sábado, 1 de abril de 2023

LA GESTA DEL 2 DE ABRIL, EN LOS LAURELES DE LA PATRIA GRANDE

 

El Batallón de Infantería de Marina N°2, la Agrupación Comandos Anfibios y una sección de tiradores del Ejército Argentino fueron las principales fuerzas que formaron parte del Operativo Rosario, la sorpresiva acción militar de Reconquista que tomó por las armas nuestras Islas Malvinas aquel emblemático 2 de abril de 1982.


Luego de establecerse a partir de las 00.30 horas del 2 abril una cabecera de playa en la zona oeste de las Islas Malvinas, el grupo comando avanzó sobre el denominado Port Stanley por los ingleses, valga decir Puerto Argentino, y los marines británicos finalmente se replegaron sobre el casco urbano. Como es sabido en las primeras acciones en tierra malvinense cayó herido de muerte el capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino, quien se convirtió de esta manera en el primer mártir.


Ya con el control de los principales puntos y accesos, las fuerzas argentinas comenzaron a ampliar el perímetro para evitar que los soldados británicos pudieran lanzar un ataque desde posiciones externas no descubiertas. Hacia las 09.25 horas el consternado gobernador Rex Hunt había decidido parlamentar con los argentinos, poniéndose en contacto de radio a través del vicecomodoro Héctor Gilobert con el destructor “Santísima Trinidad”, buque insignia de la flota de asalto. Solicitó encontrarse con el jefe de las fuerzas argentinas en Puerto Argentino.


El contraalmirante Carlos Busser, jefe de la operación anfibia, no dudó en dirigirse allí, siendo acompañado por los capitanes británicos Roscoe y Monnereau, todos desarmados. Rex Hunt se negó a darle la mano, y en un acto de altanería ordenó al contraalmirante Busser a que abandonara las islas con todas sus tropas. El comandante argentino simplemente hizo valer un argumento mucho más valedero. Disponía de unos 700 hombres sitiando Puerto Argentino, y con una gran cantidad de hombres desplegados ya en el aeropuerto, Darwin y Pradera de Ganso.


Después de un breve y tenso encuentro, el gobernador Hunt finalmente ordenó la rendición de las tropas británicas. La operación de recuperación de las islas Malvinas es considerada por historiadores y analistas militares como una de las acciones militares más incruentas y más profesionales de la historia militar contemporánea. Y actualmente es objeto de estudio en las principales academias militares extranjeras, así como un ejemplo del empleo de la fuerza para la obtención benigna y a su vez letal de un objetivo político.


 Las Islas Malvinas volvían a ser argentinas después de 149 años de usurpación británica. Una vez más, la pérfida Albión se rendía ante nuestras armas, tal como ocurriera durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, o como también sucediera luego de haberse librado el enorme y desigual combate de Vuelta de Obligado en 1845, en épocas de la Confederación Argentina de Juan Manuel de Rosas.


Lo políticamente sustancial fue que se recuperaron las Islas Malvinas, usurpadas desde enero de 1833 por la prepotencia y la brutalidad del colonialismo inglés. El pueblo argentino supo diferenciar la recuperación de nuestro patrimonio territorial de lo que era la dictadura militar que gobernaba los destinos de nuestro país por aquel entonces.


¿Qué reflexión podemos hacer ante un nuevo aniversario del 2 de Abril? Honrar a nuestros Héroes. Honrar a todos aquellos que dieron la vida por una causa superior, pero no desde el recuerdo o desde un mero acto. Debemos honrarlos desde una definitiva toma de conciencia. Debemos comprender que hoy en día es imprescindible luchar para lograr una auténtica Soberanía Política, una auténtica Soberanía Económica y una auténtica Soberanía territorial respecto a los actuales poderes de explotación mundial.


Ser libres de toda forma de dominación extranjera para realizarnos en el Bien Común. Sin dialécticas desmalvinizadoras, sin demagogias en el discurso, sin desidias políticas internas que tanto duelen para así poner en práctica y de manera definitiva un Destino Grande de Nación. La Soberanía Política siempre se debe afirmar en un “Real Señorío de lo Propio”, en una integridad territorial. Y sin ella ningún gobierno puede tomar decisiones plenas ni administrar justicia conforme al Bien Común. Aceptar intromisiones foráneas significa entonces entrar en una contradicción misma. Nunca podrá existir un franco estado de paz a nivel mundial mientras el respeto a la integridad de los países no predomine sobre cualquier otra consideración.


A su vez, la Soberanía Política no es una expresión de deseos ni una mera formulación jurídica. Es una voluntad irrenunciable que debe existir en todo verdadero Estado. Es un principio rector que siempre se debe llevar adelante y que consiste en poner en práctica el ejercicio pleno del poder sobre todo lo que es propio, sobre todo lo que es nuestro y sin ningún tipo de atropellos extranjeros.


En 1990 el gobierno argentino de Carlos Saúl Menem firmó con el gobierno inglés los tratados de Londres y Madrid, tratados de verdadera humillación y sumisión a Inglaterra que le dan la supremacía militar y de patrullaje en todo el archipiélago malvinero. Tratados que lamentablemente se ocultan y que nunca han sido derogados por la partidocracia gobernante de turno. Una partidocracia que en mayor o menor grado ha llevado adelante un sistemático proceso de desmalvinización desde 1983 en adelante. El ex presidente Raúl Alfonsín se refirió en su momento a Malvinas como “acto demencial” y “carro atmosférico”.


