miércoles, 4 de enero de 2023

¿QUÉ ES UNA REVOLUCIÓN?


Históricamente las sociedades se han desenvuelto sobre determinadas pautas o patrones de convivencia. Y al corromperse cada vez más esas pautas se abre paso a una nueva y radical salida. Las viejas ideas, obsoletas y perimidas, dan paso a nuevos y renovadores ideales haciendo variar el rumbo de la Historia. De esta manera se produce una síntesis cultural que es la que condiciona todo criterio social.


Una Revolución es un cambio radical, violento, repentino y permanente en las condiciones de un Sistema de cualquier tipo, es decir, un reordenamiento súbito del estado de las cosas. El término proviene del latín revolutio (“dar una vuelta”). Por consiguiente es la ruptura de un Orden ideológico, político, social, económico y hasta tecnológico para dar paso a uno nuevo y extremadamente distinto. La idea misma de Revolución se justifica en el hecho de querer cambiar para siempre las pautas sociales decadentes de un Sistema de dominación por nuevas fuerzas motoras. 


Los cambios revolucionarios tienen consecuencias trascendentales. Así como la conciencia nacional de un pueblo siempre tiene que ir de la mano de una conciencia revolucionaria, el verdadero Nacionalismo debe despojarse de toda tara burguesa, y a su vez, una auténtica Revolución -nacida como consecuencia de procesos históricos- debe despojarse de todo clasismo proletario marxista (clasismo falaz). Ese cambio de estructuras desde lo cultural e institucional, de reemplazo de un Sistema por otro que se lleva adelante como proceso se desarrolla teniendo en cuenta dos etapas básicas: La conquista del poder y el ejercicio revolucionario del mismo.


La idea de Revolución no es un “hecho natural” en sí, no es un hecho regido por el mundo físico de la materia, no es algo que “llega” o “deviene” por el propio peso de la Historia. Son actos libres en donde la voluntad humana es el factor preponderante. No debemos nunca dejarnos llevar por los acontecimientos sino ser capaces de producir hechos. Las revoluciones “no se esperan”, se hacen. Y toda Revolución debe comenzar primero por ser interior. No es posible transformar las estructuras o el andamiaje que le da vida a un país si primero no realizamos una transformación en el hombre mismo, si no vivimos la revolución internamente y si no damos real testimonio de ella ante la Patria y el Pueblo. Y justamente esa REVOLUCIÓN INTERIOR se da como indignación y rebeldía contra un Orden establecido que impide la plena realización de la persona, más aún, que la humilla y degrada hasta convertirla en rebaño de un Sistema opresor. 


Las grandes transformaciones no las hacen las “masas”, las hacen los hombres. El pueblo interpretado y guiado por una minoría capaz de proyectarlo en la historia, de llevarlo hacia una empresa siempre de destino, compuesta esa minoría por el conjunto de los mejores. Pueblo y Revolución, identificados y resumidos en la Nación, crean así una profunda mística revolucionaria que es asumida y valorizada por ese grupo selectivo cuando los organismos vivos de una Nación han comprendido lo que somos y hacia dónde deseamos llegar. De esta manera se llega a la etapa de Nación Organizada. Así como el elemento constitutivo de un golpe de Estado son los militares, las revoluciones exigen pueblos movilizados por ideales y organizados en un movimiento político de resuelto Espíritu de Lucha. Por eso toda “revolución de masas” es pura utopía, porque la masa siempre será instintiva e inorgánica, la masa siempre será un elemento pasivo.


Una Revolución sí es popular cuando produce en el pueblo un despertar, una toma de conciencia y lo lleva a integrarse orgánicamente en el proceso revolucionario con el cual se identifica. Y si la “revolución de masas” es pura utopía, la “revolución de clases” es pura demagogia. El proceso revolucionario sólo puede ser llevado por una minoría orgánica y adoctrinada. La burguesía, entendida no como clase social sino como estilo de vida, es inmensa mayoría dentro de todos los sectores sociales, inclusive dentro del proletariado, considerado teóricamente como clase revolucionaria.


En la mayor parte de los hombres prima el egoísmo individualista (característica esencial del burgués) sobre el sentido del deber social. Y aquellos que por este deber, por un ideal, están dispuestos a vivir, a jugarse, a sacrificarse, forman la minoría reducida, el único sector dinámico capaz de producir transformaciones sociales verdaderas. Como consecuencia, sólo una élite política es capaz de despertar, organizar, adoctrinar, dar objetivos y posibilidades de poder a una “élite” nacional. Primero tiene que existir esa minoría elitista revolucionaria para luego surgir el movimiento organizado.


Es imprescindible que un movimiento político con clara unidad de concepción para la unidad de acción la encarne y capitalice. Un Sistema, por más anti-social y putrefacto que sea no puede nunca caer sólo producto de su propia ineficacia o del repudio generalizado hacia el mismo. Para que se pongan en práctica las nuevas ideas revolucionarias es imprescindible que las mismas sean llevadas adelante con firmeza y decisión política. Que dicho movimiento sea capaz de poder interpretar la realidad de la hora que se vive e identificarse con la idea misma de Nación al punto de ser ideas intrínsecamente inseparables.


Por eso en la visión revolucionaria, político no es un subversivo, anárquico o revoltoso que no corporiza para sí la doctrina ideológica de una Revolución. Político en verdad es el que tiene capacidad interpretativa revolucionaria y de acción para la fundación de un Nuevo Orden. Y una verdadera Revolución es aquella que tiene un profundo sentido de duración, y como tal comprende la importancia de ser la permanente protagonista de la Historia, la que es capaz de establecer el cambio para siempre.


El elemento decisivo en todo movimiento revolucionario siempre lo será la idea de jerarquía, pero jerarquía real, identificada con la capacidad y los méritos revolucionarios. Caso contrario, al adoptarse una estructura de masas horizontal y democrática -en donde los que mandan lo hacen por derecho y no por una meritocracia- el movimiento a la larga se disuelve en una anarquía interna.


