jueves, 17 de marzo de 2022

JUAN MANUEL DE ROSAS EN LA POESÍA

 

A Don Juan Manuel 


Si se alzara de la tumba,
¿a cuántos escarmentaría?
El país que hoy se derrumba
con un Rosas vencería.

Juan Manuel:
que se levante en tu tierra
un argentino capaz de tus hechos.
Que se plante con denuedo
frente al orgullo extranjero.

Que cierre logias
que ponga bozal y freno.
Que prefiera una pobreza
noblemente aceptada,
a la riqueza innoble de la entrega
que tenga para custodiarnos
a los colorados del monte y a los mazorqueros.

Juan Manuel:
prometemos combatir 
por esta tierra tuya y nuestra,
pidiéndole al Dios de los ejércitos 
la gracia de la fortaleza.

Juan Manuel:
no habrá mueras esta noche, 
pero estarán tus vivas
los vivas de tu época, 
que son también los nuestros
y los vivas nuestros,
que quieren ser los tuyos

¡Viva Don Juan Manuel de Rosas!
¡Viva la Santa Federación!
¡Viva la Patria!

 

Castagnino Leonardo, J.M.de Rosas. La ley y el orden
La Gazeta Federal: www.lagazeta.com.ar 


El pequeño Juan Manuel


Aquella patria antigua de ibérica prestancia,

con su roldana de agua o su barril de mosto,

con el fuego en las calles, aquel doce de agosto,

probó que conservaba su evangélica infancia.

Era la patria henchida de imperial gravidez,

los hijos bien nacidos de las flechas y el yugo,

el fruto de Castilla, su lagar, su mendrugo,

retoños de heroísmo florecido en niñez.


Pequeños de veían prestando algún servicio,

tal vez como artilleros, con los bravos Miñones,

acarreando en sus ponchos las balas de cañones,

dispuestos como adultos al final sacrificio.


Cartuchos de fusiles o piezas de metralla,

tinajas para el agua, para la sangre vendas.

Todo lo tributaron en alegres ofrendas,

sus voces y sus risas fueron casco y muralla.


En las tropas menudas como espuelas de fletes

se destaca un chiquillo de acciones valerosas.

Lo llaman por su nombre, es Juan Manuel de Rosas,

carga un viejo mortero para los Migueletes.


En el hogar paterno vio las primeras lanzas,

tercerolas y sables le suenan familiares,

hay épicas memorias que recorren sus lares

de antepasadas huellas o bravías andanzas.


Ahora pesa este hierro para sus trece años,

esta boca de fuego, maciza portañola.

Ahora estrena su raza criolla y española

que no admite invasores ni extranjeros engaños.


Tiene porte de mando, siendo apenas muchacho,

en su mirada rubia hay azules añejos,

oye como repiques que le llegan de lejos,

de San Miguel del Monte, Tonelero o Quebracho.


Liniers cantó el elogio de su conducta recia,

diciéndole a sus padres, con fundado prestigio:

Su bravura fue digna de la causa en litigio

(Nadie dirá lo mimo sobre Ernesto Celesia)


Cuentan que usó ese día chaleco colorado,

que inauguró divisa: soberanía o muerte.

Una cosa es segura, les advirtió su suerte.

Mañana tendrá lista la Vuelta de Obligado.


Poemas para la Reconquista - Antonio Caponnetto.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.




miércoles, 2 de febrero de 2022

CASEROS, LA MAYOR TRAGEDIA POLÍTICA ARGENTINA


Cuando el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas había alcanzado el mayor de los prestigios, la mayor de las glorias –después de sus memorables triunfos contra la agresión colonialista anglo-francesa– comenzó a gestarse la coalición que finalmente habría de derrocarlo. Su caída política, producida el día 3 de febrero de 1852 en la batalla de Caseros, no debe interpretarse como una mera disputa interna por el poder. 


Su derrocamiento se orquestó a través de una coalición internacional encabezada por la diplomacia británica (conjuntamente con la Masonería Internacional), el Imperio del Brasil y el instrumento para esta acción, el General Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de la provincia de Entre Ríos. Tanto la política exterior imperial brasileña como la británica coincidían en los intereses expansivos económicos y geopolíticos, y no descansaban en su intento de querer imponer la libre navegación de nuestros ríos como así también el sistema de libre cambio.


