miércoles, 2 de febrero de 2022

CASEROS, LA MAYOR TRAGEDIA POLÍTICA ARGENTINA


Cuando el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas había alcanzado el mayor de los prestigios, la mayor de las glorias –después de sus memorables triunfos contra la agresión colonialista anglo-francesa– comenzó a gestarse la coalición que finalmente habría de derrocarlo. Su caída política, producida el día 3 de febrero de 1852 en la batalla de Caseros, no debe interpretarse como una mera disputa interna por el poder. 


Su derrocamiento se orquestó a través de una coalición internacional encabezada por la diplomacia británica (conjuntamente con la Masonería Internacional), el Imperio del Brasil y el instrumento para esta acción, el General Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de la provincia de Entre Ríos. Tanto la política exterior imperial brasileña como la británica coincidían en los intereses expansivos económicos y geopolíticos, y no descansaban en su intento de querer imponer la libre navegación de nuestros ríos como así también el sistema de libre cambio.


Ambas cancillerías utilizaron la astucia en el sentido de ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Y la presa más codiciada fue el general Urquiza, que además de ser el gobernador entrerriano estaba a cargo del ejército más poderoso del que disponía la Confederación. Timorato y falto de carácter, los unitarios le hicieron creer que la mayor de las glorias para la “civilización y el progreso” era derrocar a la primera magistratura nacional.


La ambición personal de Urquiza de aliarse con los brasileños se debió a que Rosas había adoptado poner fin al espurio comercio que tanto había enriquecido al entrerriano. Urquiza traficaba con oro, transgrediendo la Ley Nacional de Aduanas y menoscabando de esta manera el Bien Común de los argentinos. Claro que encubrió sus verdaderas motivaciones alegando que se pronunciaba en contra del Restaurador para dar al país una constitución y para terminar con la “tiranía”.


De esta manera los acontecimientos se van a precipitar. En mayo de 1851 se firmó la alianza ofensiva/defensiva entre el Imperio del Brasil, el ilegítimo gobierno uruguayo de Rivera (quien había derrocado a su presidente legítimo Manuel Oribe) y la gobernación de Entre Ríos. La excusa de esta alianza fue querer pacificar al Estado oriental. Ninguno de los gobiernos provinciales respondió al llamado salvo Corrientes, provincia satélite de Urquiza. La actitud del gobernador entrerriano provocó en el país una gran ola de escándalo e indignación, acusándoselo lisa y llanamente de traidor. El 18 de agosto de 1851 la Confederación Argentina le declaró formalmente la guerra al Imperio del Brasil. El 21 de noviembre de ese mismo año se firmó en Montevideo la alianza entre el Brasil, Entre Ríos, Corrientes como agregada, y el Estado oriental para llevar adelante esta cruzada en nombre de la “libertad”.


Urquiza concentró sus fuerzas en Gualeguaychú. Con la incorporación de sus ambiciosos aliados reunió en total 24.000 hombres, que en su vanidad lo denominó ‘Ejército Grande’, comenzando de esta manera el cruce del río Paraná. Tanto la caballada como el material bélico fueron transportados en navíos brasileños. Casi sin obstáculos prosiguió su marcha. El 31 de enero de 1852 el General Ángel Pacheco hizo retirar de manera inexplicable a sus 5.000 hombres –la columna vanguardia de la defensa – en lo que se conoció como Puente de Márquez, oeste de la provincia de Buenos Aires. Para algunos historiadores en realidad Pacheco ya se había entendido de manera secreta con Urquiza.


La famosa batalla de Caseros –oeste del Gran Buenos Aires– se inició por la mañana del día 3 de febrero. La Defensa Nacional contó con 22.000 soldados más 60 cañones, aunque con muy poca munición. Fue un combate realmente encarnizado que se libró por espacio de dos horas, constituyendo los brasileños el verdadero y disciplinado ejército enemigo. Urquiza no ganó en Caseros, fue un simple conductor de las pocas tropas de caballería argentina que lo acompañaron en la deslealtad y en la traición. El verdadero vencedor en el campo de batalla fue el brigadier brasilero Marques de Souza. En Brasil se considera a Caseros como un triunfo propio, una suerte de desquite por la batalla de Ituzaingó librada el 20 de febrero de 1827.      


Rosas, que había presenciado la batalla a una cierta distancia, no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Y seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad. Herido en su mano derecha y en las inmediaciones de la actual Plaza Constitución redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes. Luego se dirigió al corazón de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia del inglés Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país, para luego partir definitivamente hacia Inglaterra.


Lo suyo no fue un “exilio” como vulgarmente se sostiene. Fue una prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente. Esta fue la estrategia inglesa conocida como deshacerse del enemigo permitiéndole escapar, estrategia que utilizaron en diferentes teatros de guerra. Vale decir, luego de ser derrotado en Caseros, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Lo suyo fue un destino obligado. Los ingleses lo “recibieron” para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país. Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito. Y si el Restaurador hubiera ido a otro país se podía dar el caso hipotético de que regresara a la Confederación para retomar el poder.


La consecuencia más importante de la caída política de Rosas fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista financiero en expansión. Vamos a dejar de ser una Nación Libre para convertirnos en una colonia extranjera. El libre cambio y la libre navegación de nuestros ríos serán dogmas indiscutibles. A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país. En nombre de la libertad de comercio se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado desde 1835 en adelante. Brasil sacó su enorme tajada al obtener las Misiones orientales, la libre navegación de nuestros ríos, la independencia del Paraguay (que Rosas sistemáticamente nunca reconoció por considerarla parte integrante del Virreinato), y la hegemonía sobre Uruguay y Argentina.