Para Carlos Menem fue una “triste y traumática mancha en la historia de nuestras relaciones con Gran Bretaña”. Para Néstor Kirchner fue “otro crimen de la dictadura” y Mauricio Macri se pronunciaba con sendas frases tan desafortunadas como las anteriores, al sostener: “Nunca entendí los temas de soberanía en un país tan grande como el nuestro”, o “las Malvinas serían un déficit adicional para el país”. Este es el sentido que los cipayos y corruptos de siempre le dan a la gesta malvinera, reforzando siempre la idea de “aventura loca”, o que hubo “chicos de la guerra”. Vale decir, un desprecio imperdonable que en definitiva es lo mejor que le puede pasar a la diplomacia británica.


La causa de nuestras Islas Malvinas siempre va a seguir vigente, siempre va a estar en el Espíritu de Libertad de cada uno de los argentinos de bien, siempre se va a canalizar en toda una conciencia colectiva que siente orgullo de sí misma. Siempre va a estar presente en una idea sana de auto-determinación nacionalista. Por eso nunca va a ser posible encarar un gran destino de país sin Unidad Nacional, sin renunciar a apetencias personales y egoístas. Malvinas es símbolo de Identidad Nacional y de causa justa. Este debe ser el principal sentido de reivindicación de nuestros Héroes del Atlántico Sur. Este debe ser también el principal sentido de reivindicación de Soberanía Política en nuestras queridas Islas.


Ante un nuevo aniversario de la Gesta del 2 de Abril -Gesta que sin lugar a dudas entra en los laureles de la Patria Grande-, reafirmemos nuestra Identidad, reafirmemos nuestro Ser Nacional. Redoblemos una lucha nacionalista de unión entre todos los argentinos. Ya lo decía con claridad meridiana el célebre José Hernández en su inmortal obra ´Martín Fierro´: “LOS HERMANOS SEAN UNIDOS PORQUE ESA ES LA LEY PRIMERA; TENGAN UNIÓN VERDADERA EN CUALQUIER TIEMPO QUE SEA, PORQUE SI ENTRE ELLOS SE PELEAN LOS DEVORAN LOS DE AFUERA”.


Malvinas es la guerra inconclusa; Malvinas tiene Héroes; Malvinas está en el corazón de todo el Pueblo; Malvinas es una forma de sentir; Malvinas es Tradición, Patria, Amor; Malvinas es Disposición, es Entrega, Sacrificio, Orgullo, Arrojo, Valor y Nobleza… Por los Héroes del Atlántico Sur, por los próceres de la Patria Grande y por la dignidad de la Nación Argentina gritemos bien fuerte: ¡¡¡ MALVINAS VOLVEREMOS!!!




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 11 de marzo de 2023

MAPUCHES EN ARGENTINA: ¿QUÉ BUSCAN? ¿QUÉ QUIEREN?

 

Desde el año 2017 el sur argentino es objeto de sistemáticas ocupaciones, incendios de propiedades privadas y reclamos de tierras por parte de los mapuches, un pueblo “originario” sólo en la inventiva del Foreign Office británico. Fuertemente organizados, en la actualidad usurpan violentamente terrenos que no les pertenecen por ser legalmente de propietarios privados, del Estado o de Parques Nacionales. Muchos son los ejemplos que abundan, siendo la localidad de Villa Mascardi, a 35 kilómetros de Bariloche, en la provincia de Río Negro, el ejemplo y epicentro paradigmático de un creciente terrorismo.


En la reivindicación de tierras consideradas como “propias” y “ancestrales” se amparan en el artículo 75, inciso 17, de nuestra Constitución Nacional, que sostiene: “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.



El origen de los mapuches


Los tan promocionados “mapuches” nunca existieron. En realidad se trata de los araucanos, un pueblo guerrero proveniente de la provincia de Arauco, en la República de Chile. Cuando en 1550 la Corona española crea la Capitanía General de Chile, algunos araucanos –ante el avance de los españoles– comienzan a emigrar cruzando la Cordillera de los Andes. La emigración fue una constante desde el siglo XVI en adelante, pero se hizo verdaderamente masiva desde el siglo XIX. Por eso nunca fueron un “pueblo originario” de nuestro actual territorio como se pretende, sino claramente invasores.


Y mientras los araucanos llegaban a lo que hoy es Argentina, estas tierras ya estaban ocupadas por los reales pueblos originarios de la zona, los tehuelches, puelches, ranqueles y pampas, pueblos que los mismísimos araucanos, en cruentas guerras, hicieron desaparecer cometiendo un verdadero genocidio. Los hoy denominados burdamente mapuches acusan al General Julio Argentino Roca de genocida, cuando fueron sus ancestros los responsables del exterminio de los tehuelches. Investigadores argentinos serios como Estanislao Zeballos, Lucio Mansilla o Manuel Prado no mencionan en sus libros a los mapuches como pueblo originario. Tampoco Juan Manuel de Rosas o el General Roca los mencionan en sus respectivas expediciones hacia el sur. 


En el marco de la denominada ‘Campaña del Desierto’ de 1879 encabezada por Julio Argentino Roca, General en Jefe del Ejército Argentino, el futuro presidente enfrentó precisamente a los araucanos, que ya contaban con fusiles Remington provistos desde Chile por obra y gracia de la diplomacia inglesa a cambio de ganado criollo que era robado por los sistemáticos malones. Prueba de ello es que la columna del Ejército Nacional comandada por el Gral. Villegas tenía como objetivo clausurar y controlar los pasos andinos por donde les llegaban a los araucanos los fusiles Remington.