Ambas cancillerías utilizaron la astucia en el sentido de ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Y la presa más codiciada fue el general Urquiza, que además de ser el gobernador entrerriano estaba a cargo del ejército más poderoso del que disponía la Confederación. Timorato y falto de carácter, los unitarios le hicieron creer que la mayor de las glorias para la “civilización y el progreso” era derrocar a la primera magistratura nacional.


La ambición personal de Urquiza de aliarse con los brasileños se debió a que Rosas había adoptado poner fin al espurio comercio que tanto había enriquecido al entrerriano. Urquiza traficaba con oro, transgrediendo la Ley Nacional de Aduanas y menoscabando de esta manera el Bien Común de los argentinos. Claro que encubrió sus verdaderas motivaciones alegando que se pronunciaba en contra del Restaurador para dar al país una constitución y para terminar con la “tiranía”.


De esta manera los acontecimientos se van a precipitar. En mayo de 1851 se firmó la alianza ofensiva/defensiva entre el Imperio del Brasil, el ilegítimo gobierno uruguayo de Rivera (quien había derrocado a su presidente legítimo Manuel Oribe) y la gobernación de Entre Ríos. La excusa de esta alianza fue querer pacificar al Estado oriental. Ninguno de los gobiernos provinciales respondió al llamado salvo Corrientes, provincia satélite de Urquiza. La actitud del gobernador entrerriano provocó en el país una gran ola de escándalo e indignación, acusándoselo lisa y llanamente de traidor. El 18 de agosto de 1851 la Confederación Argentina le declaró formalmente la guerra al Imperio del Brasil. El 21 de noviembre de ese mismo año se firmó en Montevideo la alianza entre el Brasil, Entre Ríos, Corrientes como agregada, y el Estado oriental para llevar adelante esta cruzada en nombre de la “libertad”.


Urquiza concentró sus fuerzas en Gualeguaychú. Con la incorporación de sus ambiciosos aliados reunió en total 24.000 hombres, que en su vanidad lo denominó ‘Ejército Grande’, comenzando de esta manera el cruce del río Paraná. Tanto la caballada como el material bélico fueron transportados en navíos brasileños. Casi sin obstáculos prosiguió su marcha. El 31 de enero de 1852 el General Ángel Pacheco hizo retirar de manera inexplicable a sus 5.000 hombres –la columna vanguardia de la defensa – en lo que se conoció como Puente de Márquez, oeste de la provincia de Buenos Aires. Para algunos historiadores en realidad Pacheco ya se había entendido de manera secreta con Urquiza.


La famosa batalla de Caseros –oeste del Gran Buenos Aires– se inició por la mañana del día 3 de febrero. La Defensa Nacional contó con 22.000 soldados más 60 cañones, aunque con muy poca munición. Fue un combate realmente encarnizado que se libró por espacio de dos horas, constituyendo los brasileños el verdadero y disciplinado ejército enemigo. Urquiza no ganó en Caseros, fue un simple conductor de las pocas tropas de caballería argentina que lo acompañaron en la deslealtad y en la traición. El verdadero vencedor en el campo de batalla fue el brigadier brasilero Marques de Souza. En Brasil se considera a Caseros como un triunfo propio, una suerte de desquite por la batalla de Ituzaingó librada el 20 de febrero de 1827.      


Rosas, que había presenciado la batalla a una cierta distancia, no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Y seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad. Herido en su mano derecha y en las inmediaciones de la actual Plaza Constitución redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes. Luego se dirigió al corazón de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia del inglés Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país, para luego partir definitivamente hacia Inglaterra.


Lo suyo no fue un “exilio” como vulgarmente se sostiene. Fue una prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente. Esta fue la estrategia inglesa conocida como deshacerse del enemigo permitiéndole escapar, estrategia que utilizaron en diferentes teatros de guerra. Vale decir, luego de ser derrotado en Caseros, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Lo suyo fue un destino obligado. Los ingleses lo “recibieron” para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país. Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito. Y si el Restaurador hubiera ido a otro país se podía dar el caso hipotético de que regresara a la Confederación para retomar el poder.