Se llevó adelante también una sistemática matanza de nativos, prevaleciendo lo que se daba a conocer como ‘inutilidad del criollo’. Era ni más ni menos que el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con la soberanía de lo propio, de lo autónomo. En definitiva, la característica esencial de lo que vulgarmente se conoció como “período de la Organización Nacional”, que de nacional no tuvo nada y en donde evidentemente nos organizarían pero con una mentalidad de colonia. Y todo ello en nombre de una civilización pero entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino y criollo. De la misma manera se empezó a considerar de tiránico al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose también a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en verdad constituyeron verdaderas oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación.


La batalla de Caseros fue la mayor calamidad política de nuestra historia. Sin lugar a dudas se frustraba el Destino Nacional. La Confederación Argentina respetada, fuerte y con su difícil unidad política lograda (cuyo ejemplo más patente fue la resistencia al colonialismo extranjero) pasaba a ser un recuerdo melancólico. Comenzó a inventarse otro país conforme a los parámetros de la Masonería y del capitalismo financiero internacional. Una anti-Argentina, de espaldas a la Argentina real. Un anti-Estado, como el actual que tenemos, que asegura el gobierno de los peores y la sumisión a la plutocracia capitalista.


Sin Soberanía Política ningún gobierno puede tomar decisiones plenas ni administrar justicia en base al Bien Común. La clave siempre estará en disponer de total libertad de acción. No estar manipulado por sectores concentrados de la economía o por cualquier forma de dominación extranjera (ya sea la dominación de tipo ideológica-cultural, militar, política o económica/financiera). Debemos volver a ser una Nación Grande, una Nación Fuerte e Independiente como en los tiempos de Don Juan Manuel de Rosas. Y que los cipayos y delincuentes que gobiernan hoy en día a la Argentina (que son del mismo linaje a los de Caseros) paguen por todo el daño hecho.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 1 de enero de 2022

ROSAS Y SU DESTINO FINAL EN INGLATERRA, ¿CONTRADICCIÓN?

 

La batalla de Caseros -3 de febrero de 1852- marcó un antes y un después en el destino nacional. La consecuencia más importante fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial plutocrático-capitalista en expansión, con la Banca Rothschild y el colonialismo británico a la cabeza.

 

Ante el triunfo de la coalición internacional anglo-brasileña-masónica-unitaria, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad.


Herido en su mano derecha redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes en las inmediaciones de la actual Plaza Garay (barrio de Constitución). Luego se dirigió al corazón mismo de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia de Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país. El momento no podía ser más dramático. Rosas quería quedarse en la legación pero Gore le advirtió que la ciudad se hallaba en plena efervescencia y que su vida corría peligro.


A la noche, luego de haberlo convencido de la absoluta necesidad de embarcarse, Gore acompañó a Rosas a la ribera del río hasta el bote que lo conduciría hacia la fragata de guerra Centaur, nave capitana de la escuadra inglesa cuya tripulación rindió honores al Jefe de la Confederación Argentina. Emprendería el viaje de su forzado destierro junto a sus hijos y su copioso archivo. Los innumerables legajos que apresuradamente fueron encajonados los distribuyó entre sus familiares y amigos íntimos.


Estuvo seis días en la fragata inglesa frente a Buenos Aires. Además de su hija Manuelita también lo acompañaban su hijo adoptivo Juan junto a su familia. El 23 de abril desembarcaron en el puerto de Devonport en Inglaterra, hoy barrio de Plymouth. Llevaba únicamente setecientas cuarenta y cinco onzas de oro, doscientos pesos fuertes y veintidós reales. Las autoridades inglesas lo saludaron con una salva de cañonazos al llegar al puerto siendo recibido con expresivas demostraciones de consideración.


En “Vida del prócer argentino brigadier Don Juan Manuel de Rosas” el historiador Anibal Rottjer sentencia: “El conquistador del desierto, el salvador de la Patria contra el extranjero, el que acabó con la anarquía y realizó la unión nacional preparando su definitiva organización, el que ha vivido una existencia sin placeres porque la dedicó a la Patria se aleja para siempre de ella, de su Buenos Aires que tanto amó; el vencedor de Francia y de Inglaterra, el hombre más amado de los argentinos de su tiempo”.  


¿Existe contradicción en la partida de Rosas hacia Inglaterra? ¿Se podría aceptar un “exilio” de Hitler en Moscú luego de haber combatido tan abiertamente al Comunismo soviético durante la Segunda Guerra Mundial? Lo que parece ser una contradicción no lo es en lo más mínimo.


Lo de Rosas no fue un “exilio voluntario” como vulgarmente se sostiene. Fue un calvario de miseria y olvido, más específicamente fue una ruta obligada, una suerte de prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente para trabajar la tierra con sus propias manos.


Vale decir, luego de ser derrotado, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado por la espalda como se hizo con el coronel Martiniano Chilavert,  o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Por eso fue un destino obligado.


La táctica militar conocida como ‘deshacerse del enemigo permitiéndole escapar’ (filosofía de Sun Tzu), fue muchas veces utilizada por la Corona Británica en diferentes teatros de guerra en Europa, táctica que también se aplicaría en América. Por ende, los ingleses “recibieron” a Rosas para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país.


Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito siempre inconveniente y amenazante; y si el Restaurador hubiese ido a otro país se podía dar el caso hipotético -y patético para los ingleses- de que regresara a la Confederación para retomar el poder. Nada mejor entonces que tenerlo controlado en el propio Imperio e impedir así cualquier intento de regreso a la ya cercenada Confederación Argentina.


