con la heroica resistencia en el noroeste argentino de las milicias salto-jujeñas del Líder de la Guerra Gaucha Don Martín Miguel de Güemes.


La primera necesidad imperiosa de los diputados era darle poder a una autoridad indiscutible, era designar un Director con respaldo nacional. La desconfianza general por Buenos Aires agitó en el comienzo la candidatura del coronel José Moldes, notorio por su fobia a los porteños y a quien se suponía apoyado por Güemes. Pero esta posibilidad podría traer más divisiones internas a las ya existentes. Una gestión conciliatoria efectuada por el diputado Pedro Castro Barros ante el caudillo salteño obtuvo la concentración de mayor número de sufragios en la persona del coronel Don Martín de Pueyrredón, protagonista desde la época de la Reconquista, quien finalmente fue designado Director Supremo por el Congreso el 3 de mayo de 1816.


El Congreso de Tucumán fue obra pura y exclusiva de representantes del Interior hacia quienes predicaban tanto San Martín como Belgrano. No fue obra de los unitarios liberales de Buenos Aires, siempre sobornados por la geopolítica expansiva de la Corona británica. Con la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América con respecto a la dominación de los reyes de España se daba un status legal a una situación de hecho ya existente y que respondía al anhelo general de los pueblos. Y precisamente, lo que constituye el acto político y jurídico fundacional de nuestra Soberanía Nacional, de nuestra Nación Libre e Independiente es el Acta de la Declaración de la Independencia proclamada en el histórico Congreso de San Miguel de Tucumán el 9 de Julio de 1816. Este acto constitutivo se ratifica el día 19 de Julio con el agregado al Acta de la frase “libre e independiente de toda otra forma de dominación extranjera”, agregado realizado a instancias del diputado sanmartiniano por Buenos Aires Pedro Medrano.


La declaración asumía una enorme importancia moral, decisiva para tonificar los ánimos y prepararlos para el esfuerzo supremo. San Martín la juzgaba indispensable para el éxito de la expedición a Chile, quería cruzar los Andes y vencer como General de una Nación libre. El Congreso continuó sesionando en Tucumán hasta enero de 1817, cuando se trasladó a Buenos Aires, sesionando como órgano legislativo hasta la disolución del Directorio como consecuencia de la batalla de Cepeda producida el 1º de febrero de 1820.


No basta con afirmar formalmente una Independencia. Es indispensable que día a día esa voluntad política se ponga en acto, porque la Soberanía Nacional no es algo que se conquista para siempre o que se proclama en una fecha patria. Sólo existe cuando hay dominio de lo que es propio; cuando se la mantiene contra todo intento de colonialismo foráneo. Y en última instancia –para que se mantenga la supervivencia nacional– se la defiende a través de las armas.


La República Argentina –y desde hace varias décadas– ya no es una Nación ni independiente ni soberana. Casi nada es nuestro porque precisamente fue y es regalado por los entregadores de turno, siendo el Estado hoy por hoy una mera formalidad jurídica. Nuestro país sufre el avasallamiento del sistema plutocrático-capitalista y la partidocracia gobernante de turno es responsable de ello. Un país atado a las Altas Finanzas globalizadoras, a los tiburones de la Usura Internacional con la lógica del endeudamiento permanente y eterno. La fraudulenta e ilegítima Deuda Externa (la mayor estafa al pueblo argentino iniciada durante la última dictadura militar y multiplicada exponencialmente por los sucesivos gobiernos civiles desde 1983 en adelante) es un tema tabú y que ni siquiera se puede cuestionar para los personeros del Sistema.


Tampoco poseemos el control de los resortes estratégicos de nuestra economía. Una moneda propia sin soberanía real. Las grandes corporaciones internacionales como Barrick Gold, Chevron (British Petroleum) que depredan sistemáticamente nuestros recursos naturales. Monsanto haciendo otro tanto con nuestro suelo a través de los agrotóxicos. Diferentes colonialismos de turno nos acechan: Inglaterra, China, EEUU, el Sionismo. A ello se suma un modelo de desregulación de la economía basado en los vaivenes del dólar y la especulación financiera; en la agro-exportación dependiente del mercado internacional; en el derroche y el despilfarro de dinero para clientelismo político; en un sistema impositivo retrógrado y cada vez más asfixiante; en una economía con estructural inflación y sin ningún tipo de respuestas por parte del Estado, del Anti-Estado, con crecimiento alarmante de la pobreza, la indigencia, la pauperización, la desocupación y la precarización laboral.