La consecuencia más importante de la caída política de Rosas fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista financiero en expansión. Vamos a dejar de ser una Nación Libre para convertirnos en una colonia extranjera. El libre cambio y la libre navegación de nuestros ríos serán dogmas indiscutibles. A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país. En nombre de la libertad de comercio se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado desde 1835 en adelante. Brasil sacó su enorme tajada al obtener las Misiones orientales, la libre navegación de nuestros ríos, la independencia del Paraguay (que Rosas sistemáticamente nunca reconoció por considerarla parte integrante del Virreinato), y la hegemonía sobre Uruguay y Argentina.


Se llevó adelante también una sistemática matanza de nativos, prevaleciendo lo que se daba a conocer como ‘inutilidad del criollo’. Era ni más ni menos que el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con la soberanía de lo propio, de lo autónomo. En definitiva, la característica esencial de lo que vulgarmente se conoció como “período de la Organización Nacional”, que de nacional no tuvo nada y en donde evidentemente nos organizarían pero con una mentalidad de colonia. Y todo ello en nombre de una civilización pero entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino y criollo. De la misma manera se empezó a considerar de tiránico al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose también a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en verdad constituyeron verdaderas oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación.


La batalla de Caseros fue la mayor calamidad política de nuestra historia. Sin lugar a dudas se frustraba el Destino Nacional. La Confederación Argentina respetada, fuerte y con su difícil unidad política lograda (cuyo ejemplo más patente fue la resistencia al colonialismo extranjero) pasaba a ser un recuerdo melancólico. Comenzó a inventarse otro país conforme a los parámetros de la Masonería y del capitalismo financiero internacional. Una anti-Argentina, de espaldas a la Argentina real. Un anti-Estado, como el actual que tenemos, que asegura el gobierno de los peores y la sumisión a la plutocracia capitalista.


Sin Soberanía Política ningún gobierno puede tomar decisiones plenas ni administrar justicia en base al Bien Común. La clave siempre estará en disponer de total libertad de acción. No estar manipulado por sectores concentrados de la economía o por cualquier forma de dominación extranjera (ya sea la dominación de tipo ideológica-cultural, militar, política o económica/financiera). Debemos volver a ser una Nación Grande, una Nación Fuerte e Independiente como en los tiempos de Don Juan Manuel de Rosas. Y que los cipayos y delincuentes que gobiernan hoy en día a la Argentina (que son del mismo linaje a los de Caseros) paguen por todo el daño hecho.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 1 de enero de 2022

ROSAS Y SU DESTINO FINAL EN INGLATERRA, ¿CONTRADICCIÓN?

 

La batalla de Caseros -3 de febrero de 1852- marcó un antes y un después en el destino nacional. La consecuencia más importante fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial plutocrático-capitalista en expansión, con la Banca Rothschild y el colonialismo británico a la cabeza.

 

Ante el triunfo de la coalición internacional anglo-brasileña-masónica-unitaria, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad.


Herido en su mano derecha redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes en las inmediaciones de la actual Plaza Garay (barrio de Constitución). Luego se dirigió al corazón mismo de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia de Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país. El momento no podía ser más dramático. Rosas quería quedarse en la legación pero Gore le advirtió que la ciudad se hallaba en plena efervescencia y que su vida corría peligro.


A la noche, luego de haberlo convencido de la absoluta necesidad de embarcarse, Gore acompañó a Rosas a la ribera del río hasta el bote que lo conduciría hacia la fragata de guerra Centaur, nave capitana de la escuadra inglesa cuya tripulación rindió honores al Jefe de la Confederación Argentina. Emprendería el viaje de su forzado destierro junto a sus hijos y su copioso archivo. Los innumerables legajos que apresuradamente fueron encajonados los distribuyó entre sus familiares y amigos íntimos.


Estuvo seis días en la fragata inglesa frente a Buenos Aires. Además de su hija Manuelita también lo acompañaban su hijo adoptivo Juan junto a su familia. El 23 de abril desembarcaron en el puerto de Devonport en Inglaterra, hoy barrio de Plymouth. Llevaba únicamente setecientas cuarenta y cinco onzas de oro, doscientos pesos fuertes y veintidós reales. Las autoridades inglesas lo saludaron con una salva de cañonazos al llegar al puerto siendo recibido con expresivas demostraciones de consideración.