Una Revolución siempre va a requerir esencialmente de un grupo dirigente con plena identificación ideológica en cada uno de sus miembros, conscientes de sí mismos. Un grupo vital integrado por hombres y mujeres excepcionales y voluntariosos. Por consiguiente, todo movimiento político revolucionario debe tener también una marcada conciencia de minoría, esencialmente cualitativa.


Porque aún cuando el movimiento político, por circunstancias históricas, llegara a producir situaciones masivas deberá mantener a toda costa la unidad de la base dirigente, de ese núcleo de acero forjado en el arrojo y en el temple espartano. El Nacionalismo será siempre revolucionario al querer romper con el actual Sistema plutocrático-capitalista, al querer ser el gendarme de un Nuevo Orden Social-patriótico para un desarrollo sano, orgánico y natural del pueblo, al querer ser encarnado por los mejores desde lo ideológico-doctrinario y desde la lucha y el arrojo, léase en definitiva los fines supremos de toda auténtica y verdadera Revolución.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 3 de diciembre de 2022

¿QUÉ ES EL NACIONALISMO?

 

El término ha tenido una gran influencia a nivel mundial como así también se lo ha referido de diferentes maneras -cuando no de manera simplista- y según determinadas etapas históricas. No es una simple “ideología” o “fenómeno político”. Es mucho más que un sentimiento patriótico, mucho más que una exaltación de valores nacionales o algo referido a la historia, al sentido de pertenencia de una Nación o a la idea de Estado-Nación.


El Nacionalismo, como expresión política del pensamiento occidental, tiene por objeto crear las condiciones para el desarrollo espiritual y material de los pueblos en observancia a las leyes naturales e inmutables de la vida, leyes que forjan a una Comunidad Nacional en cuanto Espíritu, Cultura y Destino. Por consiguiente es una filosofía política o doctrina que se funda en principios, pilares básicos fundamentales o Ideas-fuerza para lograr el desarrollo integral de una Nación:


  • La preservación de los rasgos identitarios de la Nación.

  • La Soberanía Política.

  • La Independencia Económica.

  • Una economía basada en un Orden Natural.

  • El  Bien Común Social.

  • La preservación de un medio ambiente sustentable.

  • La defensa de la Tradición y los valores nacionales.

  • La lealtad hacia la Nación propia. 


¿Se pueden preservar los rasgos identitarios de la Nación permitiendo a la vez un multiculturalismo, una inmigración liberal y sin  ningún tipo de control? ¿Tiene asidero querer promover una política exterior basada en la Soberanía Política sin luchar contra toda forma de colonialismo existente en el país? ¿Es viable poner en práctica una Independencia Económica sin antes establecer una Soberanía Política en el orden internacional? ¿Es válida a su vez una Independencia Económica frente al mundo sin establecer un Orden Económico Natural en el plano local y sin combatir abiertamente a la Usura o a cualquier otro tipo de agiotismo financiero?


¿Es lícito hablar de Bien Común Social sin antes llevar adelante una política de industrialización del país, de pleno empleo y de distribución justa del ingreso? ¿No es contradictorio exaltar valores nacionales y a la vez permitir la difusión de ideologías extranjerizantes disolventes? ¿Se puede preservar el medio ambiente desconociendo tratados internacionales lesivos para la integridad territorial del país? ¿Se puede ser leal a un Estado Nacionalista si nos reducimos en un individualismo conformista liberal? ¿Pueden sentir orgullo patrio personas sumergidas en la indigencia y el atraso? 


Las ideas-fuerza no son excluyentes. Ninguna excluye a otras porque sino se caería en una contradicción misma. Vale decir se caería en un patrioterismo chauvinista, en un Nacionalismo a mitad de camino, en un populismo demagógico de derechas o directamente en un pseudo-Nacionalismo. De lo anterior se desprende entonces que el Nacionalismo no se reconoce en ninguna de las categorizaciones o etiquetas del actual Sistema o Régimen de dominación mundial plutocrático-capitalista: No se halla ni a la derecha, ni a la izquierda ni al centro del actual Sistema. Tampoco es “oligárquico”, “capitalista” (como burda y falsamente lo plantea el marxismo) o “populista” (como burda y falsamente lo plantea la derecha liberal).

 

Por ejemplo los obreros no necesitan violar la integración de las naciones para mejorar sus condiciones de vida y así aspirar a un desarrollo integral. El camino de las reivindicaciones no pasa necesariamente por las ruinas de la Patria. Por eso uno de los grandes méritos del Nacionalismo es haber mostrado con claridad la coexistencia compatible de las dos nociones que, según la falsa dialéctica marxista, serían irreconciliables: La Patria y el Socialismo.


Partiendo de la palabra "Nacional" podemos hallar la génesis y la significación del concepto intrínseco de Nacionalismo. Nacional y Nacionalismo representan dos etapas de la vida de una Nación que se retroalimentan, que se retroaccionan. Lo Nacional es todo aquello dirigido hacia el mundo exterior, hacia el "epos", mientras que el Nacionalismo va dirigido hacia un mundo interior, hacia el "ethos". Lo Nacional representa la fase de delimitación geográfica de las naciones, de su soberanía, de su autodeterminación sobre un territorio determinado, de un moldearse a sí mismo.


El Nacionalismo trasciende lo nacional ya que expresa sus virtudes, sus energías creadoras profundas a nivel interno, es un esculpirse a sí mismo. Lo Nacional representa entonces la movilización territorial de un Pueblo, mientras que el Nacionalismo parte de esa movilización para emprender una movilización espiritual que trascienda conformando un ideal de vida superior más allá de lo meramente temporal. Es un poseerse a sí mismo en una forma, en una expresión de libertad comprendida como poder de autodeterminación. Por eso la Nobleza y el Honor siempre van a estar vinculados al concepto de Nacionalismo, cualidades metafísicas trascendentales que realza a las personas de manera firme, que las hace comportar dignamente ante diferentes situaciones problemáticas que plantea la existencia humana y de las que nunca van a dejar que lo humillen o degraden. 