La Argentina nunca va a tener salida dentro del actual Sistema o Régimen de Dominación Mundial. Debemos tomar conciencia de la realidad de la situación, y a partir de esto llevar adelante modos de acción y esfuerzos para cambiar la triste realidad que se vive. En lo ideológico y político, el Nacionalismo Argentino aspira a hacer realidad un país infinitamente mejor al actual a través del ejercicio efectivo de la Soberanía Política, de la Independencia Económica, del Bien Común y de la defensa de los valores nacionales. Este es el llamado, este es el deber.


El germen del Poder siempre reside en la intimidad del Espíritu de cada uno de nosotros. Entonces, despertar nuestro Espíritu Patrio y unirlo al mandato histórico del 9 de Julio de 1816 es levantar la bandera de la Libertad y de la Independencia contra toda forma de dominación extranjera, es levantar la llama de la argentinidad para que la Argentina vuelva a ser de y para los intereses de los argentinos.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


viernes, 3 de junio de 2022

4 DE JUNIO DE 1943, LA NUEVA ARGENTINA


El pronunciamiento militar del 4 de Junio de 1943 puso fin al gobierno de Ramón Castillo, el último de los presidentes de la denominada ‘Década Infame’. Luego de la efímera presidencia del General Arturo Rawson (quien apenas duró dos días en el poder), le sucedió el General Pedro Pablo Ramírez y posteriormente el General Edelmiro Farrell, quien estuvo al frente del Poder Ejecutivo desde febrero de 1944 y hasta junio de 1946 cuando asumió el electo presidente General Juan Domingo Perón.


Este levantamiento militar fue el único de nuestra historia en donde no estuvieron al tanto las embajadas extranjeras. Al amanecer de ese 4 de junio, unos 8.000 soldados aproximadamente –y al mando del general Rawson– avanzaron desde la guarnición militar de Campo de Mayo hacia la Capital Federal. Al llegar a la Escuela de Mecánica de la Armada la columna fue atacada por fuerzas leales al gobierno pero finalmente se rindieron. De esta manera la suerte de Castillo estaba echada.


A la tarde de aquella histórica jornada los jefes del levantamiento ya estaban instalados en la Casa de Gobierno. Al principio se caracterizaron por tener ideas y posturas ideológicas muy heterogéneas. El efímero presidente Rawson era pro-aliado, siendo abruptamente sustituido por Ramírez quien era nacionalista. Por lo pronto, y en referencia a la guerra, se afirmaba una política de neutralidad. El nuevo gobierno militar fue recibido en menor o mayor grado con aprobación y expectativas, sobre todo teniendo en cuenta lo odioso del Régimen derrocado.


Los militares de la Revolución no tenían la más mínima intención de entregar el Poder a partido político alguno, ni siquiera parcialmente. Aborrecían de los políticos, y esto no era para menos por todo lo que se había vivido durante la Década Infame en cuanto a fraude electoral sistemático, corrupción, entrega y problemáticas sociales que se hacían sentir de una manera más aguda.


El GOU (‘Grupo Obra y Unificación’) como cerrada organización militar secreta desempeñó un papel fundamental y decisivo en el derrocamiento de Castillo, y posteriormente en las maniobras internas que precipitaron las sucesivas salidas de la presidencia de los generales Rawson y Ramírez, posibilitando el ascenso del General Farrell. El GOU fue más que necesario para que la Revolución del 4 de Junio no se desviara como la del 6 de Septiembre de 1930. Se compuso por un reducido grupo de oficiales, coroneles, tenientes coroneles y capitanes todos ellos en servicio activo. Fue el avance de los oficiales jóvenes del Ejército, muchos de ellos provenientes de sectores medios y bajos sin influencia que encontraron un momento histórico oportuno para dar un salto de calidad, ya que en enero de 1943 había fallecido el General conservador y anglófilo Agustín P. Justo, quien había controlado al Ejército por casi dos décadas.