El respeto y la admiración que le tenían era tan grande que hasta el mismísimo Primer Ministro Lord Palmerston lo visitó en su granja y le ofreció una pensión mensual, que Rosas rechazó con dignidad.


Es que los mismos ingleses habían experimentado amargamente como su popularidad se había convertido en algo verdaderamente inmenso. Es lo que señaló con certeza, reconocimiento y autocrítica el general uruguayo anti-rosista César Díaz en sus Memorias: “Tengo una profunda convicción, forzada en los hechos que he presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás”.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


01/01/2022






miércoles, 8 de diciembre de 2021

ROSAS Y LAS ISLAS MALVINAS


La historiografía liberal masónica le achaca a Juan Manuel de Rosas haber querido “entregar” las Islas Malvinas a los ingleses. Así de contundente. Pero más que explicar un argumento (ya ni siquiera un sólido argumento) lo que se hace es difamar la figura del Restaurador de las Leyes producto del odio y del fanatismo que genera una ceguera ideológica. Y como estamos acostumbrados a que todo se saque de contexto, conviene aclarar este tema puntual de supuesta entrega rosista del archipiélago malvinero.


Como bien se sabe, la alevosa prepotencia colonialista británica se puso de manifiesto cuando el día 2 de enero de 1833, bajo el gobierno de Manuel Balcarce, llegó a las Malvinas la corbeta de guerra Clío. De manera insolente, su capitán Onslow intimó a las autoridades argentinas para que abandonaran las islas.


El día 3 bajó a tierra, arrió la bandera argentina e izó la inglesa. Como consecuencia, el gobierno argentino protestó inmediatamente ante el secretario a cargo de la legación británica, Felipe G. Gore, quien dijo “carecer” de instrucciones para contestar.


Frente a tamaño insulto al Pabellón Nacional se va a insistir en el reclamo el día 23 de enero de 1833. A su vez, Balcarce va a enviar una circular a todas las provincias esclareciendo sobre esa política expansionista inglesa.


El 17 de junio de ese mismo año Manuel Moreno (como ministro plenipotenciario del gobierno argentino) va a reclamar ante el atropello perpetrado directamente en Inglaterra y nada más ni nada menos que ante Lord Palmerston (Primer Ministro del Reino Unido).


Juan Manuel de Rosas, ya como Primera Magistratura Nacional desde 1835, siempre defendió en sus mensajes a la Legislatura los derechos argentinos sobre el archipiélago malvinero, formulando periódicamente explícitos reclamos a Gran Bretaña por la usurpación.


Mientras tanto, Sarmiento desde Chile se mofaba ante el Restaurador por tales reclamaciones, opinando abiertamente sobre la cuestión y dando a entender que el “estacionamiento” (frase del sanjuanino) de Inglaterra en las Malvinas era (más allá de la invasión) algo “útil” a la humanidad y al “comercio”.


Teniendo en cuenta la pesada deuda externa que recaía sobre nuestro país desde 1824 en adelante con la banca usurera inglesa Baring Brothers, los ingleses acudieron alocadamente a Rosas para poder cobrarla. Deuda en definitiva que quedó como “legado para la posteridad” gracias al “reformador” Bernardino Rivadavia.


Como dato significativo la garantía de cobro por dicha deuda era nada más ni nada menos que la tierra pública fiscal. En este sentido la Corona británica le va a insinuar a Rosas (según el historiador revisionista Adolfo Saldías) la entrega de las Islas Malvinas como forma de pago.


Atendiendo a la verdad histórica hay que señalar que Rosas estuvo de acuerdo con ello, pero con el siguiente gran detalle que se le escapa a los prejuiciosos historiadores liberales: Por nota oficial del 17 de febrero de 1843 la Confederación Argentina exigía que el gobierno inglés reconozca primero los derechos argentinos en las Islas Malvinas, para así el gobierno argentino seguir avanzando en la “propuesta” inglesa.


Y por nota del 20 de marzo de 1844 Rosas va a insistir con su propuesta de ofrecimiento de las Malvinas, haciendo significar siempre a Inglaterra sobre los derechos legítimos que asistían a nuestro país en todo el archipiélago malvinero.


Del lado argentino era la forma más eficaz para cubrir la agobiante deuda externa. Y aquí se impone la gran pregunta (que va a dejar en evidencia la astucia de Rosas): ¿Podría el gobierno inglés reconocer una usurpación realizada por ellos mismos? Tratándose de un país con tradición colonialista queda más que claro que no. De hecho, toda la “jurisprudencia” asentada por los ingleses y en referencia a sus potenciales enemigos en Europa se caería como un castillo de naipes.


Tal como lo señala Aníbal Röttjer en su obra “Rosas prócer argentino” después del gobierno de Juan Manuel de Rosas ni Urquiza, ni Derqui, ni Sarmiento, ni Mitre, ni Avellaneda se ocuparon del asunto. Recién en 1884, al protestar los ingleses porque en los mapas argentinos aparecían las Islas Malvinas como integrantes del territorio nacional, el presidente Julio Argentino Roca pidió antecedentes de la cuestión.


El legajo del archivo, caratulado de puño y letra de Rosas, fue presentado al presidente por el historiador Adolfo Saldías que lo tenía en su poder. Así pudo informarse Roca para reiniciar las protestas oficiales, protestas que periódicamente eleva la Argentina ante Inglaterra, interrumpidas desde la caída política de Rosas.