Por lo tanto el Nacionalismo pone el acento en un nivel superior de conciencia de un Pueblo. En la reafirmación de una propia identidad, de una personalidad mediante una autodeterminación política y frente a los embates de todo sistema extranjero disolvente. Es una barrera frente a toda descomposición social disolvente. Desde que la fase nacional de un Pueblo tiende a hacerse "nacionalista", el proceso de descomposición social se detiene y la historia de esa Comunidad Nacional entra en un ritmo constructivo.


La concepción cosmovisional del Nacionalismo por más que se defina como la más justa y noble nunca tendrá sentido si sus principios doctrinarios no se acoplan a un Movimiento de total acción y de resuelto Espíritu de Lucha. O dicho de otra manera, abandonar la lucha por el Pueblo (en una suerte de mentalidad derrotista) para reducirse al individualismo, a la mera formación intelectual, al elitismo -inclusive manteniendo el mejor estilo- es un acto de traición al Nacionalismo.


La única manera de amar a la Patria consiste en sacrificarse por ella. Y para emprender este noble y heroico sacrificio primero debemos tener un sincero y auténtico cambio interno, un despertar. Estar plenamente identificados y esclarecidos por la Causa a defender, construyendo una personalidad noble y virtuosa en Hombres y Mujeres, una voluntad firme que nos haga trascender como verdaderos patriotas siempre fieles a los irrenunciables principios del Nacionalismo. Y así como la luz olímpica de la Sabiduría Ancestral trasciende hacia lo Alto los grandes principios siempre son eternos.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


domingo, 6 de noviembre de 2022

10 DE NOVIEMBRE, DÍA DE LA TRADICIÓN


El 18 de agosto de 1939 el Congreso de la Provincia de Buenos Aires sancionó la Ley N° 4.756/39 que declaraba el 10 de noviembre como el Día de la Tradición, por el natalicio de José Hernández, autor del Martín Fierro. Posteriormente, el 30 de septiembre de 1975 el Congreso de la Nación sancionó la Ley N° 21.154, declarando la conmemoración extensiva a todo el territorio nacional.


La palabra tradición deriva del latín “tradere”, significando donación o legado. Es lo que identifica a un Pueblo y lo diferencia de otros, siendo entonces un valor propio y profundo, un conjunto de costumbres que se transmiten de padres a hijos, un legado que cada generación recibe de la que le antecede y que a su vez hace los mismo para las futuras. Por ende es esa misma tradición la que constituye una cultura popular, la que reafirma siempre una Identidad Nacional y un Arquetipo representativo de la misma.


José Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en el actual Partido de General San Martín del conurbano bonaerense. Tuvo una vida pública muy destacable. Fue poeta, periodista, orador, comerciante, contador, taquígrafo, estanciero, soldado y político. Comenzó a leer y a escribir con tan sólo cuatro años de edad. En 1843, año del fallecimiento de su madre, su padre lo llevó a vivir al campo, donde era capataz en las estancias del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas (por aquellos tiempos primera Magistratura del país).


Fue en este entorno campestre cuando tomó contacto con gauchos e indios. Debido a su proximidad con ellos tuvo la oportunidad de conocer sus costumbres, su mentalidad, su lenguaje, su cultura. Aprendió a quererlos, a admirarlos, a comprenderlos, y también a entender sus dificultades en la vida cotidiana. En 1857 –poco después de fallecer su padre–se instaló en la ciudad de Paraná, contrayendo matrimonio dos años después. Su labor periodística la inició en el diario El Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato del caudillo federal riojano Brigadier General Ángel Vicente ‘Chacho’ Peñaloza (asesinado el 12 de noviembre de 1863 durante la presidencia de Bartolomé Mitre y por encargo del por entonces gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento). El Chacho había sido uno de los últimos líderes federales en resistir el despotismo y el centralismo pro-inglés del poder político de Buenos Aires.


En 1863 estos artículos fueron publicados como libro bajo el título Rasgos biográficos del General Ángel Peñaloza. En 1869 fundó el diario El Río de la Plata, en cuyas columnas defendió a los gauchos y denunció los abusos cometidos por las autoridades de la campaña. También fundó el diario El Eco, de la Provincia de Corrientes, cuyas instalaciones fueron destruidas por sus adversarios políticos. Colaboró además en los periódicos La Reforma Pacífica, de Paraná y La Patria, de Montevideo. En el orden militar intervino en dos batallas muy importantes para el destino del país: La batalla de Cepeda (1859) y la batalla de Pavón (1861).


Luchó junto al caudillo federal entrerriano Ricardo López Jordán. Este último había llevado adelante una rebelión federal en la poderosa Provincia de Entre Ríos del General Justo José de Urquiza, por el acercamiento político de éste hacia el presidente Sarmiento. Esta rebelión duró desde el 11 de abril de 1870 (fecha del asesinato de Urquiza en el majestuoso Palacio San José de Entre Ríos) hasta el 16 de septiembre de 1876 (cuando López Jordán finalmente capituló y cayó derrotado). La rebelión jordanista fue el último conflicto, si se puede decir así, entre unitarios y federales.


Debido a las continuas guerras civiles en nuestro país, José Hernández se vio obligado a exiliarse, primero en Brasil y posteriormente en Uruguay. Recién en 1874 y gracias a una amnistía política que paró la violencia pudo volver al país. En el orden legislativo se desempeñó como diputado y luego como senador de la Provincia de Buenos Aires. Tomó parte activa junto a Dardo Rocha en la fundación de La Plata en el año 1882. Y como presidente de la Cámara de Diputados defendió el proyecto de federalización de Buenos Aires, que pasó a ser la capital del país en 1880.