En “Vida del prócer argentino brigadier Don Juan Manuel de Rosas” el historiador Anibal Rottjer sentencia: “El conquistador del desierto, el salvador de la Patria contra el extranjero, el que acabó con la anarquía y realizó la unión nacional preparando su definitiva organización, el que ha vivido una existencia sin placeres porque la dedicó a la Patria se aleja para siempre de ella, de su Buenos Aires que tanto amó; el vencedor de Francia y de Inglaterra, el hombre más amado de los argentinos de su tiempo”.  


¿Existe contradicción en la partida de Rosas hacia Inglaterra? ¿Se podría aceptar un “exilio” de Hitler en Moscú luego de haber combatido tan abiertamente al Comunismo soviético durante la Segunda Guerra Mundial? Lo que parece ser una contradicción no lo es en lo más mínimo.


Lo de Rosas no fue un “exilio voluntario” como vulgarmente se sostiene. Fue un calvario de miseria y olvido, más específicamente fue una ruta obligada, una suerte de prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente para trabajar la tierra con sus propias manos.


Vale decir, luego de ser derrotado, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado por la espalda como se hizo con el coronel Martiniano Chilavert,  o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Por eso fue un destino obligado.


La táctica militar conocida como ‘deshacerse del enemigo permitiéndole escapar’ (filosofía de Sun Tzu), fue muchas veces utilizada por la Corona Británica en diferentes teatros de guerra en Europa, táctica que también se aplicaría en América. Por ende, los ingleses “recibieron” a Rosas para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país.


Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito siempre inconveniente y amenazante; y si el Restaurador hubiese ido a otro país se podía dar el caso hipotético -y patético para los ingleses- de que regresara a la Confederación para retomar el poder. Nada mejor entonces que tenerlo controlado en el propio Imperio e impedir así cualquier intento de regreso a la ya cercenada Confederación Argentina.


El respeto y la admiración que le tenían era tan grande que hasta el mismísimo Primer Ministro Lord Palmerston lo visitó en su granja y le ofreció una pensión mensual, que Rosas rechazó con dignidad.


Es que los mismos ingleses habían experimentado amargamente como su popularidad se había convertido en algo verdaderamente inmenso. Es lo que señaló con certeza, reconocimiento y autocrítica el general uruguayo anti-rosista César Díaz en sus Memorias: “Tengo una profunda convicción, forzada en los hechos que he presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás”.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


01/01/2022






miércoles, 8 de diciembre de 2021

ROSAS Y LAS ISLAS MALVINAS


La historiografía liberal masónica le achaca a Juan Manuel de Rosas haber querido “entregar” las Islas Malvinas a los ingleses. Así de contundente. Pero más que explicar un argumento (ya ni siquiera un sólido argumento) lo que se hace es difamar la figura del Restaurador de las Leyes producto del odio y del fanatismo que genera una ceguera ideológica. Y como estamos acostumbrados a que todo se saque de contexto, conviene aclarar este tema puntual de supuesta entrega rosista del archipiélago malvinero.


Como bien se sabe, la alevosa prepotencia colonialista británica se puso de manifiesto cuando el día 2 de enero de 1833, bajo el gobierno de Manuel Balcarce, llegó a las Malvinas la corbeta de guerra Clío. De manera insolente, su capitán Onslow intimó a las autoridades argentinas para que abandonaran las islas.


El día 3 bajó a tierra, arrió la bandera argentina e izó la inglesa. Como consecuencia, el gobierno argentino protestó inmediatamente ante el secretario a cargo de la legación británica, Felipe G. Gore, quien dijo “carecer” de instrucciones para contestar.


Frente a tamaño insulto al Pabellón Nacional se va a insistir en el reclamo el día 23 de enero de 1833. A su vez, Balcarce va a enviar una circular a todas las provincias esclareciendo sobre esa política expansionista inglesa.