 



Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 4 de diciembre de 2021

ROSAS Y LA TIRANÍA


El 16 de febrero de 1835 fue asesinado en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, el principal caudillo federal del noroeste argentino, Facundo Quiroga, lo que constituyó un verdadero crimen de Lesa Patria. El historiador revisionista Ernesto Palacio señala en Historia de la Argentina: “La muerte de Quiroga provocó una gran conmoción en todo el país. En el primer momento se la consideró como el comienzo de un plan unitario para eliminar a los hombres prominentes de la Federación. En Buenos Aires, Maza presentó su renuncia. Los federales doctrinarios, que hasta entonces se resistían a aceptar los puntos de vista de Rosas sobre la necesidad de un gobierno fuerte, comprendían al cabo que no le faltaba razón”.


Y ante la gravedad de los hechos sucedidos -en el marco de la guerra civil entre unitarios y federales-, el 13 de abril de 1835 Juan Manuel de Rosas asumió la Primera Magistratura Nacional con la Suma del Poder Público. Un gobierno decididamente fuerte y sin ningún tipo de dubitaciones ante la difícil hora que se vivía. Vale decir, si Rosas hubiera ejercido el gobierno con debilidad en esta terrible época que le tocó gobernar, las conspiraciones y los motines se hubieran sucedido a diario. Por consiguiente se hizo más que necesaria establecer una vigilancia extrema para contrarrestar la sorda y criminal campaña unitaria. La Sociedad Popular Restauradora, también conocida con el nombre de Mazorca, surgió hacia mediados de 1834 y fue el cuerpo de orden público elegido por el Restaurador que trabajó en estrecha colaboración con las autoridades policiales.


Como entidad amante del orden y de respeto hacia las autoridades gubernamentales se dio a la tarea de combatir el accionar conspirativo y siempre activo. La Mazorca no fue una banda de asesinos o cosa que se le asemeje al servicio del Restaurador como falsamente se lo quiere dar a entender. Fue la consecuencia de un momento sumamente difícil por las constantes agresiones externas que sufría la Patria y por la conspiración unitaria.


Lógicamente que hubo desbordes de pasiones, pero en 17 años de gobierno rosista no se ejecutó ni se estableció la pena capital a tantas personas como sí ocurrió en tan sólo tres días de ocupación y saqueo por parte de las tropas “libertadoras” del General Justo José de Urquiza al entrar en Buenos Aires luego de producida la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852). La Sociedad Popular Restauradora siempre estuvo dirigida por la aristocracia, léase el patriciado argentino. ¿Por qué el patriciado? Porque el Federalismo Argentino siempre fue la expresión genuina de la estirpe y de la tierra, al contrario de la facción unitaria que siempre constituyó una oligarquía mercantil siempre funcional a los intereses de la Corona Británica. 


Que Rosas haya encarnado una tiranía o un régimen sangriento es falso. Bastaría para demostrarlo un simple análisis de estadísticas demográficas de la época. Por ejemplo, de 1835 a 1852 los nacimientos superaron en no menos de un 30% a las defunciones. Yendo a un plano conceptual, la tiranía existe cuando en tiempos de paz y de orden surge inesperadamente un hombre que desgobierna, que viola las leyes, que dispone de los bienes y de las personas como cosa propia y a su arbitrio. 


Los fusilados por Rosas siempre fueron rebeldes y conspiradores que una y otra vez se levantaron contra la autoridad legítima. En tal sentido siempre se aplicaron las leyes españolas (todavía vigentes), tales como ‘Las Partidas’ y la ‘Novísima Recopilación’. El punto álgido de la Historia Oficial para sistematizar el concepto de “tiranía” se apoya en los dos grandes “meses de terror rosista”, una suerte de asesinatos colectivos supuestamente dispuestos por el Restaurador. El primero de los “meses de terror” se sitúa en octubre de 1840. ¿Qué ocurrió realmente en este mes y año? El momento era dramático: Apenas se supo en Buenos Aires del avance del ejército del General Juan Lavalle para derrocar a Rosas -con apoyo de la escuadra naval francesa y de los unitarios- se produjo una psicosis colectiva entre los federales, temerosos de perder la vida en caso de triunfar los invasores. El país vivía dos años y medio de bloqueo francés como así también diferentes focos de conflictos e insurrecciones, como el levantamiento de los estancieros del sur y la inestabilidad política en la Mesopotamia.


La ofensiva del General Lavalle en Entre Ríos, el embarque de los rebeldes  “libertadores” en la escuadra extranjera, su inminente invasión a Buenos Aires y la amenaza de ataque del almirantazgo francés en combinación con el ejército lavallista habían contribuido a colmar la tensión nerviosa de los habitantes de la ciudad. Durante el mes de octubre de 1840, al producirse la estrepitosa retirada de Lavalle, federales fanáticos empezaron la cacería y asesinaron a veinte personas. Son crímenes espontáneos y colectivos en los cuales nada tiene que ver la Sociedad Popular Restauradora. Es el populacho exaltado y el malevaje.


Uno de los máximos detractores de Rosas, José Rivera Indarte, reconoce en sus “Tablas de Sangre” que en tal “terror” sólo hubo veinte asesinatos. Rosas, ausente de la ciudad de Buenos Aires por encontrarse en Santo Lugares para defender a la Nación del ataque de Lavalle, nunca incitó esos crímenes. Fueron venganzas personales ajenas a la política y producto del populacho, efecto de una locura colectiva y de una convulsión general vivida. Rosas, una vez firmada la paz con Francia el 29 de octubre de 1840, estableció el 31 del mismo mes desde Morón el siguiente decreto: “Se castigará con severas penas a cualquier individuo que atacase la persona o propiedad de argentino o extranjero sin expresa orden escrita de autoridad competente. El robo y las heridas, aunque fuesen leves, serán castigados con la pena de muerte”.