A fines de 1872 se produjo la salida de su obra cumbre El Gaucho Martín Fierro, el poema de género gauchesco que se convirtió en la obra literaria del más puro y genuino folclore argentino. Traducido a numerosos idiomas, es la obra por excelencia de la literatura argentina. Y es aquí donde Don José rinde homenaje al gaucho, a quien lo describe en su ser, en sus vivencias, en su drama cotidiano, en su desamparo, en sus vicisitudes y en sus bravuras. Este gran éxito literario lo llevó a continuarlo con la salida en 1879 de su segunda parte, La vuelta de Martín Fierro. Posteriormente, en 1881 publicó su obra Instrucción del Estanciero. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano.


El Martín Fierro de José Hernández es en el fondo la descripción de la dura realidad que vivía el país hacia la segunda mitad del siglo XIX. Una denuncia social que encierra las grandes verdades de aquel momento como hoy en día: La falta de educación, el menosprecio por lo nacional, la subordinación a los poderes mundiales, la corrupción en lo judicial, la deficiente organización militar, la deficiencia de la policía y el resentimiento de los sectores postergados por el poder político de turno. Y todo ello a través de un clarísimo lenguaje rural.


Una denuncia social dentro de un contexto político en particular. Con la derrota nacional en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852 (la mayor tragedia política sufrida por el país), el unitarismo masónico aliado al colonialismo brasileño e inglés disolvió el sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera y terminó con el Federalismo como política de Estado. Con la caída de Rosas el país dejó de ser una Nación libre para convertirse nuevamente en colonia.


En adelante se establecieron diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista en expansión. Y la entrega económica estuvo acompañada de una entrega tanto territorial como espiritual. En nombre de la “libertad de comercio” se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado en los tiempos del Restaurador. Brasil inclusive sacó su enorme tajada al incorporarse de manera unilateral las Misiones orientales, al obtener la libre navegación de los ríos y la hegemonía política sobre Uruguay y la Argentina.


Y todo ello en nombre de la “civilización”, pero civilización entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino, que era criollo. De la misma manera se va a empezar a considerar “tiránico” al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose de manera paralela a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en los hechos concretos constituyeron oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación. Y repudiando lo autóctono se ejecutó un verdadero genocidio, una sistemática matanza de criollos, imponiéndose esa falsa muletilla conocida como “inutilidad del criollo”, lo que tampoco era ninguna novedad ya que venía propagándose desde los tiempos de Rivadavia. Y todo esto produjo el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con el verdadero Arquetipo.


Es en todo este proceso de aculturación y de desprecio por lo nuestro en donde se debe contextualizar el Martín Fierro de José Hernández, la obra literaria argentina por excelencia, la narración de un verdadero drama social que tiene como principal protagonista al gaucho de estas tierras, aquel que a pesar de tantos sinsabores sufridos siempre resiste fiel y bajo un viejo Código de Honor.


Ante un nuevo aniversario por el Día de la Tradición reafirmemos una vez más nuestra Identidad, nuestra Cultura, nuestro Ser Nacional. Redoblemos una lucha de unión nacionalista entre todos los argentinos. Ya lo decía con claridad meridiana José Hernández en el inmortal Martín Fierro: “LOS HERMANOS SEAN UNIDOS PORQUE ESA ES LA LEY PRIMERA; TENGAN UNIÓN VERDADERA EN CUALQUIER TIEMPO QUE SEA, PORQUE SI ENTRE ELLOS PELEAN LOS DEVORAN LOS DE AFUERA”.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


jueves, 13 de octubre de 2022

17 DE OCTUBRE DE 1945, EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO


A pesar de haberse agitado el ambiente sindical y que hasta inclusive la mismísima Confederación General del Trabajo había decretado una huelga general para el día 18, todo sucedió de manera vertiginosa y espontánea. Lo que ocurrió el famoso miércoles 17 de octubre de 1945 superó a todos: Al endeble gobierno, a la Fuerzas Armadas, a los partidos políticos, a los grandes diarios opositores y también al mismísimo Juan Domingo Perón.


Pago de vacaciones; aguinaldo; previsión de accidentes laborales; convenios colectivos a favor de los trabajadores; aumento de salarios; extensión del régimen jubilatorio; creación de Tribunales de Trabajo para la regulación de conflictos entre patrones y obreros; sanción del Estatuto del Peón (lo que tanto había enfurecido a los sectores concentrados del campo). Las amplias medidas sociales establecidas por el entonces Coronel Perón desde la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión Social -en el marco de la Revolución Nacional del 4 de Junio de 1943- habían generado una inédita redistribución de la riqueza y de armonización entre el Capital y el Trabajo. 


Sin embargo, el gobierno del General Edelmiro Farrell estaba cada vez más cercado por una importantísima fuerza opositora: La embajada norteamericana (y a través de ella Inglaterra); la Unión Industrial Argentina; la Sociedad Rural Argentina; la Bolsa de Comercio; la Federación Universitaria Argentina; las asociaciones de comerciantes y ganaderos; los tradicionales partidos políticos; la totalidad de la Marina -netamente anti-peronista- como así también un importante sector del Ejército.


La popularidad del Coronel Perón fue creciendo cada vez más. Desde principios de 1944 empezó a ejercer el Ministerio de Guerra y desde junio de ese año la mismísima vicepresidencia de la Nación. Pero el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial dio un vuelco a la situación: Desde mayo de 1945 hizo su arribo a nuestro país un personaje de suma importancia por los hechos posteriores, el embajador de EEUU Spruille Braden, quien durante más de cuatro meses fue el conductor de la oposición al gobierno y dentro de la cual se hallaban la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista y los conservadores.