El 17 de junio de ese mismo año Manuel Moreno (como ministro plenipotenciario del gobierno argentino) va a reclamar ante el atropello perpetrado directamente en Inglaterra y nada más ni nada menos que ante Lord Palmerston (Primer Ministro del Reino Unido).


Juan Manuel de Rosas, ya como Primera Magistratura Nacional desde 1835, siempre defendió en sus mensajes a la Legislatura los derechos argentinos sobre el archipiélago malvinero, formulando periódicamente explícitos reclamos a Gran Bretaña por la usurpación.


Mientras tanto, Sarmiento desde Chile se mofaba ante el Restaurador por tales reclamaciones, opinando abiertamente sobre la cuestión y dando a entender que el “estacionamiento” (frase del sanjuanino) de Inglaterra en las Malvinas era (más allá de la invasión) algo “útil” a la humanidad y al “comercio”.


Teniendo en cuenta la pesada deuda externa que recaía sobre nuestro país desde 1824 en adelante con la banca usurera inglesa Baring Brothers, los ingleses acudieron alocadamente a Rosas para poder cobrarla. Deuda en definitiva que quedó como “legado para la posteridad” gracias al “reformador” Bernardino Rivadavia.


Como dato significativo la garantía de cobro por dicha deuda era nada más ni nada menos que la tierra pública fiscal. En este sentido la Corona británica le va a insinuar a Rosas (según el historiador revisionista Adolfo Saldías) la entrega de las Islas Malvinas como forma de pago.


Atendiendo a la verdad histórica hay que señalar que Rosas estuvo de acuerdo con ello, pero con el siguiente gran detalle que se le escapa a los prejuiciosos historiadores liberales: Por nota oficial del 17 de febrero de 1843 la Confederación Argentina exigía que el gobierno inglés reconozca primero los derechos argentinos en las Islas Malvinas, para así el gobierno argentino seguir avanzando en la “propuesta” inglesa.


Y por nota del 20 de marzo de 1844 Rosas va a insistir con su propuesta de ofrecimiento de las Malvinas, haciendo significar siempre a Inglaterra sobre los derechos legítimos que asistían a nuestro país en todo el archipiélago malvinero.


Del lado argentino era la forma más eficaz para cubrir la agobiante deuda externa. Y aquí se impone la gran pregunta (que va a dejar en evidencia la astucia de Rosas): ¿Podría el gobierno inglés reconocer una usurpación realizada por ellos mismos? Tratándose de un país con tradición colonialista queda más que claro que no. De hecho, toda la “jurisprudencia” asentada por los ingleses y en referencia a sus potenciales enemigos en Europa se caería como un castillo de naipes.


Tal como lo señala Aníbal Röttjer en su obra “Rosas prócer argentino” después del gobierno de Juan Manuel de Rosas ni Urquiza, ni Derqui, ni Sarmiento, ni Mitre, ni Avellaneda se ocuparon del asunto. Recién en 1884, al protestar los ingleses porque en los mapas argentinos aparecían las Islas Malvinas como integrantes del territorio nacional, el presidente Julio Argentino Roca pidió antecedentes de la cuestión.


El legajo del archivo, caratulado de puño y letra de Rosas, fue presentado al presidente por el historiador Adolfo Saldías que lo tenía en su poder. Así pudo informarse Roca para reiniciar las protestas oficiales, protestas que periódicamente eleva la Argentina ante Inglaterra, interrumpidas desde la caída política de Rosas.

 



Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 4 de diciembre de 2021

ROSAS Y LA TIRANÍA


El 16 de febrero de 1835 fue asesinado en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, el principal caudillo federal del noroeste argentino, Facundo Quiroga, lo que constituyó un verdadero crimen de Lesa Patria. El historiador revisionista Ernesto Palacio señala en Historia de la Argentina: “La muerte de Quiroga provocó una gran conmoción en todo el país. En el primer momento se la consideró como el comienzo de un plan unitario para eliminar a los hombres prominentes de la Federación. En Buenos Aires, Maza presentó su renuncia. Los federales doctrinarios, que hasta entonces se resistían a aceptar los puntos de vista de Rosas sobre la necesidad de un gobierno fuerte, comprendían al cabo que no le faltaba razón”.