El otro “mes de terror” se produjo en abril de 1842, siendo la situación parecida: Rosas se encontraba ausente de la ciudad ya que preparaba su ejército para oponerse al General Paz (como antes lo había hecho con Lavalle). Benito Hortelano, periodista, editor y escritor español, presente en Buenos Aires para esa época, escribió en sus Memorias que los asesinatos de octubre de 1840 y de abril de 1842 llegarían tal vez a ochenta. Todavía seguía existiendo en la ciudad una psicosis colectiva, un real cansancio y desesperación por las guerras que parecían inacabables. Se creyó que el tratado de paz con Francia, que la muerte de Lavalle y demás cabecillas unitarios traerían la paz tan anhelada, cosa que finalmente no ocurrió, y por tal motivo la tensión fue en aumento estallando nuevamente.


Los desmanes, degüellos y asesinatos del lado federal estuvieron una vez más a la orden del día. Pero al tomar conocimiento de tales hechos, Rosas envió a su edecán el 19 de abril de 1842 una terminante orden para la jefatura de Policía, para el coronel Ciríaco Cuitiño, comandante del escuadrón de Vigilantes de Policía, y para el mayor Nicolás Mariño, vicepresidente del Cuerpo de Serenos. La orden manifestaba “el más serio y profundo desagrado por la bárbara y feroz licencia”, ordenando “se patrulle la ciudad y los suburbios tanto de noche como de día”, debiendo “mandar a la cárcel pública, con grillos, a los asesinos o sospechosos que se encuentren”.


A la Sociedad Popular Restauradora le cupo la misión de reprimir estos desórdenes populares. La publicación Archivo Americano, en su número 6 del 31 de agosto de 1843 salió a la defensa de la verdad histórica contra las calumnias de los unitarios afirmando: “Este fue el papel honroso que desempeñaron (los mazorqueros) en los meses de octubre (de 1840) y de abril (de 1842), cuyos desórdenes le han sido imputados (…). Las familias más expuestas al odio público solicitan con confianza el auxilio y amparo de esta sociedad a quien la prensa de Montevideo ha dado por escarnio el nombre de Mazorca, mientras muchos unitarios le deben la vida (…). La Sociedad Popular no es otra cosa que una reunión de ciudadanos federales, vecinos y propietarios, amantes de la libertad, del honor y de la dignidad de la patria”.             

La Historia Oficial -de cuño liberal-masónica- siempre nos ha enseñado que los caudillos federales del siglo XIX fueron ignorantes y bárbaros, cuando no los principales responsables (o los únicos) de la violencia política en nuestro país. Rosas no representó ninguna tiranía como burdamente se sostiene. Si bien concentró el poder de manera total y omnipresente –producto del terrible momento que vivía el país– encarnó un gobierno de raigambre popular. Y previo a la toma del poder con las facultades extraordinarias (otorgadas legalmente por la Legislatura porteña) al Restaurador lo plebiscitaron con el voto del pueblo de Buenos Aires. Cuando el desorden, el terror y el asesinato unitario estaban a la orden del día ¿podía un gobernante de bien permanecer indiferente y no aplicar todas las medidas de rigor al alcance de la mano y según las disposiciones legales? Claramente no. 




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



martes, 16 de noviembre de 2021

20 DE NOVIEMBRE DÍA DE LA SOBERANÍA NACIONAL: LA ARGENTINA DEL HONOR


El Combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845 en aguas del río Paraná, sobre su margen derecha, al norte de la provincia de Buenos Aires en el actual partido de San Pedro, constituyó una de las páginas más memorables de toda nuestra historia. Una gesta heroica en donde las armas de la Patria defendieron nuestra soberanía política e integridad territorial frente a la agresión colonialista nada más ni nada menos que de las dos escuadras navales más poderosas de la época, Inglaterra y Francia. Chocaba contra el colonialismo anglo-francés la política nacionalista de Juan Manuel de Rosas. 


El Nacionalismo de Rosas


El 18 de noviembre de 1835 Rosas dictó la Ley de Aduanas, de espíritu proteccionista, en la cual se estableció toda una serie de impuestos aduaneros de entre el 15 y el 50% sobre artículos importados que el país era capaz de producir o que eran de lujo. El hecho financiero más trascendental de su gobierno fue la liquidación del Banco Nacional, la principal institución crediticia creada desde 1826 que era manejada por agiotistas ingleses en connivencia con los prohombres del círculo unitario rivadaviano. El 30 de mayo de 1836 Rosas dispuso su cierre fundando el actual Banco de la Provincia de Buenos Aires ya que, en su concepción, el Estado era el único que podía y debía garantizar la moneda circulante.


La Ley Agraria, sancionada el 10 de mayo de 1836 desconocía la hipoteca que pesaba sobre la tierra pública a favor de los ingleses como consecuencia de la ignominiosa primer Deuda Externa contraída en 1824 por Bernardino Rivadavia (por entonces ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del gobernador de la Provincia de Buenos aires, el General Martín Rodríguez) y la compañía financiera Baring Brothers. A su vez, Rosas procedió a la venta de tierras públicas detentadas por enfiteutas y especuladores terratenientes que se negaban a pagar un canon justo para renovar la concesión de sus tierras, impulsándose toda una política de colonización de tierras en pequeñas fracciones, con asistencia estatal para sus pobladores. La tierra libre de enfiteutas quedó en manos de pequeños propietarios.