El 8 de octubre de 1945 el enfrentamiento entre el Coronel Perón y el General Eduardo Ávalos, Jefe de Campo de Mayo (la guarnición militar más importante del país) aceleró el proceso. La oficialidad superior le pidió a Perón que renunciara a sus tres cargos, por entonces la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, el Ministerio de Guerra y la Vicepresidencia de la Nación. Producto de una permanente presión, el Líder de los Trabajadores renunció al día siguiente. Sólo la miopía política gobernante podía ignorar todo lo que vendría. La renuncia fue un verdadero impacto emocional, una verdadera bomba de tiempo. 


En su reemplazo al frente del Ministerio de Guerra fue designado el General Ávalos. El 13 de octubre Perón llegó en calidad de detenido a la isla Martín García. El Poder Ejecutivo decidió detenerlo porque se temía que se podía atentar contra su vida. La defenestración hacia Perón y la reacción anti-nacionalista / anti-obrera dio lugar a la aparición de diferentes personeros siempre vinculados al antiguo régimen del fraude, la corrupción y el entreguismo. Los argentinos tradicionalmente periféricos, los ignorados de siempre, los omitidos (como hoy en día) de súbito aparecieron en la mismísima ciudad de Buenos Aires para imponerse de manera arrolladora.


Desde la mañana de aquella histórica jornada la masa trabajadora empezó a volcarse de manera masiva hacia la Capital Federal, con muy nutridas columnas que marchaban hacia el centro de Buenos Aires. Era una verdadera marea humana la que una y otra vez pasaba, proveniente sobre todo de las zonas industriales del Conurbano Bonaerense. El objetivo era arribar a la Plaza de Mayo. Comenzaron a levantarse huelgas y muchísimos manifiestos de protestas a través de diferentes sindicatos. De manera espontánea la masa trabajadora fue la principal protagonista, arrasando con todo y exigiendo como única consigna la liberación de su Líder. Metafóricamente hablando nadie los conducía, todos eran capitanes.


Ya era demasiado tarde como para generar alguna reacción. Para buscar descomprimir el eufórico y desbordante reclamo en la Plaza de Mayo, el flamante Ministro de Guerra Ávalos se entrevistó con Perón en el Hospital Militar, para luego comunicarse telefónicamente con Campo de Mayo y hacerle saber a la oficialidad superior que Perón hablaría desde el Balcón de la Casa Rosada. La noticia confundió y contrarió a estos militares (que se habían jugado el todo por el todo en el desplazamiento de Perón). Desde la isla Martín García el desterrado pidió por su restitución a Buenos Aires, a lo que el presidente Farrell accedió trasladándolo al Hospital Militar de esta ciudad.


A las 21.45 horas Perón ya estaba con Farrell en la residencia presidencial. Conversaron hasta las 22.25 horas y después se dirigieron hacia la Casa de Gobierno. El número de concurrentes se situó entre las 200.000 y 300.000 personas. La permanente tensión se daba con un gran frenesí y de manera infatigable se seguía reclamando la presencia física de Perón. Poco después de las 23 horas finalmente Perón salió al Balcón de la Casa Rosada estallando una impactante ovación por espacio ininterrumpido de 15 minutos. Era la felicidad total. La gente parecía haberse vuelto loca. Gritaban, saltaban, lloraban y coreaban estribillos con voces cada vez más enronquecidas. Allí tenían enfrente al referente por el cual se habían jugado. Sano y salvo. Vencedor.


 Farrell intentó hacerse oír, pero más que un discurso era una presentación hacia el hombre que había sabido ganarse el corazón de miles y miles de argentinos. Y cuando por fin el gran triunfador de la memorable jornada pronunció su primera palabra desde el Balcón, expresión que fue “¡Trabajadores!” una nueva explosión de júbilo se hizo sentir. A continuación señaló: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino”.


También expresó estas palabras que quedaron para el recuerdo, “dejo el honroso uniforme que me entregó la Patria para vestir la casaca de civil y confundirme con una masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza de la Patria. Con esto doy un abrazo final a esa institución que es un puntal de la Patria: el ejército. Y doy también el primer abrazo a esa grandiosa que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la República: la verdadera civilidad del pueblo argentino. Esto es el pueblo”. Luego de su memorable discurso, la consecuencia inmediata desde lo político fue la renuncia de Ávalos al frente del ministerio de Guerra.


La Argentina ya no fue la misma, hubo un antes y un después. Uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia que desnudó las falencias de los tradicionales partidos políticos y de los sectores de poder vigentes hasta entonces. La movilización más emblemática en toda la historia de las luchas sociales que generó consecuencias de fondo: La ruptura con los convencionalismos políticos vigentes; el surgimiento de una nueva, innovadora y en principio revolucionaria fuerza política que giró en torno a la figura estelar del 17 de Octubre, el Coronel Perón; la definitiva incorporación de los trabajadores al proceso político argentino y como uno de los factores de poder, subordinados a su conductor natural; el nacimiento de la antinomia peronismo / anti-peronismo, algo así como la Patria vs. la anti-Patria de nuestros días.


Fue una epopeya, un verdadero Despertar de la Patria Grande, ‘el subsuelo de la Patria sublevado’ al decir del historiador revisionista Raúl Scalabrini Ortíz. Un gran espejo en el cual hoy más que nunca los argentinos debemos mirarnos ante tanta miseria política, ante tanta degradación social, ante tanta falta de trabajo y precariedad laboral, ante tanto servilismo a los poderes mundiales y ante tanta corrupción organizada. Fue el hecho que marcó el fin de una Argentina para dar comienzo a otra Argentina. Pero más que eso, el 17 de Octubre de 1945 es la vigencia de una Lucha, la de la Justicia Social.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 10 de septiembre de 2022

JOSÉ IGNACIO RUCCI, EL ASESINATO QUE CONMOCIONÓ AL PAÍS

 

Nacido el 15 de mayo de 1924 en Alcorta, al sur de la Provincia de Santa Fe, se inició en el campo como domador de caballos. Luego de trasladarse con su familia a Rosario se desempeñó en diversas tareas, desde limpiar tripas en un frigorífico hasta vender chocolates en un cine. Instalado en Buenos Aires entró en la fábrica de cocinas ‘Catita’, una marca muy popular de la época donde comenzó como barrendero hasta convertirse en obrero metalúrgico. En 1944 se afilió a la flamante Unión Obrera Metalúrgica y tres años después inició su actividad gremial al ser elegido delegado de esa fábrica.