La Campaña de Roca estuvo destinada a integrar, a incorporar de manera efectiva el sector patagónico que por derecho histórico y político siempre nos correspondió y que estaba bajo el poder tiránico del malón araucano cuyos frutos más notables eran el robo de ganado, el de mujeres y la provocación de incendios. En realidad, la expedición del General Roca resultó ser la primera guerra contra Chile y no una campaña contra el indio como vulgarmente se quiere dar a entender. Nuestro país defendía la soberanía sobre una Patagonia que los caciques araucanos deseaban (araucanos que eran chilenos). ¿Con qué derecho entonces los supuestos mapuches invocan en la actualidad el carácter de “pueblo originario” en el suelo argentino?. 



El colonialismo británico


Las falsas reivindicaciones que llevan adelante los mapuches son claras maniobras antinacionales manejadas desde las mismísimas superestructuras internacionalistas, más en concreto desde el Foreign Office británico, uno de los principales bancos de cerebros del Nuevo Orden Mundial. A su vez, la “causa mapuche” es una de las grandes banderas levantadas por el marxismo cultural que hace del indigenismo recalcitrante una suerte de causa suprema de lucha, haciéndole siempre el juego al expansionismo plutocrático-capitalista. A ello hay que sumarle la complicidad de una partidocracia que prácticamente convive con el reclamo mapuche y que no muestra ningún tipo de reacción seria ante tamaña problemática.  


La sede mapuche se encuentra en Inglaterra, a través de la conformación de su principal ONG denominada Enlace Mapuche Internacional, ubicada en 6 Lodge Street, Bristol, Inglaterra. La dirección de la sede no podía ser más simbólica: “La sexta calle de la logia”, en clara referencia a la Masonería. Su sitio oficial en la web es http://www.mapuche-nation.org/, un sitio que se edita en inglés, francés, alemán y español.


El sitio oficial de la web resalta el origen británico en la “causa” mapuche:El 11 de mayo de 1996, un grupo de mapuches y europeos preocupados por el destino de los pueblos y naciones indígenas de las Américas, y en particular por el pueblo mapuche de Chile y Argentina, lanzó Mapuche International Link (MIL) en Bristol, Reino Unido. Esta nueva organización reemplazó al Comité Exterior Mapuche (CEM) que operaba internacionalmente desde 1978 desde su oficina ubicada en Bristol. Los fines y objetivos de MIL se han desarrollado y ampliado con miras a permitir que los pueblos indígenas contribuyan plenamente a su propio desarrollo y, en última instancia, a lograr su derecho a la libre determinación”.


El gran objetivo es la conformación del Estado Mapuche dentro de la actual Patagonia argentino-chilena. Inclusive hasta se difunde impunemente y ante la total indiferencia de funcionarios provinciales y del Gobierno Nacional el mapa de la ‘Nación Mapu’, que va desde el Océano Pacífico hasta el Océano Atlántico, que toma la 9ª y la 10ª región sureña de Chile y prácticamente un 30% del territorio argentino. Así lo sostiene también el sitio web oficial mapuche: “La Nación Mapuche está ubicada en el sur de los territorios que hoy ocupan los estados de Chile y Argentina. Hace un poco más de 130 años su territorio ancestral, y el de otros pueblos originarios aliados, se extendía desde el sur del río Bio-Bio (Chile) hasta el extremo austral del continente, y en Argentina desde los ríos Colorado y Salado hasta el estrecho de Magallanes”.



Conclusión 


Con la conformación del “Estado Mapuche”, un Estado pseudo-mapuche independiente alentado por el Foreign Office, la Masonería Internacional y el marxismo cultural, lo que se busca en el fondo es fracturar el territorio de la República Argentina en aras del geoestratégico expansionismo británico. El Reino Unido tiene vitales intereses geopolíticos en el Atlántico Sur, razón por la que, gracias a su poderío atómico (junto al de la OTAN), usurpa las Islas Malvinas, Sandwich del Sur y Georgias del Sur, con proyección hacia nuestro sector antártico.

 

En nuestro país los araucanos –artificialmente denominados mapuches–, no sólo invadieron el sur argentino desde el siglo XVI sino que exterminaron a nuestros tehuelches patagónicos. En la actualidad reclaman tierras que no les pertenecen y desconocen nuestra integridad territorial como país soberano. El problema es más serio de lo que parece, está en juego nada más ni nada menos que nuestro patrimonio territorial. ¿Habrá un gobierno auténticamente nacionalista que ponga fin a la inoperancia –cuando no desidia– de los diferentes gobiernos locales de turno que de una u otra forma han relegado sistemáticamente los principios de Soberanía Política y de Defensa Nacional? Tomemos real conciencia del peligro mapuche en nuestra Patria, de cómo los poderes mundiales operan entre bastidores en claro perjuicio del Destino Nacional. 




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


jueves, 2 de febrero de 2023

¿QUÉ ES LA PATRIA?


La Patria tiene su origen en la civilización romana. Proviene del latín pater, padre, y hace referencia a la tierra de los padres, en cuanto a un origen propio que tiene en cuenta una herencia de sangre, una estirpe sacra, heroica y un territorio en donde se ha nacido. En su obra La Tradición Romana (Ediciones Heracles, pág. 70) Julius Evola sostiene: “En Roma se encarna la idea de la personalidad aristocrática, de la virilidad espiritual heroica y dominadora y el principio triunfal de la tradición nórdica, vinculado al símbolo ariano del fuego, a las figuras olímpicas del Júpiter capitolino y del mismo Jano, y al patriciado sacral, marcado por el rígido derecho paterno y por la religión del honor y de la fidelidad”.