A su vez, el decreto del 31 de agosto de 1837 establecía la prohibición de la extracción de oro y plata en el país, algo muy codiciado por Inglaterra, Estados Unidos y Brasil que buscaban cubrir sus quebrantos financieros a costa de nuestras reservas metálicas. El sistema de exclusiva navegación nacional puso fin al sistema de libre navegación de nuestros ríos –que tanto beneficiaba al colonialismo económico británico y brasileño en la venta de sus manufacturas–, sentando las bases para el desarrollo de una marina mercante. Todas estas medidas generaron un extraordinario progreso a lo largo de todo el país, un gran desarrollo industrial y agropecuario. Por la gran prosperidad generalizada, los salarios de la Confederación Argentina estaban entre los más altos del mundo. Era una Nación orgullosa de su propio destino.


Intervencionismo y colaboracionismo unitario


Para comprender el modus operandi del intervencionismo mundial de la época debemos remontarnos al intento colonialista desplegado por los franceses  en nuestro país entre 1838 y 1840. El 28 de marzo de 1838, Francia le declaró a la Confederación Argentina el bloqueo al puerto de Buenos Aires. La excusa ante semejante acto de guerra era pretender la libertad de connacionales franceses, que en realidad se trataba de personas acusadas de asesinato, y que los franceses mismos estuvieran exentos de la reclusión militar en nuestro país. Cada reclamo justificaba el envío de una escuadra, el bloqueo, la extorsión, y de ser necesaria, la agresión militar. Era una metodología que se había demostrado infalible en las naciones donde había sido aplicada, enmascarada con intenciones “civilizadoras y humanitarias”.


Con justa razón, y en defensa de la dignidad nacional, Rosas se mantuvo inflexible desde lo diplomático. Y como consecuencia, el contraalmirante francés Luis Leblanc –jefe de las fuerzas navales francesas en América del Sur– decretó el riguroso bloqueo al puerto de Buenos Aires. Si bien la casi totalidad de los recursos provenían de las rentas de Aduana, esta situación se contrarrestó con créditos y contribuciones voluntarias  a favor del Estado. Otra circunstancia que facilitaba la resistencia fue la Ley de Aduanas. Es decir, dentro de la prosperidad general interna, el cierre del comercio exterior se podía soportar sin generar alguna crisis económica (y por ende sin generar crisis política).


La insolente agresión francesa también contó con el colaboracionismo unitario exiliado en Montevideo, que a través de la denominada Comisión Argentina buscó aliarse a la potencia agresora. Sus dos máximos exponentes fueron Florencio Varela y Julián Segundo de Agüero, pero su alma fue Bernardino Rivadavia, quien desde Santa Catalina (Brasil) monitoreaba todas las iniciativas anti-nacionales. Por su parte, Juan Bautista Alberdi también realizó en Montevideo una fuerte campaña periodística a favor de una amplia alianza con los franceses sitiadores.


En este sentido se delinearon diferentes focos de insurrección, siendo el más relevante la expedición “libertadora” del General Juan Galo Lavalle desde el litoral, expedición financiada por Francia pero que va a terminar en un rotundo fracaso por la permanente hostilidad de la población hacia Lavalle mismo. Finalmente, ante la firmísima actitud del Restaurador de las Leyes, Francia levantó su bloqueo suscribiéndose la paz el 29 de octubre de 1840, reconociéndose la total soberanía de nuestro país y enarbolándose la bandera argentina a bordo del buque francés Alcmene para saludarla con veintiún cañonazos de desagravio.


Ante tales circunstancias, el Libertador General José de San Martín, en carta del 10 de julio de 1839 a dirigida a Rosas desde su exilio en Francia, afirmaba: “Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufriríamos en tiempos de la dominación española. Una tal felonía, ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. Y en reconocimiento a la firme defensa de la soberanía nacional, el General San Martín, con fecha 23 de enero de 1844, estableció en la cláusula tercera de su testamento: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.


A pesar de este rotundo triunfo diplomático de la Confederación Argentina, los unitarios no cesaron en su intención de asociarse con diferentes potencias colonialistas contra su propia Patria, siendo el pretexto para ello la lucha contra una supuesta tiranía. El 11 de agosto de 1843 Florencio Varela fue nombrado por la Comisión Argentina y por el ilegal gobierno uruguayo del General Fructuoso Rivera como agente oficial en Europa para negociar la ayuda británica y francesa. Inclusive, el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento ya había alentado tiempo atrás la secesión de la Patagonia a favor de Chile durante su exilio en este país, como así también el general unitario José María Paz había proyectado establecer la “República de la Mesopotamia”, conformada por las provincias de Entre Ríos y Corrientes bajo el paraguas protector británico. 


La resistencia nacionalista ante la agresión colonialista de 1845


La intervención colonialista anglo-francesa de 1845, tan requerida por los unitarios que no vacilaron en traicionar una vez más a la Patria con tal de derrocar a Rosas se originó, o mejor dicho, tuvo su excusa en los sucesos que ocurrían en Uruguay. Las potencias aliadas intimaron a Rosas para que evacuara las tropas argentinas que sitiaban este país y que la escuadra naval del almirante Guillermo Brown levantara el bloqueo que pesaba sobre Montevideo. Esta situación perjudicaba el comercio de las grandes potencias europeas. ¿Y por qué había un estado de beligerancia entre la Confederación Argentina y el Estado oriental? El presidente uruguayo, General Manuel Oribe, había sido derrocado en 1838 por el General Fructuoso Rivera, quien con apoyo unitario planeó además segregar la Mesopotamia argentina para unirla al Uruguay y así formar un Estado aparte.