Luego del golpe de Estado de 1955 estuvo preso y posteriormente participó activamente en la Resistencia Peronista a las órdenes de Augusto Timoteo Vandor, el nuevo líder de los metalúrgicos. Para ese entonces ya era un ávido lector del Revisionismo Histórico Argentino, con José María Rosa a la cabeza. Además leía al mismísimo General Juan Domingo Perón, a quien “quería más que al padre”, tal como solía manifestarle a su esposa ‘Coca’. A su vez frecuentaba a los nacionalistas católicos como Charles Maurras. Todo ello fue reafirmando cada vez más su identidad con el Nacional-justicialismo y dentro de una doctrina nacionalista.


A principios de los ’60 la carrera sindical de Rucci dio un salto cuando Vandor lo designó encargado de prensa de la Unión Obrera Metalúrgica. Pero Vandor y Rucci tenían una diferencia sustancial sobre la figura de Perón. El primero sostenía que el sindicalismo, convertido ya en la columna económica y política del Justicialismo, debía olvidarse de Perón y desarrollar un proyecto propio para, entre otras cuestiones, negociar con los sectores de poder desde sus propios intereses. Era el famoso “peronismo sin Perón”. Para Rucci sólo podía haber peronismo con Perón, y el sindicalismo debía convertirse en la punta de lanza del Movimiento Nacional-justicialista para arrancarle al gobierno de turno el regreso del General, el único capaz de continuar  con la revolución peronista que el golpe del ´55 había dejado inconclusa.


Con esas diferencias de fondo y luego del asesinato de Vandor, el 30 de junio de 1969, finalmente el 6 de julio de 1970 José Ignacio Rucci asumió el cargo de Secretario General de la CGT, convirtiéndose de esta manera como uno de los hombres más poderosos del país. Carismático, pasional y de muy buena expresión en público, desde este máximo cargo siempre propició activamente aumentos salariales y mejoras laborales, pero fue más allá al exigir el retorno de Perón y el fin de su proscripción. Sus reclamos siempre tenían un estilo directo, frontal y combativo hacia la dictadura de Alejandro Lanusse (un antiperonista de pura cepa que inclusive se había sublevado en 1951).


Para Rucci el Movimiento Obrero no podía estar al margen de los grandes problemas existentes del país, sólo podía alcanzar la plenitud de sus derechos con la toma del poder, o sea con Perón. Luego de la asunción de Héctor J. Cámpora como presidente, el 25 de mayo de 1973, de su desviacionismo del Nacional-justicialismo, de su apertura hacia las organizaciones guerrilleras marxistas, de las crecientes accionares terroristas de estas organizaciones, y en definitiva de su debilitamiento en el poder hasta terminar renunciando, la campaña pre-electoral de los comicios presidenciales del 23 de septiembre de 1973 fue llevada adelante por los sindicatos, con Rucci a la cabeza. En esta histórica fecha Perón se convirtió en presidente de los argentinos por tercera vez.


El Líder de la CGT fue una pieza clave en el denominado Pacto Social, la médula del plan de gobierno de Perón, lo que implicaba una vuelta al peronismo, al desarrollo industrial y al reparto equitativo de la riqueza. Este Pacto Social le dio a Rucci muchísimo poder porque todos los nombramientos en los puestos clave del Estado requerían de su firma, junto con la del ministro de Economía José Gelbar. Y a medida que Rucci aumentaba su protagonismo político junto a Perón y en contra de Montoneros, fue concentrando toda la bronca e ira.


El martes 25 de septiembre de 1973, siendo las 12.10 horas fue acribillado en la vereda de su domicilio, Avenida Avellaneda 2.953 en el barrio porteño de Flores. Fue a tan sólo dos días del rotundo triunfo electoral del Líder de los Trabajadores. Cuando abrió la puerta de su casa para salir, sus 13 guardaespaldas estaban en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre la avenida. Pero esto no impidió el accionar. Lo más cerca que estuvo Montoneros de hacerse cargo del asesinato de Rucci fue lo publicado en un recuadro titulado “Justicia popular” aparecido en la revista “Evita Montonera”, organo oficial de Montoneros, de junio-julio de 1975. La nota incluyó una lista de “traidores” que habían sido muertos por la “Orga”. Y en esa lista aparecía José Ignacio Rucci “ajusticiado por Montoneros por haber sido culpable de la Masacre de Ezeiza”, tal la sentencia lapidaria que lo condenó.


En total recibió 25 tiros entre tres personas, que le dispararon con FAL, itaka y una pistola 9 milímetros. Fue la denominada Operación Traviata por la muy popular publicidad de las galletitas Traviata, de Bagley, cuyo lema era “la de los veintitrés agujeritos” . El demencial acto terrorista ocurrió cuando precisamente intentó abrir la manija del auto Torino rojo para subir. Su principal asesino fue Julio Iván Roqué, alias ‘Lino’, el N° 6 de la Conducción Nacional de Montoneros y uno de los fundadores de las FAR. Un siniestro personaje que ya había recibido instrucción militar en Cuba, y que luego del atentado había realizado cursos militares en Argelia, el Líbano y Europa del este. Inclusive, el 25 de mayo de 1973 (con la asunción de Cámpora) había sido uno de los tantos presos liberados de la cárcel de Devoto. Roqué finalmente murió en mayo de 1977 en Haedo, luego de tomar una pastilla de cianuro y volarse al estar rodeado por miembros de la Marina (para ese año ya era el N° 1 de Montoneros). El periodista y ex guerrillero Miguel Bonasso afirmó en su libro ‘Diario de un Clandestino’ que fue el propio Mario Firmenich quien le confirmó oficialmente el asesinato de Rucci a manos de esta organización.