Esa idea sacra y heroica de Patria como estilo de vida se afirma definitivamente con el advenimiento de la República en el año 509 a.C. El romano era entendido no de manera individualista sino como parte de una estirpe, de un gens, vale decir, de una unidad orgánica afianzada en una herencia de sangre pero no solamente como algo biologicista sino también como una expresión metafísica.


El no poseer una fides caracteriza al bárbaro en contraposición al Romano. Y lo bárbaro, como fuerza opuesta al romano, inclusive se encuentra en la mismísima fundación de Roma en el año 753 a.C: Rómulo encarna el espíritu aristocrático de los ciclos heroicos y es el que mata a Remo, el principio del caos por querer violar el espacio sagrado del Palatino y por lo cual se genera el acto fratricida contra él.


Por eso para los romanos todo lo realmente significante estaba relacionado con la idea de Patria, porque en ella tenía su propiedad, su seguridad, sus leyes, su Espíritu, sus dioses. Perder la Patria significaba perderlo todo. Los romanos fundan así una vida familiar basada en rituales que son los que dan forma y sustento al orden social-institucional. La familia se estructura a partir de una religión doméstica y en torno al fuego sagrado del hogar.


Y así como la Patria se funda en el culto y la autoridad del padre (pater) que oficia como sacerdote en su familia, de manera semejante se forma la ciudad en la autoridad del Rey (Rex) que también es sacerdote del culto de la ciudad. Por eso la idea de Patria tuvo desde sus inicios una connotación sagrada, idea que sin embargo ha mutado a lo largo del tiempo.


Esa mutación se hizo visible con el advenimiento de la Edad Moderna y se afirmó definitivamente con la llegada de la Ilustración en Europa desde el siglo XVIII en adelante, movimiento racionalista-masónico y sostén ideológico de la Revolución Francesa (1789). De esta manera el concepto de Patria se desacraliza, amparando a los miembros de una comunidad unida sólo por un “interés común”, por una idea de “amor a la libertad”, por una “prosperidad general de la Patria”. El hombre se une a la sociedad con todos aquellos que componen el propio Estado, la Patria o la Nación. Sin ir más lejos, la Real Academia Española define la Patria como la “tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”.


¿Cómo deberíamos posicionarnos entonces? ¿Tenemos Patria hoy en día en el mundo globalizado hipercapitalista o es una mera formalidad? Teniendo en cuenta la preservación de los rasgos identitarios de la Nación, la sangre y el territorio, debemos apuntar a construir y afirmar que la Patria sea una síntesis verdaderamente transcendental, indivisible y con fines propios a cumplir. Al dejar de lado toda idea individualista liberal de la sociedad reafirmar un sentido de pertenencia, un “reencontrarse a uno mismo” en una Tradición, en valores, nobles principios como así también en Arquetipos que marcaron un camino de grandeza en cuanto a un claro ideal de Comunidad Nacional.


En la Patria se debe ver una misión sacra en la Historia, se debe ver un Destino, una empresa colectiva siempre en marcha, una misión en lo universal, grandes anhelos, sueños y esperanzas de dimensiones míticas que deben calar profundo en el Espíritu de un Pueblo. Y todo ello para la consolidación y desarrollo de una Nación que se forja y que se nutre con acciones que van formando tejidos por tradiciones y por lazos ancestrales. Por eso es un error conceptual identificarla solamente con aquello físico o tangente como lo territorial o lo hereditario sanguíneo.


La Patria siempre va a estar indiscutiblemente vinculada con un territorio nacional, y sus símbolos más representativos como la Bandera, el Himno, el Escudo y la Escarapela deben ser los que se deben imponer gallardamente para ser respetados y valorizados como los máximos estandartes que cobijen los más elevados propósitos y realizaciones, ser los más firmes emblemas a su vez contra toda ideología foránea globalizadora disolvente de la idea misma de Patria.


Y como dentro de la familia del término se deriva el patriotismo, esta forma de ser, de sentir y obrar es lo que fuertemente debe unir. El orgullo de sangre, el honor y la lealtad de formar parte de una Patria debe dejar en claro que no se hacen patriotas con discursos. También que se es verdaderamente patriota o nacionalista solamente por el alto grado de sacrificio que se está dispuesto a hacer por la Patria.


Y para que exista un verdadero Patriotismo y un verdadero Nacionalismo se debe poseer una aguda sensibilidad social. Debe haber un total desprendimiento de egoísmos sectoriales que nos haga ver que antes que nada primero está el Bien Común Social, la felicidad y el progreso orgánico de todo un Pueblo. En definitiva, la Patria la constituyen nuestros hermanos connacionales unidos por una misma Sangre y por un mismo Espíritu.


Todos los patriotas, todos los Hombres y Mujeres deben ser solidarios, deben trabajar incansablemente para que no haya ni un solo infeliz que sufra el desamparo y la desgracia. Y la principal responsabilidad le cabe al gobernante, al conductor, a aquel que si se digna estar a la altura de esa gran empresa colectiva entonces será considerado como legítimamente patriota y nacionalista. Si el Estado quiere tener hombres patriotas primero debe levantarlos, debe dignificarlos, debe darles todo lo que necesitan y que por sí mismos no pueden conseguir.