Y ante la gravedad de los hechos sucedidos -en el marco de la guerra civil entre unitarios y federales-, el 13 de abril de 1835 Juan Manuel de Rosas asumió la Primera Magistratura Nacional con la Suma del Poder Público. Un gobierno decididamente fuerte y sin ningún tipo de dubitaciones ante la difícil hora que se vivía. Vale decir, si Rosas hubiera ejercido el gobierno con debilidad en esta terrible época que le tocó gobernar, las conspiraciones y los motines se hubieran sucedido a diario. Por consiguiente se hizo más que necesaria establecer una vigilancia extrema para contrarrestar la sorda y criminal campaña unitaria. La Sociedad Popular Restauradora, también conocida con el nombre de Mazorca, surgió hacia mediados de 1834 y fue el cuerpo de orden público elegido por el Restaurador que trabajó en estrecha colaboración con las autoridades policiales.


Como entidad amante del orden y de respeto hacia las autoridades gubernamentales se dio a la tarea de combatir el accionar conspirativo y siempre activo. La Mazorca no fue una banda de asesinos o cosa que se le asemeje al servicio del Restaurador como falsamente se lo quiere dar a entender. Fue la consecuencia de un momento sumamente difícil por las constantes agresiones externas que sufría la Patria y por la conspiración unitaria.


Lógicamente que hubo desbordes de pasiones, pero en 17 años de gobierno rosista no se ejecutó ni se estableció la pena capital a tantas personas como sí ocurrió en tan sólo tres días de ocupación y saqueo por parte de las tropas “libertadoras” del General Justo José de Urquiza al entrar en Buenos Aires luego de producida la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852). La Sociedad Popular Restauradora siempre estuvo dirigida por la aristocracia, léase el patriciado argentino. ¿Por qué el patriciado? Porque el Federalismo Argentino siempre fue la expresión genuina de la estirpe y de la tierra, al contrario de la facción unitaria que siempre constituyó una oligarquía mercantil siempre funcional a los intereses de la Corona Británica. 


Que Rosas haya encarnado una tiranía o un régimen sangriento es falso. Bastaría para demostrarlo un simple análisis de estadísticas demográficas de la época. Por ejemplo, de 1835 a 1852 los nacimientos superaron en no menos de un 30% a las defunciones. Yendo a un plano conceptual, la tiranía existe cuando en tiempos de paz y de orden surge inesperadamente un hombre que desgobierna, que viola las leyes, que dispone de los bienes y de las personas como cosa propia y a su arbitrio. 


Los fusilados por Rosas siempre fueron rebeldes y conspiradores que una y otra vez se levantaron contra la autoridad legítima. En tal sentido siempre se aplicaron las leyes españolas (todavía vigentes), tales como ‘Las Partidas’ y la ‘Novísima Recopilación’. El punto álgido de la Historia Oficial para sistematizar el concepto de “tiranía” se apoya en los dos grandes “meses de terror rosista”, una suerte de asesinatos colectivos supuestamente dispuestos por el Restaurador. El primero de los “meses de terror” se sitúa en octubre de 1840. ¿Qué ocurrió realmente en este mes y año? El momento era dramático: Apenas se supo en Buenos Aires del avance del ejército del General Juan Lavalle para derrocar a Rosas -con apoyo de la escuadra naval francesa y de los unitarios- se produjo una psicosis colectiva entre los federales, temerosos de perder la vida en caso de triunfar los invasores. El país vivía dos años y medio de bloqueo francés como así también diferentes focos de conflictos e insurrecciones, como el levantamiento de los estancieros del sur y la inestabilidad política en la Mesopotamia.


La ofensiva del General Lavalle en Entre Ríos, el embarque de los rebeldes  “libertadores” en la escuadra extranjera, su inminente invasión a Buenos Aires y la amenaza de ataque del almirantazgo francés en combinación con el ejército lavallista habían contribuido a colmar la tensión nerviosa de los habitantes de la ciudad. Durante el mes de octubre de 1840, al producirse la estrepitosa retirada de Lavalle, federales fanáticos empezaron la cacería y asesinaron a veinte personas. Son crímenes espontáneos y colectivos en los cuales nada tiene que ver la Sociedad Popular Restauradora. Es el populacho exaltado y el malevaje.