La muerte de Rucci fue un apriete al mismísimo General, buscándose con este magnicidio “persuadirlo” para que se los tuviera en cuenta en la conducción del Gobierno y del Movimiento, una lectura más que burda y disparatada. Tal como lo afirma el periodista e investigador Ceferino Reato en su obra ‘Operación Traviata’, muchos de quienes hoy se reivindican como los herederos de Montoneros y de la década del ’70 adoptan un status de superioridad moral en relación al resto de la sociedad. Construyen un relato histórico que acomoda los hechos a su antojo. Cuando se les habla de sus crímenes y de sus aberraciones ya esgrimen los “ideales”, como si esto bastara para justificar sus actos demenciales. Si los ideales no alcanzan entonces hablan de los desaparecidos y torturados por la dictadura (como si esto también alcanzara para dejar de lado sus crímenes). Y si lo anterior no alcanza ya optan por descalificar al que piensa diferente.


Leal a Perón (como ninguno) y fiel a la Doctrina Nacional-justicialista, el asesinato de José Ignacio Rucci marcó un quiebre, un antes y un después no sólo en el peronismo sino en la Argentina de los años ‘70. La respuesta inmediata fue la aparición de la Triple A conducida por José López Rega, con la consecuencia de un creciente espiral de violencia cada vez más incontenible, y que a los ojos de muchos argentinos legitimó el golpe militar de 1976. A pesar del tiempo transcurrido, el crimen de Rucci sigue presente en la memoria colectiva. La pieza clave en el diseño y armado político de Perón, en el pacto entre empresarios y sindicalistas para contener la inflación, para impulsar la industria nacional y volver a un reparto más equitativo entre el Capital y el Trabajo.


El 17 de julio de 1998, en Roma, 160 países decidieron establecer una Corte Penal Internacional permanente para juzgar a individuos responsables de los más graves delitos y crímenes que afectan al mundo entero, el Estatuto de Roma de la Corte Internacional. En su artículo 7°, el Estatuto de Roma aclara que por ataque generalizado o sistemático contra una población civil “se entenderá una línea de conducta que implique la comisión múltiple de actos contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer esos actos o para promover esa política”. A pesar del actual  revanchismo ideológico setentista K, la Argentina ratificó el Estatuto de Roma en el año 2001. ¿Se hará justicia con el asesinato que conmocionó al país? ¿O seguiremos con una memoria olvidadiza, con una verdad mentirosa y con una justicia tuerta?.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.



miércoles, 3 de agosto de 2022

12 DE AGOSTO, DÍA DE LA RECONQUISTA DE BUENOS AIRES

 

El 9 de junio de 1806 una escuadra naval inglesa, compuesta por ocho buques y a las órdenes del Almirante Sir Home Popham se aproximaba a la Banda Oriental con el propósito de conquistar la indefensa Buenos Aires: 1.200 hombres de desembarco comandados por el General William Carr Beresford. Ante tamaña situación, el gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro, dio aviso al Virrey Rafael de Sobremonte quien supuso que los barcos por su tamaño no podrían entrar al puerto de Buenos Aires, razón por la cual se apresuró a mandar a Montevideo las pocas fuerzas veteranas que quedaban en la Capital del Virreinato ordenando a su vez el acuartelamiento de las milicias.


El 25 de junio Sobremonte recibió con estupor la noticia de que los ingleses habían desembarcado en Quilmes y se dirigían hacia Buenos Aires. Rápidamente envió una defensa compuesta por cuatrocientos milicianos y cien blandengues mal armados, dispersos por el fuego de las baterías inglesas y por su disciplinada infantería. Despejado el camino, Beresford intimó la rendición y el jefe militar de mayor graduación a cargo de la defensa, Brigadier Hilarión de la Quintana, vio la inutilidad de resistir entregando la Ciudad y el Fuerte. Mientras tanto Sobremonte se había retirado a la ciudad de Córdoba con los caudales del Tesoro Público para desde allí organizar la resistencia (caudales saqueados a la altura de Luján con un total de cuarenta toneladas de pesos plata luego enviados a Londres el 17 de julio en la fragata “Narcissus”).


El 27 de junio las tropas colonialistas inglesas entraron a la Ciudad de Buenos Aires en medio de la consternación generalizada. Flameó por primera vez la bandera inglesa. Como nuevo gobernador Beresford publicó un bando general a la población con la intención de congraciarse prometiendo respeto a la religión católica y a la propiedad privada. Estableció la libertad de comercio para el beneficio de los comerciantes ingleses y de la clase acomodada de Buenos Aires, generándose un fuerte drenaje de divisas. También se auspició la creación de las logias masónicas Hijos de Hiram y Estrella del Sur, con la clara intención de atraer a nativos o residentes extranjeros a la influencia inglesa. Al mismo tiempo solicitó al gobierno inglés el envío de refuerzos militares.


El 7 de julio Beresford exigió el juramento de lealtad hacia su Majestad Británica el Rey Jorge 3° por parte de militares y funcionarios. Concurrió el Clero casi en su totalidad, el Cabildo en pleno como así también el Consulado pero a excepción de Manuel Belgrano (secretario del mismo), quien se exilió marchando hacia la Banda Oriental. La Real Audiencia y el Tribunal de Cuentas rehusaron la jura y sus funcionarios no continuaron en sus cargos.