Al no prosperar la restitución de Oribe, el acuerdo diplomático fracasó. De manera insolente, las escuadras anglo-francesas se apoderaron de los buques argentinos, bombardeando la ciudad de Colonia y tomando la isla Martín García. Fueron hechos que exaltaron el sentimiento patriótico, en donde todas las provincias, con sus gobernadores y legisladores al frente, se pronunciaron en contra de la agresión ofreciendo sus contingentes para resistir. Todos a excepción del círculo unitario…


Ante el inminente ataque de las poderosas flotas enemigas, el General Lucio Mansilla fortificó el paraje de Vuelta de Obligado, lugar situado sobre la margen derecha del Paraná, que allí baja en dirección noroeste-sureste, para luego desviarse de norte a sur, y nuevamente de oeste a este. De allí lo de “vuelta”, por el cambio de rumbo del canal principal, tomando el nombre de su propietario, don Antonio Obligado. Mansilla solicitó el envío urgente de proyectiles, caballos para facilitar el traslado de tropa y cañones apostados a lo largo del río. No contaba con artilleros experimentados, por lo que tuvo que improvisar.


El grueso del ejército de la Confederación mantenía el sitio de Montevideo que no podía abandonarse, ni siquiera debilitarse, ya que esto hubiera significado ceder al propósito del enemigo. Tampoco disponía de la flota de Brown, apresada en la isla Martín García, por lo que la defensa del río debía hacerse desde tierra por milicianos y vecinos. En Vuelta de Obligado las fuerza patrias sólo disponían de cuatro baterías para la defensa. La ‘Manuelita’, al mando del teniente coronel de Artillería Juan Bautista Thorne; la ‘General Mansilla’ al mando del teniente de Artillería Felipe Palacios (servida de tres cañones); la ‘General Brown’, al mando del marino Eduardo Brown, hijo del famoso almirante (con cinco cañones) y la ‘Restaurador Rosas’, al mando del ayudante mayor de Marina Álvaro Alsogaray (con seis cañones). A su vez, en la primera línea de combate se ubicaron 400 hombres de infantería del cuerpo de Regimiento de Patricios, bajo el mando del coronel Ramón Rodríguez.


En total se apostaron para enfrentar a las dos mayores potencias bélicas del mundo un poco más de 2.100 hombres, instalándose 35 piezas de artillería. Y como símbolo de soberanía Mansilla atravesó el curso del Paraná con gruesas cadenas de hierro afirmadas sobre veinticuatro barcazas desmanteladas fondeadas en línea y fuertemente atadas a las cadenas con banderas argentinas. Sobre la orilla entrerriana se posicionó el bergatín Republicano, armado con seis cañones de escaso calibre, una tripulación de dos oficiales, veintiún artilleros y trece marineros.


La fuerza invasora británica estaba formada por el Gorgon, buque insignia a vapor de 1.200 toneladas, al mando del comandante en jefe, capitán Hotham; el Firebrand, también a vapor, comandado por el capitán Hope; la corbeta Comus, al mando del capitán Inglefield, los bergantines Philomel, Dolphin y Fanny, al mando de los capitanes Sullivan, Leving y Key. Portaban en total cincuenta cañones, casi el doble que los argentinos, de mejor puntería y largo alcance.


La escuadra francesa estaba integrada por el buque a vapor Fulton, de 650 toneladas al mando del capitán Mazeres; la corbeta Expeditive, al mando del capitán De Muriac; los bergantines Pandour y Procida, al mando de los capitanes Du Marc y Riviere, y la nave capitana Saint Martin, a cargo del comandante Francois Trehouart. Esta última en realidad era la nave insignia de la Confederación, San Martín (al mando del Almirante Guillermo Brown), capturada frente a Montevideo e incorporada a la flota agresora. Los cañones franceses sumaban cuarenta y nueve.   


El Combate de la Vuelta de Obligado


A las 8.43 horas de la mañana de aquel famoso 20 de noviembre de 1845 la poderosa escuadra enemiga avanzó con el Saint Martin al frente, una ofensa que enfureció aún más a los argentinos. Y ante la inminencia del ataque, el General Mansilla realizó una emotiva y conmovedora arenga a su tropa, que quedará por siempre en los anales de nuestra historia: “¡Milicianos del departamento del norte! ¡Valientes soldados federales, defensores denodados de la independencia de la República y de la América! Los insignificantes restos de los salvajes traidores unitarios que han podido salvar de la persecución de los victoriosos ejércitos de la Confederación y orientales libres, en las memorables batallas de Arroyo Grande, India Muerta y otras; que pudieron asilarse de las murallas de la desgraciada ciudad de Montevideo, vienen hoy sostenidos por los codiciosos marinos de Francia e Inglaterra, navegando las aguas del gran Paraná, sobre cuya costa estamos para privar su navegación bajo otra bandera que no sea la nacional… ¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis!... Considerad el tamaño del insulto que viene haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. Pero se engañan esos miserables: aquí no lo serán… ¿no es verdad camaradas? ¡Vamos a probarlo!... ¡suena ya el cañón! Ya no hay paz con la Francia ni con la Inglaterra. ¡Mueran los enemigos!... Tremole en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y muramos todos antes de verlo bajar de donde flamea”.


Inmediatamente se entonó el Himno Nacional Argentino acompañado por la Banda del Regimiento de Patricios. Y finalmente, ante un ensordecedor  ‘¡Viva la Patria!’, se produjo el momento más esperado: se abrió fuego contra los once buques de guerra enemigos equipados entre todos con casi 100 cañones de mayor capacidad de fuego que los anticuados cañones patrios. 