Uno de los máximos detractores de Rosas, José Rivera Indarte, reconoce en sus “Tablas de Sangre” que en tal “terror” sólo hubo veinte asesinatos. Rosas, ausente de la ciudad de Buenos Aires por encontrarse en Santo Lugares para defender a la Nación del ataque de Lavalle, nunca incitó esos crímenes. Fueron venganzas personales ajenas a la política y producto del populacho, efecto de una locura colectiva y de una convulsión general vivida. Rosas, una vez firmada la paz con Francia el 29 de octubre de 1840, estableció el 31 del mismo mes desde Morón el siguiente decreto: “Se castigará con severas penas a cualquier individuo que atacase la persona o propiedad de argentino o extranjero sin expresa orden escrita de autoridad competente. El robo y las heridas, aunque fuesen leves, serán castigados con la pena de muerte”.


El otro “mes de terror” se produjo en abril de 1842, siendo la situación parecida: Rosas se encontraba ausente de la ciudad ya que preparaba su ejército para oponerse al General Paz (como antes lo había hecho con Lavalle). Benito Hortelano, periodista, editor y escritor español, presente en Buenos Aires para esa época, escribió en sus Memorias que los asesinatos de octubre de 1840 y de abril de 1842 llegarían tal vez a ochenta. Todavía seguía existiendo en la ciudad una psicosis colectiva, un real cansancio y desesperación por las guerras que parecían inacabables. Se creyó que el tratado de paz con Francia, que la muerte de Lavalle y demás cabecillas unitarios traerían la paz tan anhelada, cosa que finalmente no ocurrió, y por tal motivo la tensión fue en aumento estallando nuevamente.


Los desmanes, degüellos y asesinatos del lado federal estuvieron una vez más a la orden del día. Pero al tomar conocimiento de tales hechos, Rosas envió a su edecán el 19 de abril de 1842 una terminante orden para la jefatura de Policía, para el coronel Ciríaco Cuitiño, comandante del escuadrón de Vigilantes de Policía, y para el mayor Nicolás Mariño, vicepresidente del Cuerpo de Serenos. La orden manifestaba “el más serio y profundo desagrado por la bárbara y feroz licencia”, ordenando “se patrulle la ciudad y los suburbios tanto de noche como de día”, debiendo “mandar a la cárcel pública, con grillos, a los asesinos o sospechosos que se encuentren”.


A la Sociedad Popular Restauradora le cupo la misión de reprimir estos desórdenes populares. La publicación Archivo Americano, en su número 6 del 31 de agosto de 1843 salió a la defensa de la verdad histórica contra las calumnias de los unitarios afirmando: “Este fue el papel honroso que desempeñaron (los mazorqueros) en los meses de octubre (de 1840) y de abril (de 1842), cuyos desórdenes le han sido imputados (…). Las familias más expuestas al odio público solicitan con confianza el auxilio y amparo de esta sociedad a quien la prensa de Montevideo ha dado por escarnio el nombre de Mazorca, mientras muchos unitarios le deben la vida (…). La Sociedad Popular no es otra cosa que una reunión de ciudadanos federales, vecinos y propietarios, amantes de la libertad, del honor y de la dignidad de la patria”.             

La Historia Oficial -de cuño liberal-masónica- siempre nos ha enseñado que los caudillos federales del siglo XIX fueron ignorantes y bárbaros, cuando no los principales responsables (o los únicos) de la violencia política en nuestro país. Rosas no representó ninguna tiranía como burdamente se sostiene. Si bien concentró el poder de manera total y omnipresente –producto del terrible momento que vivía el país– encarnó un gobierno de raigambre popular. Y previo a la toma del poder con las facultades extraordinarias (otorgadas legalmente por la Legislatura porteña) al Restaurador lo plebiscitaron con el voto del pueblo de Buenos Aires. Cuando el desorden, el terror y el asesinato unitario estaban a la orden del día ¿podía un gobernante de bien permanecer indiferente y no aplicar todas las medidas de rigor al alcance de la mano y según las disposiciones legales? Claramente no. 




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...