Y cuando esto ocurra, de manera natural se habrá realizado el aseguramiento de un Pueblo sano, de un Pueblo fuerte, de una Nación vigorosa, de una Comunidad valiente y patriota con honda emoción y pleno orgullo, capaz de dejar la vida si es necesario para defender la dignidad y el decoro de la Patria, lo que se podría decir defender una verdadera llama de la argentinidad.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

miércoles, 4 de enero de 2023

¿QUÉ ES UNA REVOLUCIÓN?


Históricamente las sociedades se han desenvuelto sobre determinadas pautas o patrones de convivencia. Y al corromperse cada vez más esas pautas se abre paso a una nueva y radical salida. Las viejas ideas, obsoletas y perimidas, dan paso a nuevos y renovadores ideales haciendo variar el rumbo de la Historia. De esta manera se produce una síntesis cultural que es la que condiciona todo criterio social.


Una Revolución es un cambio radical, violento, repentino y permanente en las condiciones de un Sistema de cualquier tipo, es decir, un reordenamiento súbito del estado de las cosas. El término proviene del latín revolutio (“dar una vuelta”). Por consiguiente es la ruptura de un Orden ideológico, político, social, económico y hasta tecnológico para dar paso a uno nuevo y extremadamente distinto. La idea misma de Revolución se justifica en el hecho de querer cambiar para siempre las pautas sociales decadentes de un Sistema de dominación por nuevas fuerzas motoras. 


Los cambios revolucionarios tienen consecuencias trascendentales. Así como la conciencia nacional de un pueblo siempre tiene que ir de la mano de una conciencia revolucionaria, el verdadero Nacionalismo debe despojarse de toda tara burguesa, y a su vez, una auténtica Revolución -nacida como consecuencia de procesos históricos- debe despojarse de todo clasismo proletario marxista (clasismo falaz). Ese cambio de estructuras desde lo cultural e institucional, de reemplazo de un Sistema por otro que se lleva adelante como proceso se desarrolla teniendo en cuenta dos etapas básicas: La conquista del poder y el ejercicio revolucionario del mismo.


La idea de Revolución no es un “hecho natural” en sí, no es un hecho regido por el mundo físico de la materia, no es algo que “llega” o “deviene” por el propio peso de la Historia. Son actos libres en donde la voluntad humana es el factor preponderante. No debemos nunca dejarnos llevar por los acontecimientos sino ser capaces de producir hechos. Las revoluciones “no se esperan”, se hacen. Y toda Revolución debe comenzar primero por ser interior. No es posible transformar las estructuras o el andamiaje que le da vida a un país si primero no realizamos una transformación en el hombre mismo, si no vivimos la revolución internamente y si no damos real testimonio de ella ante la Patria y el Pueblo. Y justamente esa REVOLUCIÓN INTERIOR se da como indignación y rebeldía contra un Orden establecido que impide la plena realización de la persona, más aún, que la humilla y degrada hasta convertirla en rebaño de un Sistema opresor. 


Las grandes transformaciones no las hacen las “masas”, las hacen los hombres. El pueblo interpretado y guiado por una minoría capaz de proyectarlo en la historia, de llevarlo hacia una empresa siempre de destino, compuesta esa minoría por el conjunto de los mejores. Pueblo y Revolución, identificados y resumidos en la Nación, crean así una profunda mística revolucionaria que es asumida y valorizada por ese grupo selectivo cuando los organismos vivos de una Nación han comprendido lo que somos y hacia dónde deseamos llegar. De esta manera se llega a la etapa de Nación Organizada. Así como el elemento constitutivo de un golpe de Estado son los militares, las revoluciones exigen pueblos movilizados por ideales y organizados en un movimiento político de resuelto Espíritu de Lucha. Por eso toda “revolución de masas” es pura utopía, porque la masa siempre será instintiva e inorgánica, la masa siempre será un elemento pasivo.


Una Revolución sí es popular cuando produce en el pueblo un despertar, una toma de conciencia y lo lleva a integrarse orgánicamente en el proceso revolucionario con el cual se identifica. Y si la “revolución de masas” es pura utopía, la “revolución de clases” es pura demagogia. El proceso revolucionario sólo puede ser llevado por una minoría orgánica y adoctrinada. La burguesía, entendida no como clase social sino como estilo de vida, es inmensa mayoría dentro de todos los sectores sociales, inclusive dentro del proletariado, considerado teóricamente como clase revolucionaria.


En la mayor parte de los hombres prima el egoísmo individualista (característica esencial del burgués) sobre el sentido del deber social. Y aquellos que por este deber, por un ideal, están dispuestos a vivir, a jugarse, a sacrificarse, forman la minoría reducida, el único sector dinámico capaz de producir transformaciones sociales verdaderas. Como consecuencia, sólo una élite política es capaz de despertar, organizar, adoctrinar, dar objetivos y posibilidades de poder a una “élite” nacional. Primero tiene que existir esa minoría elitista revolucionaria para luego surgir el movimiento organizado.


Es imprescindible que un movimiento político con clara unidad de concepción para la unidad de acción la encarne y capitalice. Un Sistema, por más anti-social y putrefacto que sea no puede nunca caer sólo producto de su propia ineficacia o del repudio generalizado hacia el mismo. Para que se pongan en práctica las nuevas ideas revolucionarias es imprescindible que las mismas sean llevadas adelante con firmeza y decisión política. Que dicho movimiento sea capaz de poder interpretar la realidad de la hora que se vive e identificarse con la idea misma de Nación al punto de ser ideas intrínsecamente inseparables.