Pero pronto vendría la reacción de criollos y patriotas. Sobremonte reunía milicias en Córdoba para acudir a libertar Buenos Aires y lo mismo hacía Ruiz Huidobro desde Montevideo, al tiempo que Don Juan Martín de Pueyrredón se destacaba reclutando milicianos en la campaña. Para coordinar estos esfuerzos dispersos se ofreció un oficial francés al servicio del Rey de España en calidad de jefe de una escuadrilla de chalupas cañoneras que defendían las costas de la Banda Oriental: El capitán de navío Don Santiago de Liniers y Bremond, quien pasó a Montevideo y obtuvo del gobernador de la plaza refuerzos, que sumados al contingente reunido por Pueyrredón, llegaban a un total de mil hombres.


Luego de cruzar el Río de la Plata, el 4 de agosto Liniers arribó al Puerto de las Conchas, actual partido de Tigre, para marchar hacia la histórica capital del Virreinato del Río de la Plata. El 10 de agosto acampó en los Corrales de Miserere y desde allí le intimó la rendición a Beresford, dándole tan sólo quince minutos para responder. La negativa de Beresford dio la señal. Liniers se dirigió con sus tropas al Retiro, plaza donde se había fortificado el enemigo. Se combatió todo el día 11, desde las cinco de la mañana y con gran ardor de ambas partes. Finalmente, la ocupación del Retiro facilitó a los patriotas el aprovisionamiento de piezas y repuestos de artillería.


Popham buscó contragolpear desde el río cañoneando las calles de Buenos Aires, valiéndose para ello del navío “Justine”, que aligerado en su peso se acercó a la costa para iniciar el bombardeo. Quiso la bajamar que el navío quedara varado en el lecho del río, razón por la cual -y en un hecho realmente inusitado- la brava acción de la caballería comandada por Pueyrredón, entre los que se destacó en esta increíble acción el joven salteño Martín Miguel de Guemes, capturó la embarcación.


Al anochecer los ingleses se replegaron hacia la Plaza Mayor y el Fuerte. Toda la noche fue empleada por el enemigo en la preparación de la resistencia, fortificando las entradas de la Plaza con emplazamiento de cañones en las bocacalles y tiradores en las azoteas. Mientras tanto, Liniers compensaba con creces las pérdidas sufridas con la incorporación entusiasta de voluntarios, hasta casi duplicar sus fuerzas iniciales.


El 12 de agosto de 1806 Liniers atacó la Plaza por cuatro puntos. La defensa inglesa cedió, lo que generó un repliegue hacia el interior del Fuerte, abriéndose un intenso fuego con los mismos cañones abandonados por el enemigo. Sin más remedio, Beresford izó la bandera de Parlamento, pero Liniers exigió una rendición incondicional. Perdido y ante un pueblo todavía enardecido Beresford finalmente mandó izar la bandera española inclusive antes de escuchar las condiciones de rendición. Los enemigos sobrevivientes depusieron las armas y desfilaron ante nuestras milicias triunfantes. El botín de guerra consistió en treinta y cinco cañones de muralla, veintinueve de campaña, mil setecientos fusiles y las banderas del Regimiento N° 71.


El encuentro entre Liniers y Beresford fue breve. Inmediatamente el general invasor firmó la capitulación ante el Héroe de la épica jornada y evacuó sus naves. Los ingleses sufrieron 417 bajas, mientras que los criollos 180 entre muertos y heridos. Eran las 15.00 horas del histórico Día de la Reconquista. El júbilo de Buenos Aires fue inmenso, como así también su entusiasmo por el jefe que había decidido la victoria. Liniers aparecía ante todos como el caudillo natural, como el conductor providencial y necesario, y en tal sentido fue designado jefe militar en Buenos Aires por un Cabildo Abierto (Cabildo que también cuestionó duramente la inacción del virrey Sobremonte).


Bajo la dirección de Santiago de Liniers, y esperando una nueva ofensiva inglesa, se constituyeron cinco regimientos de criollos y otros tantos de peninsulares: Los Patricios (oriundos de Buenos Aires con Cornelio Saavedra a la cabeza); los Arribeños (provenientes de las provincias de “arriba”, Córdoba, Tucumán, Salta, Catamarca, Charcas, Chuquisaca); los Morenos y Pardos (mestizos); los Naturales (compuesto por indígenas especialmente de Las Pampas) y los Cazadores Correntinos (de la región mesopotámica). Y junto a ellos los peninsulares, los Asturianos y Vizcaínos, los Montañeses, los Andaluces, los Catalanes y los Gallegos.


En la invasión de 1806 las tropas inglesas robaron, violaron, saquearon y asesinaron, lo que generó como lógica consecuencia la furia de los vecinos de Buenos Aires. El furibundo rechazo de un ejército invasor de primera línea como el inglés -con experiencia en diversos campos de batalla-, sentó las bases de un proceso de toma de conciencia de las propias fuerzas.


Si los argentinos pretendemos reconquistar en la actualidad un país independiente –que en los hechos concretos no existe– no podemos dejar de lado la verdad histórica. Y esta verdad histórica tuvo en su origen el Triunfo de todo un Pueblo consciente que rechazó abiertamente a los invasores ingleses, donde se derrotó a la mayor potencia mundial de la época. Claramente un legado a seguir.


Es lo que sentencia con claridad meridiana Néstor Forero en su obra “El saqueo de 1806”: “Recuperar la historia es desandar los senderos del dolor, la mentira y el engaño, pero también recuperar el sendero del amor y del heroísmo. Nuestra historia, es la historia de la sangre. Se cuentan por miles los que han dejado sus huesos en los campos de batalla para que el odio del olvido los cubra y nos arrebate su testimonio de vida y su testimonio de muerte”.


El 12 de Agosto de 1806 es el comienzo y a la vez la continuidad  de una antigua raza emancipadora, raza a la que hubo que debilitar desde el inicio para que no se pueda sostener ni la libertad ni la dignidad. Pero a pesar de ello el patriotismo militante se pone de pie y grita con voz firme hoy más que nunca: ¡Gloria y Honor a los Héroes de la Reconquista de Buenos Aires! ¡Gloria y Honor a Santiago de Liniers!




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...