Los integrantes del GOU tenían una clara visión nacionalista, en contra del Comunismo y de la Masonería. Una postura neutralista frente a la Segunda Guerra Mundial y políticamente querían terminar de una vez por todas con la corrupción de los gobiernos conservadores; formar una fuerte conciencia nacional con un contenido social, económico y jurídico claramente distinto al que se venía dando. Si bien simpatizaban con el Eje no tenían incorporada como doctrina la ortodoxia cosmovisional del Nacional-socialismo. Como simpatizantes entendían que un hipotético triunfo del Eje Berlín-Roma-Tokio (luego extendido a otros países) le daría a la Argentina un papel eminente en el escenario continental americano.


A su vez especulaban con la idea de que una derrota norteamericana y británica pondría fin a la histórica expoliación colonialista sufrida por nuestro país. El verdadero cerebro y líder del GOU fue el por entonces Coronel Juan Domingo Perón, quien junto al Coronel Miguel Ángel Montes fue el artífice de la proclama de 1943. En este año, y por primera vez en nuestra historia, la producción industrial va a superar a la tradicional producción agropecuaria. Entre 1942 y 1946 (es decir previo a la llegada de Perón a la presidencia) se habían creado 25.000 establecimientos industriales diversos.


Estos cambios fundamentales habían comenzado de manera paulatina con la industrialización por sustitución de importaciones de la Década Infame, proteccionismo que se aceleró con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que el gobierno de la Revolución estimuló aún más llevando adelante una serie de medidas muy importantes: El fomento y la defensa de la industria; la rebaja y luego el congelamiento de los precios de alquileres; la rebaja de los arrendamientos agrícolas, lo que generó un extraordinario incremento de la industria tambera y granjera en el sur de Santa Fe y norte de Buenos Aires, zonas que antes tenían un sistema de arriendos casi feudales. A su vez se creó el Banco de Crédito Industrial y se promovieron las fabricaciones militares. Otra medida muy importante fue la intervención de la odiada Corporación de Transportes (que en el marco del pacto Roca-Runciman del año ’33 se le daba la concesión y el monopolio del transporte público de la ciudad de Buenos Aires a corporaciones empresariales de origen británico).


Todas estas medidas marcaban una línea de indiscutible sentido nacional, y hacia 1945  la infraestructura industrial ya abarcaba a casi todos los rubros livianos, con el ánimo de incursionar en sectores de la industria pesada. Pero sin lugar a dudas, la obra más trascendental del gobierno revolucionario estuvo en una serie de medidas adoptadas bajo la directa conducción del por entonces Coronel Perón en el orden social.


El antiguo Departamento Nacional de Trabajo se convirtió desde noviembre de 1943 en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, alentándose una mejor redistribución de la riqueza nacional como así también un mejoramiento sustancial en las relaciones entre el Capital y el Trabajo. Se extendió el régimen jubilatorio; se crearon los tribunales de Trabajo para poder regular el enfrentamiento tradicional entre patrones y obreros en el orden judicial. Hubo un reconocimiento definitivo al movimiento sindical y hacia 1945 el movimiento obrero ya era netamente peronista. Se estableció el pago de vacaciones y de aguinaldo; hubo una sistemática política de aumento de salarios; se estableció la previsión por accidentes de trabajo como así también la elaboración de convenios colectivos a favor de los trabajadores.


El famoso ‘estatuto del Peón’ dictado por Perón fue lo que más enfureció a la oligarquía conservadora de aquel entonces, ya que estipulaba derechos y obligaciones para el patrón y para el peón. De ahora en más existía un poder superior a la patronal y en defensa de los tradicionalmente postergados del campo. Hacia principios de 1945 ya no había dudas del proceso popular que se estaba gestando. Luego de casi dos años de creada la Secretaría de Trabajo y Previsión Social se había conseguido que los obreros fueran el más firme apoyo del Coronel Perón.


La Revolución del 4 de Junio de 1943 marcó una nueva etapa en el país. No fue una mera asonada militar destinada a cambiar hombres o partidos. Fue un proceso transformador, apuntó a un claro resurgimiento nacional como así también a una idea moral y humanista. El GOU (o sea, el mismísimo Perón) hizo que se cumpliera el programa de la Revolución imponiendo una norma de conducta con un contenido económico, social y jurídico totalmente innovador. Una Nueva Argentina, gestada de manera inadvertida desde noviembre de 1943 con la inauguración de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, organismo que tantos y amplios beneficios dio al pueblo argentino. Una Nueva Argentina que sin lugar a dudas tuvo su mayor expresión en la gesta popular del 17 de Octubre de 1945, el despertar de la conciencia colectiva del pueblo trabajador.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...