Por eso en la visión revolucionaria, político no es un subversivo, anárquico o revoltoso que no corporiza para sí la doctrina ideológica de una Revolución. Político en verdad es el que tiene capacidad interpretativa revolucionaria y de acción para la fundación de un Nuevo Orden. Y una verdadera Revolución es aquella que tiene un profundo sentido de duración, y como tal comprende la importancia de ser la permanente protagonista de la Historia, la que es capaz de establecer el cambio para siempre.


El elemento decisivo en todo movimiento revolucionario siempre lo será la idea de jerarquía, pero jerarquía real, identificada con la capacidad y los méritos revolucionarios. Caso contrario, al adoptarse una estructura de masas horizontal y democrática -en donde los que mandan lo hacen por derecho y no por una meritocracia- el movimiento a la larga se disuelve en una anarquía interna.


Una Revolución siempre va a requerir esencialmente de un grupo dirigente con plena identificación ideológica en cada uno de sus miembros, conscientes de sí mismos. Un grupo vital integrado por hombres y mujeres excepcionales y voluntariosos. Por consiguiente, todo movimiento político revolucionario debe tener también una marcada conciencia de minoría, esencialmente cualitativa.


Porque aún cuando el movimiento político, por circunstancias históricas, llegara a producir situaciones masivas deberá mantener a toda costa la unidad de la base dirigente, de ese núcleo de acero forjado en el arrojo y en el temple espartano. El Nacionalismo será siempre revolucionario al querer romper con el actual Sistema plutocrático-capitalista, al querer ser el gendarme de un Nuevo Orden Social-patriótico para un desarrollo sano, orgánico y natural del pueblo, al querer ser encarnado por los mejores desde lo ideológico-doctrinario y desde la lucha y el arrojo, léase en definitiva los fines supremos de toda auténtica y verdadera Revolución.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.

sábado, 3 de diciembre de 2022

¿QUÉ ES EL NACIONALISMO?

 

El término ha tenido una gran influencia a nivel mundial como así también se lo ha referido de diferentes maneras -cuando no de manera simplista- y según determinadas etapas históricas. No es una simple “ideología” o “fenómeno político”. Es mucho más que un sentimiento patriótico, mucho más que una exaltación de valores nacionales o algo referido a la historia, al sentido de pertenencia de una Nación o a la idea de Estado-Nación.


El Nacionalismo, como expresión política del pensamiento occidental, tiene por objeto crear las condiciones para el desarrollo espiritual y material de los pueblos en observancia a las leyes naturales e inmutables de la vida, leyes que forjan a una Comunidad Nacional en cuanto Espíritu, Cultura y Destino. Por consiguiente es una filosofía política o doctrina que se funda en principios, pilares básicos fundamentales o Ideas-fuerza para lograr el desarrollo integral de una Nación:


  • La preservación de los rasgos identitarios de la Nación.

  • La Soberanía Política.

  • La Independencia Económica.

  • Una economía basada en un Orden Natural.

  • El  Bien Común Social.

  • La preservación de un medio ambiente sustentable.

  • La defensa de la Tradición y los valores nacionales.

  • La lealtad hacia la Nación propia. 


¿Se pueden preservar los rasgos identitarios de la Nación permitiendo a la vez un multiculturalismo, una inmigración liberal y sin  ningún tipo de control? ¿Tiene asidero querer promover una política exterior basada en la Soberanía Política sin luchar contra toda forma de colonialismo existente en el país? ¿Es viable poner en práctica una Independencia Económica sin antes establecer una Soberanía Política en el orden internacional? ¿Es válida a su vez una Independencia Económica frente al mundo sin establecer un Orden Económico Natural en el plano local y sin combatir abiertamente a la Usura o a cualquier otro tipo de agiotismo financiero?


¿Es lícito hablar de Bien Común Social sin antes llevar adelante una política de industrialización del país, de pleno empleo y de distribución justa del ingreso? ¿No es contradictorio exaltar valores nacionales y a la vez permitir la difusión de ideologías extranjerizantes disolventes? ¿Se puede preservar el medio ambiente desconociendo tratados internacionales lesivos para la integridad territorial del país? ¿Se puede ser leal a un Estado Nacionalista si nos reducimos en un individualismo conformista liberal? ¿Pueden sentir orgullo patrio personas sumergidas en la indigencia y el atraso? 


Las ideas-fuerza no son excluyentes. Ninguna excluye a otras porque sino se caería en una contradicción misma. Vale decir se caería en un patrioterismo chauvinista, en un Nacionalismo a mitad de camino, en un populismo demagógico de derechas o directamente en un pseudo-Nacionalismo. De lo anterior se desprende entonces que el Nacionalismo no se reconoce en ninguna de las categorizaciones o etiquetas del actual Sistema o Régimen de dominación mundial plutocrático-capitalista: No se halla ni a la derecha, ni a la izquierda ni al centro del actual Sistema. Tampoco es “oligárquico”, “capitalista” (como burda y falsamente lo plantea el marxismo) o “populista” (como burda y falsamente lo plantea la derecha liberal).

 

Por ejemplo los obreros no necesitan violar la integración de las naciones para mejorar sus condiciones de vida y así aspirar a un desarrollo integral. El camino de las reivindicaciones no pasa necesariamente por las ruinas de la Patria. Por eso uno de los grandes méritos del Nacionalismo es haber mostrado con claridad la coexistencia compatible de las dos nociones que, según la falsa dialéctica marxista, serían irreconciliables: La Patria y el Socialismo.