Fue un combate realmente encarnizado: el Saint Martin quedó seriamente dañado y a la deriva. A pesar de que el fuego europeo hizo estragos en las baterías defensoras, estas no dejaban de responder con su escasa capacidad de fuego, lo suficiente como para dejar fuera de combate a los bergantines Pandour y Dolphin, para obligar a retirarse al Comus y para silenciar los cañones mayores del Fulton. Por su parte, el bergantín patriota Republicano, agotada su munición, fue volado por su capitán Craig para evitar que caiga en poder del enemigo. Pronto se hizo más que evidente que la heroica resistencia no lograría mantener a raya por mucho tiempo más a los europeos. Los proyectiles se agotaban al tiempo que las bajas humanas se incrementaban. Esta merma permitió que un comando atacante alcanzara las pesadas cadenas que cortaban el tránsito del Paraná, cortándoselas a martillazos en un yunque improvisado.


Luego del intenso cañoneo, 325 infantes de marina intentaron un desembarco, pero fueron repelidos a lanza y bayoneta. Hacia las cuatro de la tarde, los proyectiles patriotas se habían agotado, y de esta manera los ingleses decidieron intentar un nuevo desembarco al mando de Hotham, jefe de su escuadra. En medio de la feroz lucha, los franceses también desembarcan tropas para reforzar a las británicas, siempre apoyadas por el intenso y eficaz cañoneo de las naves. Pero sobre el anochecer de ese histórico día, y luego de haber sufrido graves pérdidas humanas, las tropas invasoras reembarcaron. Las bajas locales fueron un poco más de seiscientas (la tercera parte de los 2.160 hombres que intervinieron en la defensa), mientras que hubo ciento cincuenta del lado de los agresores. El costo de los aliados fue grave, ya que se dañaron diez de sus once naves agresoras. Y como consecuencia, los invasores tuvieron que destinar cuarenta días para reparar sus navíos. 


El Triunfo de la Causa Nacional


Luego de apoderarse de la entrada del río Paraná, la escuadra enemiga continuó su rumbo por el río, estando ahora solamente reducida a seis unidades de combate más cuarenta y cuatro navíos mercantes. Esto generó una profunda alegría en los unitarios exiliados en Montevideo, imaginando que este accionar haría caer el gobierno del Restaurador. Pero la épica resistencia nacionalista lejos de aminorar prosiguió a lo largo de la costa acosando a cañonazos a los invasores el 9 de enero de 1846 en Tonelero (sur de San Nicolás), para proseguir una semana después en San Lorenzo (norte de Rosario) y Quebracho (al norte de San Lorenzo).


Los agresores no tenían forma de aprovisionarse, y el ánimo empezó a mermar. Por consiguiente, la maltrecha flota aliada decidió separarse: los franceses navegaron hasta Corrientes con la intención de colocar allí sus productos pero fracasaron ante la patriótica negativa correntina. En cambio los ingleses continuaron viaje hasta Asunción, intentando en vano un acuerdo con el mariscal Carlos Antonio López, de arraigadas convicciones nacionalistas.


Ante la decepción que generó los magros resultados comerciales –el principal objetivo de la empresa colonialista anglo-francesa– los aliados ahora debían soportar el regreso para arribar a Montevideo, sabiendo que serían nuevamente atacados a cañonazos en Quebracho, Tonelero, San Lorenzo y otras posiciones en el Paraná. En total quedaron incendiados siete barcos y los buques mercantes averiados hasta arrojaban sus mercaderías al agua. Quebracho fue la última acción de resistencia, el 4 de junio de 1846. Finalmente, el gobierno inglés, ante la tenaz resistencia que oponía Rosas, presionado por la opinión pública, las denuncias periodísticas y el creciente malestar entre comerciantes que temían por sus negocios en el Río de la Plata, empezó a entablar negociaciones con la Confederación Argentina.


Luego de varias gestiones truncas, lo que pareció imposible ocurrió: el 24 de noviembre de 1849 se firmó el acuerdo Arana-Southern que básicamente sostenía la evacuación de la Isla Martín García por parte de los ingleses, la devolución de los buques argentinos en el estado previo en el que se encontraban y el reconocimiento de la plena soberanía argentina. Y como cierre de oro, el día 27 de febrero de 1850 –ante un nuevo aniversario de la creación de la bandera nacional– se levantó en la proa de la nave capitana británica Southampton la bandera de la Confederación Argentina, solemnemente desagraviada con veintiún cañonazos. Por su parte, el 31 de agosto de 1850 se firmó el acuerdo Arana-Lepredour con Francia, en idénticas condiciones a lo establecido con los ingleses. En este caso, los veintiún cañonazos de desagravio al pabellón nacional se dispararon con solemnidad desde el buque francés Astrolabe. Fue un enorme triunfo de Rosas y de la Causa Americana.


Argentina para los argentinos


El combate de la Vuelta de Obligado representó, por la digna defensa que llevó adelante el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, una de las páginas más brillantes de toda la historia argentina. En vez de doblegarnos y ser una miserable colonia (como hoy en día por obra y gracia de la partidocracia extranjerizante), optamos por ser una Nación Libre. Optamos por el camino de la lucha, del sacrificio, de los desprendimientos personales, del Honor, de la Dignidad, del Orgullo Patrio y de la Libertad. Y todo ello por obra de un Líder, de un Conductor con sentido de real grandeza.


La Soberanía Política debe ser siempre un principio irrenunciable. Si alguna vez fuimos capaces de protagonizar una epopeya de gran magnitud esa Argentina orgullosa de su propio Ser volverá a triunfar y bajo un gobierno auténticamente nacionalista. Ante un nuevo aniversario del Día de la Soberanía Nacional… ¡Gloria y Honor a los Héroes del Combate de la Vuelta de Obligado! ¡Gloria y Honor a su ilustre defensor, Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas!.

 



Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...