Partiendo de la palabra "Nacional" podemos hallar la génesis y la significación del concepto intrínseco de Nacionalismo. Nacional y Nacionalismo representan dos etapas de la vida de una Nación que se retroalimentan, que se retroaccionan. Lo Nacional es todo aquello dirigido hacia el mundo exterior, hacia el "epos", mientras que el Nacionalismo va dirigido hacia un mundo interior, hacia el "ethos". Lo Nacional representa la fase de delimitación geográfica de las naciones, de su soberanía, de su autodeterminación sobre un territorio determinado, de un moldearse a sí mismo.


El Nacionalismo trasciende lo nacional ya que expresa sus virtudes, sus energías creadoras profundas a nivel interno, es un esculpirse a sí mismo. Lo Nacional representa entonces la movilización territorial de un Pueblo, mientras que el Nacionalismo parte de esa movilización para emprender una movilización espiritual que trascienda conformando un ideal de vida superior más allá de lo meramente temporal. Es un poseerse a sí mismo en una forma, en una expresión de libertad comprendida como poder de autodeterminación. Por eso la Nobleza y el Honor siempre van a estar vinculados al concepto de Nacionalismo, cualidades metafísicas trascendentales que realza a las personas de manera firme, que las hace comportar dignamente ante diferentes situaciones problemáticas que plantea la existencia humana y de las que nunca van a dejar que lo humillen o degraden. 


Por lo tanto el Nacionalismo pone el acento en un nivel superior de conciencia de un Pueblo. En la reafirmación de una propia identidad, de una personalidad mediante una autodeterminación política y frente a los embates de todo sistema extranjero disolvente. Es una barrera frente a toda descomposición social disolvente. Desde que la fase nacional de un Pueblo tiende a hacerse "nacionalista", el proceso de descomposición social se detiene y la historia de esa Comunidad Nacional entra en un ritmo constructivo.


La concepción cosmovisional del Nacionalismo por más que se defina como la más justa y noble nunca tendrá sentido si sus principios doctrinarios no se acoplan a un Movimiento de total acción y de resuelto Espíritu de Lucha. O dicho de otra manera, abandonar la lucha por el Pueblo (en una suerte de mentalidad derrotista) para reducirse al individualismo, a la mera formación intelectual, al elitismo -inclusive manteniendo el mejor estilo- es un acto de traición al Nacionalismo.


La única manera de amar a la Patria consiste en sacrificarse por ella. Y para emprender este noble y heroico sacrificio primero debemos tener un sincero y auténtico cambio interno, un despertar. Estar plenamente identificados y esclarecidos por la Causa a defender, construyendo una personalidad noble y virtuosa en Hombres y Mujeres, una voluntad firme que nos haga trascender como verdaderos patriotas siempre fieles a los irrenunciables principios del Nacionalismo. Y así como la luz olímpica de la Sabiduría Ancestral trasciende hacia lo Alto los grandes principios siempre son eternos.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


domingo, 6 de noviembre de 2022

10 DE NOVIEMBRE, DÍA DE LA TRADICIÓN


El 18 de agosto de 1939 el Congreso de la Provincia de Buenos Aires sancionó la Ley N° 4.756/39 que declaraba el 10 de noviembre como el Día de la Tradición, por el natalicio de José Hernández, autor del Martín Fierro. Posteriormente, el 30 de septiembre de 1975 el Congreso de la Nación sancionó la Ley N° 21.154, declarando la conmemoración extensiva a todo el territorio nacional.


La palabra tradición deriva del latín “tradere”, significando donación o legado. Es lo que identifica a un Pueblo y lo diferencia de otros, siendo entonces un valor propio y profundo, un conjunto de costumbres que se transmiten de padres a hijos, un legado que cada generación recibe de la que le antecede y que a su vez hace los mismo para las futuras. Por ende es esa misma tradición la que constituye una cultura popular, la que reafirma siempre una Identidad Nacional y un Arquetipo representativo de la misma.


José Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en el actual Partido de General San Martín del conurbano bonaerense. Tuvo una vida pública muy destacable. Fue poeta, periodista, orador, comerciante, contador, taquígrafo, estanciero, soldado y político. Comenzó a leer y a escribir con tan sólo cuatro años de edad. En 1843, año del fallecimiento de su madre, su padre lo llevó a vivir al campo, donde era capataz en las estancias del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas (por aquellos tiempos primera Magistratura del país).


Fue en este entorno campestre cuando tomó contacto con gauchos e indios. Debido a su proximidad con ellos tuvo la oportunidad de conocer sus costumbres, su mentalidad, su lenguaje, su cultura. Aprendió a quererlos, a admirarlos, a comprenderlos, y también a entender sus dificultades en la vida cotidiana. En 1857 –poco después de fallecer su padre–se instaló en la ciudad de Paraná, contrayendo matrimonio dos años después. Su labor periodística la inició en el diario El Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato del caudillo federal riojano Brigadier General Ángel Vicente ‘Chacho’ Peñaloza (asesinado el 12 de noviembre de 1863 durante la presidencia de Bartolomé Mitre y por encargo del por entonces gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento). El Chacho había sido uno de los últimos líderes federales en resistir el despotismo y el centralismo pro-inglés del poder político de Buenos Aires.


En 1863 estos artículos fueron publicados como libro bajo el título Rasgos biográficos del General Ángel Peñaloza. En 1869 fundó el diario El Río de la Plata, en cuyas columnas defendió a los gauchos y denunció los abusos cometidos por las autoridades de la campaña. También fundó el diario El Eco, de la Provincia de Corrientes, cuyas instalaciones fueron destruidas por sus adversarios políticos. Colaboró además en los periódicos La Reforma Pacífica, de Paraná y La Patria, de Montevideo. En el orden militar intervino en dos batallas muy importantes para el destino del país: La batalla de Cepeda (1859) y la batalla de Pavón (1861).


Luchó junto al caudillo federal entrerriano Ricardo López Jordán. Este último había llevado adelante una rebelión federal en la poderosa Provincia de Entre Ríos del General Justo José de Urquiza, por el acercamiento político de éste hacia el presidente Sarmiento. Esta rebelión duró desde el 11 de abril de 1870 (fecha del asesinato de Urquiza en el majestuoso Palacio San José de Entre Ríos) hasta el 16 de septiembre de 1876 (cuando López Jordán finalmente capituló y cayó derrotado). La rebelión jordanista fue el último conflicto, si se puede decir así, entre unitarios y federales.


Debido a las continuas guerras civiles en nuestro país, José Hernández se vio obligado a exiliarse, primero en Brasil y posteriormente en Uruguay. Recién en 1874 y gracias a una amnistía política que paró la violencia pudo volver al país. En el orden legislativo se desempeñó como diputado y luego como senador de la Provincia de Buenos Aires. Tomó parte activa junto a Dardo Rocha en la fundación de La Plata en el año 1882. Y como presidente de la Cámara de Diputados defendió el proyecto de federalización de Buenos Aires, que pasó a ser la capital del país en 1880.


A fines de 1872 se produjo la salida de su obra cumbre El Gaucho Martín Fierro, el poema de género gauchesco que se convirtió en la obra literaria del más puro y genuino folclore argentino. Traducido a numerosos idiomas, es la obra por excelencia de la literatura argentina. Y es aquí donde Don José rinde homenaje al gaucho, a quien lo describe en su ser, en sus vivencias, en su drama cotidiano, en su desamparo, en sus vicisitudes y en sus bravuras. Este gran éxito literario lo llevó a continuarlo con la salida en 1879 de su segunda parte, La vuelta de Martín Fierro. Posteriormente, en 1881 publicó su obra Instrucción del Estanciero. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano.


El Martín Fierro de José Hernández es en el fondo la descripción de la dura realidad que vivía el país hacia la segunda mitad del siglo XIX. Una denuncia social que encierra las grandes verdades de aquel momento como hoy en día: La falta de educación, el menosprecio por lo nacional, la subordinación a los poderes mundiales, la corrupción en lo judicial, la deficiente organización militar, la deficiencia de la policía y el resentimiento de los sectores postergados por el poder político de turno. Y todo ello a través de un clarísimo lenguaje rural.


Una denuncia social dentro de un contexto político en particular. Con la derrota nacional en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852 (la mayor tragedia política sufrida por el país), el unitarismo masónico aliado al colonialismo brasileño e inglés disolvió el sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera y terminó con el Federalismo como política de Estado. Con la caída de Rosas el país dejó de ser una Nación libre para convertirse nuevamente en colonia.


En adelante se establecieron diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista en expansión. Y la entrega económica estuvo acompañada de una entrega tanto territorial como espiritual. En nombre de la “libertad de comercio” se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado en los tiempos del Restaurador. Brasil inclusive sacó su enorme tajada al incorporarse de manera unilateral las Misiones orientales, al obtener la libre navegación de los ríos y la hegemonía política sobre Uruguay y la Argentina.


Y todo ello en nombre de la “civilización”, pero civilización entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino, que era criollo. De la misma manera se va a empezar a considerar “tiránico” al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose de manera paralela a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en los hechos concretos constituyeron oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación. Y repudiando lo autóctono se ejecutó un verdadero genocidio, una sistemática matanza de criollos, imponiéndose esa falsa muletilla conocida como “inutilidad del criollo”, lo que tampoco era ninguna novedad ya que venía propagándose desde los tiempos de Rivadavia. Y todo esto produjo el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con el verdadero Arquetipo.


Es en todo este proceso de aculturación y de desprecio por lo nuestro en donde se debe contextualizar el Martín Fierro de José Hernández, la obra literaria argentina por excelencia, la narración de un verdadero drama social que tiene como principal protagonista al gaucho de estas tierras, aquel que a pesar de tantos sinsabores sufridos siempre resiste fiel y bajo un viejo Código de Honor.


Ante un nuevo aniversario por el Día de la Tradición reafirmemos una vez más nuestra Identidad, nuestra Cultura, nuestro Ser Nacional. Redoblemos una lucha de unión nacionalista entre todos los argentinos. Ya lo decía con claridad meridiana José Hernández en el inmortal Martín Fierro: “LOS HERMANOS SEAN UNIDOS PORQUE ESA ES LA LEY PRIMERA; TENGAN UNIÓN VERDADERA EN CUALQUIER TIEMPO QUE SEA, PORQUE SI ENTRE ELLOS PELEAN LOS DEVORAN LOS DE AFUERA”.




Darío Coria, profesor de Historia y Ciencias Sociales.


MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, LA MADRE DE LA PATRIA

De origen afrodescendiente, nació en Buenos Aires en 1766. Durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata , María Remedios del Valle...